EL ECO SIN PASOS

Blog de trinchera.

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Las nacionalidades

Portada de Las nacionalidades. Producciones editoriales. Barcelona, 1979.

En Las nacionalidades, publicada en Madrid en 1877 por Francesc Pi i Maragall, se halla el cuerpo doctrinal de lo viene a ser la primera gran síntesis del federalismo -pactista- contemporáneo en España, escrita de puño y letra por el fugaz segundo expresidente de la I República. Dado que la historia suele repetirse aunque de distinta manera, no está de más echarle un vistazo a esta obra considerada a veces de “teórica”, como el “camino no escogido”.

Hay que advertir que el lenguaje usado por Pi i Maragall es el de la política decimonónica con otros tintes, y que parte de sus referentes hoy ya no significan lo mismo. La federación y la confederación son usados como términos sinónimos y vienen a ser como el estado (federación) y el proceso (confederarse). Otros como región pueblo o nacionalidad se usan de forma indistinta y se relacionan con la provincia, lo que hoy en día serian las comunidades autónomas y no las provincias administrativas.

La obra está dividida en tres partes y unos apéndices. La primera de ellas, “Criterios para la reorganización de las naciones” recoge ejemplos históricos entre naciones, y analiza algunos criterios. La segunda, “La federación”, plantea los principios federativos y algunas de sus alternativas. Finalmente, en la tercera “La nación española”, expone los mismos principios federativos siguiendo el mismo desarrollo en la España de la Restauración. Los apéndices incluyen las cuatro constituciones de los EE.UU., Suiza, Austria-Hungría y Alemania, y dos textos: el programa del partido federal republicano, y un artículo llamado “el pacto”, donde se divulga todo su pensamiento.

Uno de los ejes principales del libro es el federalismo-unitarismo, como el mismo advierte nada más empezar:

Confieso que no estoy mucho por las grandes naciones, y estoy menos por las unitarias.

El Federalismo de Pi i Maragall se inspira principalmente en las constituciones de los Estados Unidos y Suiza. Su principio significa pacto o alianza entre contratantes libres, condición sin la cual solo puede existir la sumisión, y que implica igualdad de rango y autonomía entre provincias, que constituidas por pueblos conformarán la nación. “Fuera de esto no hay más que el principio unitario.”

Caricatura de 1873 de la I República debatida entre federales y unitarios. Publicada en la revista La Flaca.

Sobre las formas de gobierno unitarias, Pi i Maragall las ubica en la tradición del absolutismo. Dice: “el destino de las unitarias es ser turbulentas o despóticas”, dado que los criterios que rigen la nación unitaria no son igualitarios ni proporcionados, terminan gobernadas por minorías cuando no por gobiernos autoritarios, y “son teatros de incesantes luchas. Cuando llega el mal en su apogeo, no tienen más remedio que echarse en brazos de los dictadores.” Usan la fuerza para mantener una paz temporal, “efímera”, que desemboca en las pérdidas de libertades, la reacción y la revolución. Finalmente, concluye: “la unidad está en la existencia de unos mismos poderes para cada orden de intereses, no en la absorción de todos los intereses por un solo poder”.

No porque el organismo cambie la unidad se rompe. Se rompe solo cuando desaparece la fuerza que mantenía dentro del todo las partes.

Otro de los ejes es el tamaño de los estados, grande-pequeño como el Imperio ruso o Suiza. Se podría resumir en que los estados pequeños y federados son los que garantizan mayor libertad del individuo y de sus naciones, confederadas a través del pacto, donde la presencia del estado más se identifica con la vida de la nación; mientras que en los estados grandes, la presencia del estado se percibe como algo ajeno a la vida de la nación “tangible más que en el pago de los tributos”, y la vida se hace en las capitales donde la ambición y la corrupción toman el poder gracias a que los pueblos no conocen bien a sus representantes.

La nacionalidad, pueblo o nación, tal y como se expone en este libro, no deriva de ningún criterio historicista, étnico, o geográfico, dado que estos no son universales tal y como demuestran los casos expuestos, ni tampoco de una combinación de los mismos. Son relativos a cada caso, si bien, en el caso español, Pi i Maragall se decanta por los territorios históricos. A este respecto, se plantea que de usarse los criterios habituales para definir las nacionalidades, en el caso vasco tras perder la segunda guerra carlista, “tengo para mí que se habrá de estar por la independencia de los vascos.”

Las naciones son las que se agregan o disgregan por multitud de causas. Los pueblos los que permanecen inalterables.

El autor propone la siguiente tesis sobre su origen: las familias se reúnen por necesidad en ciudades, y estas se confederan en pueblos mediante su voluntad, de “abajo a arriba”. Los estados grandes, plurinacionales o estados-nación, son unidos por la necesidad o la violencia, principios que causan disgregación o debilidad cuando, al menos, no se permite la autonomía y no se establecen fuertes vínculos sin mengua de dicha autonomía. Defiende el pacto social entre provincias como principio nacional y critica la posición de los unitaristas para quienes la unidad es anterior a las provincias, y que son estas y los pueblos los que existen gracias a ella, tal y como defiende el autoritarismo.

Sobre Europa, dice que hay uno o dos pueblos que pretenden imponer su hegemonía sobre el resto, responsables de conflictos y reacciones entre amenazados y oprimidos. Añade que los pueblos dominadores deben dejar paso a que cada pueblo sea dueño de si mismo, si bien puede darse que los dominados acepten unirse al dominador cuando este respete su autonomía y no la menoscabe para sus intereses propios, ya que así es como cesa la razón para ejercer el derecho contra él, que no el derecho mismo del pueblo a ser soberano.

Aunque se decanta por el modelo suizo para las nacionalidades europeas, la expansión americana resume con sencillez el principio federativo: no privar a los pueblos (comprados o ocupados) de credo, habla, y leyes a cambio de un gobierno temporal, seguido de un representación política y una constitución en estado autónomo, de igual a igual con el resto de estados de la república, y sujeto a los poderes federales. Antes de reconstruir las naciones europeas usando criterios históricos, étnicos o geográficos, Pi i Maragall prefiere la restitución de su autonomía y federación con sus actuales centros “sólo para la defensa y el amparo de sus comunes intereses.” Concretamente, aboga por la existencia de una confederación de naciones europea, “además de la confederación de provincias y de los pueblos”.

III Constitución suiza, de 1999.

La confederación suiza es una federación de 26 cantones con sus propias constituciones y poderes.

La federación

 El federalismo intenta resolver la problemática de mantener la diversidad en la unidad, y puede extenderse desde pequeños estados hasta la humanidad entera. Además, el pacto de “abajo” a “arriba” nace por decisión mutua de las partes para confederarse. Es importante recordar que el sistema de federal no está reñido con la forma de gobierno, es decir, que las monarquías también pueden ser federales, como las repúblicas también ser unitarias (como la República Francesa).

El sistema federativo se estructura en tres niveles de atribuciones: el municipal, el provincial y el nacional. Las atribuciones -competencias- de cada nivel se corresponden con los intereses y necesidades de cada nivel, de abajo a arriba: las ciudades, con atribuciones, medios y poderes municipales, se confederan en las provincias, con atribuciones, medios y poderes provinciales, y estas se confederan en la nación que dispone de atribuciones, medios y poderes federales, entre los cuales se hallan la intervención armada, los derechos que afectan de igual manera a todos los estados (leyes tribunales, etc.), las relaciones exteriores, o los tributos para el mantenimiento de la confederación: en este último punto, hay que subrayar que los tributos federales solo deben bastar para el mantenimiento de la confederación mediante un cupo, cuando no se necesiten contribuciones especiales y que el resto de impuestos corresponden a cada provincia y municipio.

Entre un sistema asambleario o bicameral, Pi i Maragall se decanta por el Senado al estilo norteamericano como el contrapoder del ejecutivo, capaz de vetar al Parlamento siempre que concurran una mayoría de estados, y renovables dentro de la legislatura presidencial para garantizar el movimiento general de ideas. Estos poderes deberían ubicarse en un territorio neutral, sin injerencia de ningún estado. Por su lado, el poder judicial federal debería ser independiente del Parlamento y del Gobierno, elegido de la misma manera que el presidente de la república (en la constitución suiza es elegido por la Asamblea), y el poder judicial provincial o municipal, igualmente por sus respectivas jurisdicciones, de abajo a arriba.

La reforma de la confederación corresponde a los estados que la conforman, e implica una amplia mayoría cuando no se traten de enmiendas o modificaciones surgidas por la necesidad. Este camino abierto a adaptarse a las realidades de cada momento debe ser consultado a los estados que mediante el mismo pacto por el que constituyeron la confederación que ahora quieren cambiar. Sobre la separación o unión de dos estados dentro de una confederación, Pi I Maragall es partidario de que sea competencia de la confederación siempre que no se trate de una necesidad: “una división a tiempo puede cortar el paso a grandes disturbios, y tal vez acelerar el movimiento de la riqueza; una reunión, favorece el progreso ya material, ya moral de dos pueblos.”

Pi i Maragall es de la opinión de que en España, el carácter de los pueblos favorece el principio federativo, pero con la expansión imperial tras la unión de los reinos de Castilla y Aragón se adoptó el despotismo contra los fueros de las provincias, provocando múltiples conflictos que posteriormente acabarían con la Guerra de Sucesión, el 1714, y la sumisión de Aragón, Valencia y Catalunya. Tras el imperio Napoleónico y las guerras carlistas (a lo que hoy añadiríamos todo el convulso siglo XX español), concluye que el desorden entre revolución y reacción y la pugna entre facciones reinante se debe al principio unitario y al “temor a la disgregación de las antiguas provincias.” El Estado, refiriéndose a la Restauración borbónica, “no habría sido de tan fácil asalto, ni viviría tan expuesto al vaivén de los partidos.” Así mismo, los costes de la administración pública no se habrían disparado (concretamente se menciona que los costes administrativos de recaudación superan la cuarta parte de los ingresos), así como la ineptitud, el exceso de cargos y la corrupción del momento, que parecen no dar abasto tampoco en el momento actual.

Mapa de España de 1854

Pi i Maragall hoy

En conclusión, la lectura de Las Nacionalidades nos permite ver con perspectiva el largo camino del federalismo español y sus diferencias con el modelo americano o suizo de entonces. De allí a las autonomías actuales tan sólo basta salvar las distancias con un salto interpretativo. No es España una federación, por mucho que el socialismo o el conservadurismo haya querido monopolizar la idea como contrargumentación al unitarismo o al independentismo, si bien contiene muchos elementos que un federalista decimonónico sí defendería. Un aviso para navegantes es la observación de que el autonomismo no está reñido con la federación, sino todo lo contrario, y ofrece mejores posibilidades de desarrollo, alejando el temor de la independencia de alguna de sus provincias mediante el pacto entre iguales.

Si creemos que España es una federación convendremos que estamos a medio camino: fracasa sobretodo en el sistema tributario, el peso territorial representado en el Senado disuelto por el sistema de partidos y su papel meramente accesorio del Parlamento, lo que va en detrimento de los pueblos y a favor de los partidos; fracasa por una instrumentalización de la administración y un sistema judicial que centraliza el poder en una provincia y pone freno a las iniciativas autonómicas que no se acomodan a ese modelo; impone la voz de los partidos frente a la de las comunidades y facilita el cohecho en las instituciones y la falta de pensamiento crítico sobre la pluralidad del país; estanca unas provincias en un régimen de subsidio que frena las iniciativa privada, y condena a otras a sufrir un déficit interregional bajo el imperativo moral de la solidaridad forzada.

Es de interés remarcar el caso de Euskadi y Navarra y sus sistemas forales como una prueba más del principio federativo. Tampoco hay que menospreciar la descentralización del país, que apuntaría hacia el principio federativo expuesto, dado que desde 1978 hasta la actualidad España ha gozado de relativa estabilidad si se descartan las últimas convulsiones del franquismo con el 23-F y el terrorismo, reacción heredera de la misma dictadura, si bien no ha sido acompañada de una reducción de la administración. Los periodos de relativa paz política se han dado siempre que las mayorías absolutas no han ido contra los intereses de las autonomías, y estas han llegado a un acuerdo con el poder central. Finalmente, la cohesión que han permitido los fondos de la Unión Europea se ofrece como otro aval más del principio federativo, a tener en cuenta.

Junts pel Sí y la CUP firman la declaración de independencia de Catalunya. La Vanguardia. 2017

¿Qué ha sucedido con la independencia de Catalunya? ¿Por qué una mayoría absoluta autonómica se ha enfrentado al Senado y a un bloque en el Parlamento? ¿Por qué se plantea la independencia como un proyecto factible cuando hace dos legislaturas no se contemplaba llegar hasta la declaración de independencia, a pesar de las advertencias constantes?

Si se descartan la disparatada propaganda de conspiración rusa y el adoctrinamiento escolar, se llegará a la conclusión de que en algún momento el pacto social se rompió, y las posibilidades de renovarlo fueron rechazadas. Quienes aún defienden que el independentismo es sólo producto de la crisis económica mal gestionada no pueden explicar su auge creciente sin mencionar dichas paparruchas por la misma razón que no pueden reconocer públicamente la soberanía de los pueblos de España, ni, como en cualquier pacto, que siempre hacen falta dos voluntades para llegar a un acuerdo.

¿Por qué no ha sucedido otro tanto con el País Vasco? La respuesta es fácil para quien quiere conocer las razones estructurales: su autonomía y sistema fiscal han salido reforzados. En Catalunya, el atacar sistemáticamente las leyes parlamentarias y su norma general, el Estatut, a base de humillaciones e instrumentalizando la justicia contra su aplicación, el principio unitario, el Partido Popular, con la connivencia del resto de partidos unitaristas, PSOE y Cs, ha terminado por deslegitimar el pacto autonómico, y tras la reacción catalana, la DUI, sustituirlo por un decreto de nueva planta: el 155.

Pi i Maragall ya advirtió, durante la guerra de la independencia cubana, algo que se lleva oyendo desde hace más de una década en Catalunya:

Los verdaderos separatistas no son los catalanes, sino los políticos del caciquismo y de la oligarquía de Madrid, con su falta de visión, con su encarnizado unitarismo centralizador y uniformizador.

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La batalla por Catalunya

Antoni Estruch Bros. L’onze de setembre de 1714. 1909.

A cuatro días del desenlace la tensión parece anunciar una ruptura inminente. El bote es muy alto y nadie va a renunciar a ganar la partida.

En 2015 cambió definitivamente la manera de percibir la cuestión catalana. Primero llegó el fervor del referéndum consultivo del 9-N del 2014 (80% a favor de un estado republicano), luego, el de las elecciones autonómicas plebiscitarias del 27-S del 2015 (mayoría absoluta soberanista). Hoy, el 1-O ha pillado a más de uno por sorpresa al no salirse del confort mental del relato autonómico, y por no comprender que el independentismo es un movimiento de transversal y pacífico.

A cuatro días del desenlace, asistimos perplejos a un campo de batalla donde no queda más “equidistancia” donde refugiarse que en el silencio. Estamos, por decirlo en cierta forma, en medio de la batalla por Catalunya.

El frente del discurso político

Reunión entre el presidente de la Generalitat y el presidente del Gobierno en funciones en la Moncloa (LVE). La Vanguardia. 2016.

Sin embargo, esta batalla no se ganará con balas ni bombardeos, si no con política. Este es el frente principal, donde se libra la guerra de las ideas, la superestructura. A cuatro días del desenlace ambos ejércitos se han atrincherado uno frente al otro, como en la batalla del Ebro. El frente está estancado aunque podría llegarse a una tregua en una zona neutral, quizá con el aval de una cumbre europea.

Se estilan dos maniobras: “el recon” y el “paco”: el “recon” o reconocimiento del terreno enemigo es rechazado como “añagazas” (en palabras del barón de Claret), y sirve de tanteo de las intenciones del otro; con reuniones, declaraciones, o cartas se atisban las posiciones tomadas y se provoca al otro bando. El paco, o francotirador, sin embargo, dispara cuando tiene ocasión y vuelve a su escondrijo. Tácticas para hacer brecha inútilmente en el discurso contrario. Balas perdidas.

El gobierno dispone de un discurso oficialista y homogéneo: abundante artillería legal, constitucionalismo, soberanía nacional, el relato del autonomismo. El govern, por su lado, esgrime un discurso heterogéneo contra los agravios del estado: la crítica a su legitimidad, la corrupción del partido del gobierno, las injerencias entre poderes, el cohecho, el relato del fracaso del posfranquismo

Los apoyos institucionales al discurso se inclinan a favor del gobierno desde la Comisión Europea y los EUA, aunque con dudas sobre su sinceridad, mientras que el bando soberanista dispone de la adhesión de individuales y asociaciones, armas ligeras pero de alcance internacional (cañones que requieren buenos artilleros), gracias al trabajo de Raul Romeva y las embajadas. El frente internacional bascula entre la injerencia o la no injerencia según el interlocutor.

El discurso económico dispone de tantos detractores como defensores, y un estado con una deuda del 100% del PIB y una economía que crece a base de recortes, con la bolsa de las pensiones agotadas tras 35 años de desigualdades territoriales no corregidas, no ofrece demasiada confianza al debate del autonomismo, o de la “solidaridad” entre comunidades. Es importante comprender que ya no sirven de nada las promesas de De Guindos ni las amenazas de Montoro al govern. Llegan tarde, o demasiado pronto. El govern ha asumido que el estado no va a negociar ni de mala fe: ha pasado del “seny” a la “rauxa”, concepto que a veces se olvida sobre los catalanes. El momento de negociar fue antes del 2012, cuando se publicaron las balanzas fiscales y el catalanismo no era independentista. Lo cierto es que la viabilidad de una España y Catalunya separadas, ahora mismo, en una sociedad incapaz de prever sus crisis y dependiente de las subastas del tesoro, no está claro: se trataría de evitar el peor de los males, o probar con un nuevo acuerdo que mutualizara la deuda, etc. Terreno desconocido que parece no afectar a las finanzas internacionales, a pesar de las declaraciones de estos últimos días.

Repliegue estratégico tras las líneas rojas. Claro que hubo una breve “operación diálogo”, centrada a buscar acuerdos, pero dentro del inmovilismo y mediante amenazas, además de los agravios institucionales, magnificados por la propaganda, lo que resultó en fracaso. Como en todo entendimiento debe haber confianza entre las partes, y la guerra hoy no permite dejar un flanco abierto hasta que no se esté en posición de ventaja, ambas se ven obligadas a seguir en liza y dejar para más adelante un acuerdo. Habrá que esperar al desenlace para ver cambios en este frente, aunque ya se lee en algunas editoriales nacionales el cambio de discurso hacia la comprensión del soberanismo.

Si hubiera un relato alternativo en Catalunya y no sólo la consigna “no hagáis nada, mejor unidos que fuera de la UE, donde hace frío”, probablemente el soberanismo no representaría a la sociedad catalana. Al haber fracasado el socialismo, primero con el autonomismo de Maragall, recortado y humillado por PSOE y PP, luego el federalismo de Navarro, decapitado por Rubalcaba, y luego con el plurilacionalismo fantasmal de Sánchez y su inocua propuesta del traslado del Senado, defenestrado y revivido por los susanistas, el campo del proyecto común está yermo. También, hay que sumar el fracaso del catalanismo de derechas con el rechazo del pacte fiscal y la impugnación del 9-N.

Por su lado, los comunes y algunos excomunistas han descubierto que cavar sobre roca es su muerte política, y han desobedecido sus secretarías instaladas en la comodidad de la oposición parlamentaria en Madrid. Otros han previsto que es mejor estar a favor de la corriente que en la oposición con la derecha no-catalanista. La ausencia de un proyecto común de izquierdas alternativo al inmovilismo de PP y C’s, junto al silencio cómplice del PSOE aunque sea por táctica, mientras en Catalunya el PSC pacta con la oposición antiprocesista, no ofrece confianza suficiente en Catalunya. Es normal que no se dialogue ya que, al sacar la cabeza de la trinchera se corre el riesgo de ser abatido por un paco del mismo partido!

El frente administrativo.


© Casa de S.M. el Rey. Su Majestad el Rey, con el nuevo fiscal general del Estado, José Manuel Maza, junto con el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, el presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ, Carlos Lesmes, y el ministro de Justicia, Rafael Catalá

La batalla administrativa y judicial está ganada por el gobierno: dispone de todo el aparato ejecutivo y judicial. El govern ha tenido que crear una ley a medida, forzando el reglamento del Parlament, para ampararse legalmente y de esta manera poder desobedecer al TC. Unos defienden la ley y los otros el “mandat democràtic” de dar respuesta a una mayoría absoluta en el Parlament mediante un referéndum. Entre la ley y la moral está claro que ganará la ley a base de incoaciones administrativas, pero esta derrota podría alargarse en tribunales europeos e internacionales y volverse contraproducente: ante la intervención de la autonomía catalana el govern ha contratacado interponiendo recursos y denuncias.

El estado tan solo tiene que esperar. Los soberanistas, sin embargo, necesitan ganar tiempo como sea en este frente, ya sea mediante la movilización del 1-O o aliados de última hora; y aun con los despistes del gobierno o vulneraciones de derechos: actuaciones como registros sin orden judicial, apertura de correspondencia privada y bloqueos de cuentas, prohibición de renunión y manifestación, decomisos y detenciones sin lecturas de derechos, incluso vulneraciones del estatut del 2006 enmendado por el propio TC. Ya se verá cuáles son y si podrán jugarse como ventaja por un govern que también ha cometido errores de forma. En resumidas cuentas: este frente es el que generará mayor desgaste y los soberanistas solo pueden estancarlo con errores del adversario o “brigadas internacionales” que defiendan la autodeterminación de los pueblos y la tradición liberal.

¿Cuáles serán las actuaciones el día después? Aquí, tanto Soraya Saez como el govern han dicho que no van a dar pistas al enemigo. Las iremos descubriendo día a día, noticia tras noticia, como una guerra de posiciones. Se espera que el estado aplaste administrativa y judicialmente el govern y se convoquen elecciones anticipadas. El destino de los sublevados se considera un asunto de orden judicial y no sólo con las amenazas de inhabilitación, sino con multas diarias de 12000 euros para los miembros de la sindicatura de garantías. Estas actuaciones “sui generis” en una democracia joven, defendidas por el Fiscal general y los juicios que provocarán desabastecerán los partidos de activos políticos y sentarán un precedente “preocupante” para la convivencia que ya ha hecho dudar al PNV, y al PP ordenar un repliegue de los PGE.

¿Qué hará el govern si el estado comete algún error? A juzgar por el boicot de gobierno y oposición, si no se impide físicamente el referéndum el resultado será la declaración de independencia, no reconocida por España y amparada en Ley de transitoriedad, ilegal dentro del marco español. El resultado internacionalizará el conflicto y de aplicarse el 155 la solución pasará por negociar con avales europeos una situación de excepción para Catalunya. Es improbable que salga el No dado que la oposición ha decidido no hacer campaña ni participar.

Si se impide físicamente el referéndum este domingo no queda otra que convocar elecciones anticipadas, aunque podría suceder que el govern se atrincherara en el Parlament a la espera de una salida negociada, apoyado por movilizaciones y hasta huelgas generales, al más viejo estilo cenetista. Es un caso improbable porque el estado está dispuesto a ganar sin negociación, y la oposición no apoya el referéndum de marras, y además, unas elecciones anticipadas darían tiempo a los soberanistas para recuperar terreno y frenar durante unas semanas la ofensiva estatal. Tampoco una DUI en caso de boicot del referéndum no seria posible, ya que anularía el maltrecho frente de la legalidad del propio govern (sería una jugada desesperada que se puede jugar al amparo de unas nuevas elecciones plebiscitarias que permitirían ganar más tiempo).

En caso de elecciones, éstas se leerán en clave plebiscitaria y probablemente sea el último cartucho que les quede al soberanismo antes de la DUI. Si no obtuvieran mayoría, pongamos, porque la oposición ofrece pacto, abriría el camino de la normalización y, quizás, la negociación, aunque es difícil creerlo por parte de un gobierno que prefiere dejar las cosas como estaban; pero si el soberanismo ganara por mayoría absoluta, otra vez, no hay duda de que habrá declaración unilateral de independencia, lo que nos llevaría al caso de que se realice el referéndum.

El frente social.

@ David Airob. La Vanguardia.

Este frente está ganado por el govern. Los unionistas y la mayoría silenciosa que se deja posicionar según las encuestas no han movilizado a tiempo sus efectivos y han renunciado a hacer campaña por el No, jugándoselo todo al boicot del referéndum y dando carta blanca al gobierno. Aunque hay intentos de penetrar la línea enemiga por ambos bandos, la polarización social es evidente tras años de movilizaciones y ninguneo del gabinete Rajoy. Al menos hay unos dos millones y poco de votantes del Sí, y es posible que cada día haya más (la historia es harto conocida, así que no voy a extenderme sobre sus razones). Además, casi un 80% de catalanes estaría dispuesto a participar en un referéndum acordado, según El País.

La sociedad movilizada a favor del Sí y del derecho a decidir goza de buena moral, como se ha ido demostrando los últimos años. Al ser la responsable en sus inicios de haber movilizado el soberanismo de los partidos catalanistas, y estos de haberla escuchado, tiene una salud de hierro que dará muestras de su músculo en los próximos días y meses.

La ventaja para el govern está clara: dejar al gobierno la papeleta de usar el argumento de los “tumultos” y amenazar con la guardia civil, lo que se acomoda perfectamente en el relato “colonialista” de la represión contra una masa cada vez más convencida con cada acción ejecutiva de un gobierno inmovilista. Además, la imagen de un barco “represor” en el puerto tiene ecos de Setmana Tràgica, o de 1934, y despierta la resistencia pasiva, aunque sea a golpe de cacerola, manifestaciones o empapeladas. Por si fuera poco, recrea el escenario para una inminente representación de una “Revolución de terciopelo”, o incluso, una “Primavera catalana”.

A diferencia de lo que se dice en la prensa de Madrid, quienes lo han vivido de cerca comparten la actitud pacífica y lúdica de las manifestaciones, más que su aparato ideológico: su grado de civismo es algo que no se “palpa” fuera de aquí y que al compararse con el nazismo, o con los movimientos violentos de forma repetida e inane en otro torticero intento de criminalizar hechos puntuales, da como resultado mayores adhesiones. Además, no son pocos los que han descubierto que se puede estar a favor de un referéndum sin necesidad de hablar catalán en la intimidad, ni de colgar carteles u ondear una bandera estrellada: incluso sindicatos, estibadores, bomberos, abogados, profesores, y está por ver si los mossos d’esquadra.

El gobierno solo puede vencer socialmente fuera de Catalunya y aun así, decenas de ciudades españolas ya han mostrado parte de ese “republicanismo” latente y descontento, que en algunos casos ha despertado reacciones violentas, tras el deseo de cambiar sus vidas; o por decirlo de otro modo, se les ha ofrecido la utopía a través de actos reales, no con meras palabras sino mediante una “acción directa” contra un estado inmóvil y un gobierno corrupto. La única alternativa que le queda al estado para inmovilizar la sociedad catalana es declarar el estado de emergencia, pero aún necesita una coartada: los deseados “tumultos” del 1-O. Un nuevo error, o triunfo, según se mire, en caso de cometerse.

El frente cultural

“Manifiesto de intelectuales” publicado el 18-9-2017

La lengua y la historia son los dos caballos de batalla del frente cultural, y el fracaso de una ley de enseñanza que se acomode a la diversidad cultural del país es una víctima más de este frente.

Respecto a los símbolos nacionales, la normalización de la estelada es un signo de victoria del soberanismo. Durante el autonomismo, la estelada nunca gozó de buena salud ente las clases medias, pero hoy es un símbolo de la lucha contra la intransigencia del estado, las prohibiciones y la censura, y se vende en cualquier chino junto a la autonómica y la española. Hay que recordar que la estelada no es una bandera de un país, sino de una actitud combativa, ya que la bandera catalana es la “senyera”.

Lo más interesante del frente cultural en Catalunya es la superación del debate de la lengua. La lengua catalana, entendida como símbolo, ha ganado las trincheras que colocó el ministro Wert y que intenta recuperar Ciudadanos. Aún se oye el disparo de algún paco, pero el frente cultural ha sabido maniobrar entre el control gubernamental y el exceso del manifiesto Koiné, aunque fuera mal interpretado, e integrar el catalán y el castellano en el mismo bando con el mismo grado de aceptación, gracias también al apoyo de asociaciones como Súmate: el ministro de cultura ha rendido una de las armas más poderosas de la guerra cultural y los soberanistas, en vez de usarla, la ha desmantelado.

En este frente combaten asociaciones culturales, medios, y gurús, junto a los “intelectuales y artistas”. Sin embargo, estamos lejos de los años donde el intelectual desempeñaba una función social, y cabe preguntarse si aún existe ese rol en la sociedad postindustrial. Una vez empezada la batalla hemos asistido a una adhesión constante de manifiestos, artículos y tiros de tweet.

Snowden y Assange, gurús del star-system de la libertad global de expresión, también han aportado su granito de arena, e incluso un duelo de insultos entre Assange y Pérez-Reverte para mayor polémica; mientras los herederos de esa escuela de Barcelona, esa “gauche caviar” admirada por el socialismo que ha sabido satirizar ingeniosamente Albert Pla en un doble golpe de humor, también ha saltado a la palestra. Es interesante leer algunas de estas opiniones que, en general, solo quieren defender su creencia sin dar lecciones a nadie, pero también lo es el descubrir a los voceros incondicionales que se esconden bajo una mascarada de intelectual liberal y “hombre de mundo”, ya sea un deportista, un periodista, un escritor o un cantante, que se desentienden de querer hacerle el juego a un bando, cuando precisamente es lo que hacen. Al final resulta que sus opiniones valen tanto como les cueste mantener su reputación. Y finalmente están las patrullas de presentadores y tertulianos que hacen de agitadores y palmeros.

Los bandos utilizan intelectuales como propaganda. Es cierto que algunas voces, sobretodo extranjeras, van por libre, pero lo aficionados a los manifiestos locales  quizá deberían redactar uno nuevo a favor del silencio y del boicot a los políticos, o mejor aún, a favor de ellos mismos en vez de regalar munición.  El intelectual de trinchera rápidamente es abatido: su posción y actitud frente el poder los puede delatar. El PSOE dispuso de ”La banda de la ceja”, el PP de sus premios nacionales, los escritores catalanes no soberanistas, atrapados entre dos fuegos, acusados de connivencia como “botiflers” o “caragirats”. En Madrid, la brigada “Vargas-Llosa”, el nobel de literatura tras el cual se acuclillan la jet-set y los lobbies mediáticos, y la patrulla de la RAE, con sus premiados Pérez-Reverte, Javier Marías, o Muñoz Molina, y los “Queipo de Llano” de la cultura como Albert Boadella, o Félix de Azúa, y demás, frente a la Pilar Rahola, Empar Moliner, Juanjo Puigcorbé, Quim Monzó o Eduard Punset. El resultado final es tan aterrador como el grado de conformismo con el bando que los ha utilizado. Antes de sacar la cabeza del hoyo, deberían saber que si estamos “en guerra” toda opinión puede ser usada en su contra, como el rebote de una bala.

La polarización del debate ha dejado al descubierto a los pragmáticos y “equidistantes.” La batalla cultural no ofrece tregua ni hace prisioneros y es como un yermo lleno de cráteres donde acechan los pacos y se libran escaramuzas que responden a las consignas de editoriales, grupos, partidos y asociaciones, y que terminan instrumentalizando la cultura como propaganda, mientras los politólogos e historiadores pasan a un discreto segundo plano. A veces, empero, una ambulancia aparece y socorre a los heridos demostrando que el ser humano puede dar lo mejor de si en los peores momentos.

El bando unionista es unánime, si bien algo más equívoco por el ala de los reformistas. En España, los medios no representan la opción soberanista. En Catalunya, a pesar de lo que digan los medios de comunicación nacionales, coexisten ambos discursos y hay diversidad de posicionamientos, junto a una importante masa a favor del No, sobre un 40% de la población. El clamor del soberanismo en Catalunya es ensordecedor no porque haya censura, como se deja creer en los medios nacionales, sino por que está mejor organizado y movilizado. También hay que añadir que a nivel internacional la reacción de los intelectuales y algunas cabeceras de periódicos se decanta mayoritariamente a favor del discurso soberanista, o al menos, del derecho a decidir (ya van cinco nóbeles de la paz a favor), mientras que el inmovilista tiene poca repercusión en los medios catalanes. Este hecho no puede explicarse sólo viendo TVE, o los medios de Atresmedia y Prisa, ni tampoco escuchando sólo TV3, o la radio, y menos aún las declaraciones del fiscal Maza: “están abducidos”.

La caída del Tótem.

Uno de los fenómenos más interesantes a nivel psíquico es la pérdida del tabú constitucional. La constitución, ese tótem erigido como poder omnipresente ha caído como un falso dios de la mente de los soberanistas. No ha sido únicamente por las reiteradas embestidas contra “la estaca” que lo ata, sino porque éste, tras amparar los derechos civiles junto a todo tipo de corruptelas y omisiones de derechos (de expresión, o de vivienda, por ejemplo), se pudrió y al quererlo asentar a mazazos ha terminado por resquebrajarse. Además, la sentencia del TC contra el estatut tuvo el efecto de la carcoma: el poder judicial, controlado por los partidos desde el CGPJ estaba por encima de un referéndum, la voluntad del pueblo,  y de la aprovación del legislativo y el ejecutivo.

Estamos ante un fenómeno de cambio de actitudes y aculturación de nuevos valores. Probablemente, esta ruptura no se haya dado fuera del soberanismo si bien los reformistas han reconocido al menos dos señales: el fin del bipartidismo y la crisis política del estado. Habrá que ver si el 1-O es la tercera señal y si la aculturación permite un cambio de actitud a favor de un nuevo modelo de estado.

Al desgaste de un TC forzado por el partido del gobierno, así como las contramedidas que se están tomando contra la autonomía catalana, se ha sumado el desencanto de la corrupción, las dudas sobre su legitimidad, la inconveniencia del inmovilismo, la crisis de la monarquía y, sobretodo, la crisis laboral y de deuda (en la que se incluyen las pensiones). Los soberanistas no desobedecen para dirigirse a un estado sin ley, sino para asumir el control de sus recursos y mejorar la vida de sus ciudadanos. Por descontado, la única forma no-traumática de hacerlo para ambos es pactando un referéndum o cambiando la constitución. Por descontado, eso no ha sido posible. Es más, hasta el 1-O, o dicho de otra forma, hasta que no estalle el problema no se empezará a plantear seriamente una solución: cuando lo probable esté en la calle y en boca de todos, empezará a hacerse posible.

El frente del humor.

La idea es sencilla: la ironía y su efecto, el humor, nos hace cómplices con el emisor. Claro que la ironía implica un referente cultural y cierto gusto compartido. Por otro lado, la burla o hasta el sarcasmo, es decir, el humor imitativo o mímico y su deformación, o el insulto, no disponen de tanta aceptación entre las filas contrarias que saben apreciar los efectos de una carcajada.

El frente del humor lo ha ganado el soberanismo, aunque haya que reconocer que no todo ha sido mérito de su ingenio: el gobierno, quizá dando por perdida esta batalla con su “ley mordaza” y su falta autocrítica, no sólo no ha sabido crear un grado de distensión a través del humor sino que lo ha rendido sin jugar. Con el humor la intimidación se desvanece por arte de chiste o meme, junto a fotografías, comentarios, o actos cuyos referentes culturales, como la orografía del terreno en que se vive, el bando local ha sabido aprovechar.

La última ocurrencia del ministro de interior, Zoido, los cruceros de la Warner, ha sido comparada con el hundimiento de “La Armada Invencible” o la de Santiago de Cuba; recompensa que provoca el “procés”, y que levanta sonrisas y adhesiones a Piolín, nuevo héroe de la independencia, prisionero de una guardia civil enjaulada por políticos en un barco de los Looney Tunes, los dibus de la infancia de España; o las canciones de La Trinca, pegadizas y conocidas por más de una generación;  las narices de payaso, los claveles, los vítores de las papeletas, las consignas humorísticas, la autoparodia (“Urna, grande y libre”) y las urnas frente a una movilización castrense cuya presencia es aceptada como actor necesario para la puesta en escena de mimos y actuaciones.

La “guasa” hoy dispone de las redes sociales. Así como durante el franquismo, las revistas satíricas hacían cómplices sus lectores aunque fuera autocensurándose, hoy, la difusión del humor, asumida en gran parte las redes sociales salvo por algunos medios (El Jueves, El Intermedio, Polònia, etc…) hace lo propio sin autocensura; los memes, las máximas, los calambures y el ingenio de toda la población al alcance de un dedo. Como se ha demostrado con Donald Trump o las Primaveras Árabes, las redes sociales funcionan de acelerador cultural cuando encuentran una amplia base social implicada que participa a tiempo real y se hace cómplice, como un eslabón forma parte de la cadena que lo tensa.

Convencer por el miedo o el odio a una sociedad con buena salud es inútil: siempre gana más adeptos una risa que los augures del temblor de dientes, una actitud más propia de sociedades controladas mediante la represión.

El desenlace

Habrá que esperar entre cinco o seis días para anticipar algo. Se descubrirán las cartas y terminará una ronda que empezó hace tres años. Podemos estar seguros de que la madre de todas las batallas por Catalunya va a ser la administrativa-judicial, y que el frente social va a reaccionar en auxilio de la Generalitat y sus competencias, y quien sabe si se van a sumar huelgas indefinidas. Corre el rumor que tras el choque, el frente político hará un alto el fuego para plantear un armisticio. De momento me remito a lo que fue publicado el 2015 en L’article que anava a publicar: el resultado dependerá del equilibrio de fuerzas y apoyos, y esto no se sabrá con certeza hasta que haya una declaración de independencia, o hasta el resultado de las próximas elecciones catalanas.

Carta de crisis del juego de mesa “Café para todos”

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Memento Mori

Emblemata Sacra. Rev. Daniel Cramer, 1624 (www.funeralzone.co.uk)

Ya que había terminado de trabajar, y me encontraba cerca, me dirigí atraído por la reciente tragedia. Allí, a paso lento, bajando hasta La Boqueria, recorrí la misma distancia en que ésta se medía.

A ambos lados, temblorosos parterres de llamas tímidas entre el silencio. La luz eléctrica apenas nada distinguía, puesto que eran el fuego y las flores lo que atraía toda la atención.

Las capillas fueron instaladas irregularmente a ambos lados. Una complicidad del silencio que se comparte en los deambulatorios indicaba que justo allí, en ese mismo lugar, o en aquél, se había apagado una vida.

Ese relumbre de iglesia durante el anochecer encerraba una comunión. Muchos lo fotografiaban para enseñarlo a sus países y así demostrar la inmediatez del duelo durante su jornada. Otros, decían, lo retenían porque en aquellos pétalos ardía el aroma de la compasión.

Dos hombres se habían subido a un árbol para fijar otro cartel de homenaje. A su alrededor, todos los miraban en silencio. Y sin embargo, La Rambla seguía siendo multitud y vibración, de aquella que da lugar a metáforas de todo tipo; estación, vena, corriente o caudal; fluida como el agua, o la sangre, adoptando la forma de aquello que contiene; y así era como la rutina iba retomando el día a día.

Me alejé hacia plaça Catalunya. Aquella estampa se parecía demasiado a la de sus precedentes. ¿Por qué iba a ser diferente? Por un instante pensé en aquellos fotógrafos; me había fijado en las pantallas de sus móviles y había creído entrever en los encuadres el deseo de retener toda la tragedia en sus consecuencias. Sin embargo, aquella expectación se reflejaba contra otro espejo que no era el de las cámaras réflex, o la pantalla de sus móviles.

Porque la multitud que allí se identificó con los muertos fue arrollada por otro vehículo cuyo rugido apenas se escucha, con una fuerza capaz de destruir todo deseo. Fuimos aplastados por la posibilidad; la posibilidad en una hora de un día, al descubrir en el reflejo de las llamas aquellos que habían estado allí también, tomando fotos de La Rambla en aquella hora de aquel día.

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El desert dels Tàrtars

Autor: Dino Buzzati

Títol: El desert dels tàrtars

Ciutat: Milà

Editorial: Arnoldo Mondadori Editore

Any: 1945

Editorial de la traducció catalana: Empúries

Traducció: Rosa M. Pujol, M. Mercè Senabre.

Ciutat: Barcelona

Col·lecció: Tros de paper

Any: 1985

Nombre de pàgines: 213

ISBN: 84-7596-040-5

 

Publicada originàriament el 1940, Il deserto dei Tartari va esdevenir l’opera magna i la consagració de Dino Buzzati (1906, San Pellegrino di Belluno-1972, Milà) dins la literatura del segle XX. Buzzati, qui llavors era periodista del Corriere della Sera, va escriure la novel·la en els prolegòmens de la Segona Guerra Mundial, la qual, després de l’alliberament, esdevingué un èxit internacional.

El desert dels tàrtars és una obra propera a l’existencialisme de Sartre (Le néant, 1938), o Camus (L’étranger, 1940), i es troba a cavall entre la tradició expressionista (kafkiana) i la condició humana (a voltes com en Saint-Exupéry). També rep influències de la novel·la gòtica i de Poe. La novel·la va ser adaptada al cinema el 1976 per Valerio Zurlini, amb banda sonora d’Ennio Morricone, i també va inspirar la trama de Waiting for the Barbarians, del premi Nobel Coetzee. L’autor i crític J.L. Borges la va ressenyar com a una obra preferencial.

Al llarg de trenta capítols, se’ns narra la vida del jove oficial Joan Drogo que és destacat a la fortalesa Bastiani. Aquesta es troba en la frontera nord del regne, aïllada de tot contacte humà, separant la vall de l’extens i llegendari desert dels tàrtars que limita amb el regne del nord. Allí, els soldats viuen exiliats de la humanitat a l’espera d’un enemic que mai arriba, mentre les seves frustracions i desitjos de glòria entren en conflicte amb la naturalesa cruel de l’ésser humà.

Amb un llenguatge a voltes realista i a voltes poètic, Buzzati ens vol parlar de les distàncies, concretament la distància temporal: el pas del temps, l’espera, i “l’etern retorn” de l’existència al que tard o d’hora l’home s’ha de veure abocat com el reflex d’un mirall. La maduració, l’abandonament familiar, la formació i l’aprenentatge del món dels homes, també hi és present com en una novel·la iniciàtica, així com, també, la pèrdua de l’amistat, el fracàs de l’amor, la vellesa i la mort, l’altre gran tema de l’obra.

La distància espacial, la llunyania o proximitat amb els altres, es projecta en els paisatges com a quadres surrealistes o expressionistes, talment el mateix títol del llibre: hi ha distàncies emocionals i humanes que s’allunyen i es perden, i d’altres que s’apropen, es retroben o es traeixen. És en aquests espais on es conjumina el pas inexorable del temps en els constants canvis d’estació, els canvis del cel, el pas del sol i la lluna, o els sorolls de la fortalesa que reforcen la seva omnipresència.

La trama de la fortalesa serveix per il·lustrar amb un elenc de personatges secundaris les relacions humanes: fites d’aquestes distàncies on les normes d’una autoritat indiscutible desperten la crueltat i la falsedat fins al conflicte amb el sentit del deure i el desig d’un destí gloriós que ha d’arribar del desert per salvar-los, com el que encarna; conflicte, per exemple, com el del tinent Angustina, qui decideix el seu propi destí en contra de l’hostilitat dels altres, o el capità Ortiz, qui essent íntegre i pacient és derrotat pel seu propi desig de enfrontar-se a un enemic intangible.

És difícil discrepar sobre El desert dels tàrtars. Els personatges tenen vida pròpia. L’estil és acurat i les imatges segueixen la intensitat narrativa; l’estil és canviant, però no és brusc com el pas de les estacions; fins i tot, hi té cabuda la fantasia onírica d’unes imatges carregades de simbolisme que permeten diverses lectures. Potser, el lector massa habituat a l’acció pot sentir-se atordit per l’omnipresent desert erm, o les opressores carenes costerudes i encavallades, o bé per la monotonia laberíntica de la fortalesa. Però això quedaria superat per un estil de llenguatge ric i una excel·lent traducció al català, a més d’una trama no exempta de sorpreses amb el persistent enigma dels tàrtars que acompanyarà el lector fins al final. Potser, però, caldria advertir-li que és un d’aquells llibre que deixa empremta, talment com la buidor d’una petjada en el desert.

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HIGH SCORES

Arribaren de la nit de vidre i s’infiltraren pels menjadors. Van abduir la població més jove i ja no es van aturar; després van aparèixer més grans, més terribles. Eren masses. Ens havíem d’organitzar i vam fundar la resistència. No ens van donar cap més opció: portaríem dobles vides: agents d’operacions mundials encoberts com a joves estudiants. Per fer-ho vam començar a imitar els grans: fèiem campana, escàpols de la mitja pensió o les classes de reforç, i anàvem a on els xicots de cabell llarg pipaven cigarretes dempeus mentre colpejaven els comandaments; esperàvem tanda, envoltats d’irradiadors que feien bip!, bip!, i el so del futbolí petant, atesos per un encarregat amb ronyonera que també era fumador. Mentre esperàvem, frissàvem per llançar-nos a explorar les galàxies o indrets tenebrosos de la Terra. Llavors, quan el xicot enregistrava les seves inicials al Hall of Fame i deixava lliure el comandaments, li ficàvem una moneda de vint-i-cinc pessetes, foradada per recuperar-la amb un cordillet; no teníem diners i havíem de saber com ho feien per quedar entre els primers; volíem ser els primers, obtenir la millor puntuació per a vèncer la invasió marciana que cada vegada era més absoluta i amenaçadora. Quan obria l’escola a la tarda tornàvem, però no passàvem desapercebuts: vam començar a rebre “molt deficients” i els pares van començar a preguntar-nos què fèiem a classe. Així les coses, vam haver d’actuar d’incògnit: els vam demanar un ordenador personal, un PC1512, amb impressora d’agulles, enlloc de la NES o el Commodore, per poder millorar High Scores de l’escola, i van accedir, impressionats per les nostres filigranes computacionals. Llavors, quan no hi havia roba estesa, intercanviàvem dades i avenços, i planyíem les baixes venerant els herois. Si quedàvem, fèiem inventari dels continguts disponibles: revistes, manuals, l’atrezzo que amagava pistes, i copiàvem les rodes de seguretat i les llistes de codis per poder trencar les proteccions; cadascun omplia quaderns amb mapes del territori enemic i les seqüències de cada passa que donàvem. Paral·lelament, vam obrir el front de l’escola, designat per la resistència, la qual ens lliurava els apunts de l’examen impresos amb la lletra super menuda del Newsmaster. El pares s’ensumaven alguna cosa, però no els importava tant com semblava, ja que no s’oposaven a fer-nos aquells regals de les celebracions d’aniversari: l’amfitrió obria els paquets al restaurant i sonaven crits d’agraïment: “Ei, ja me’l passaràs”, “Jo el vull”, “Regala-me’l”, mentre mastegàvem hamburgueses, amb patates i cola, i ens els passàvem amb les mans untuoses i els llavis enganxifosos. Cobejaven les pròximes aventures i pujàvem a la planta de dalt, on el pallasso de l’eme vermella i els seus sequaços (una gota de greix porpra, i un lladre fugat amb cara de nen) eren esbatussats. Els grans ens deixaven fer, si bé ens motivaven a millorar les notes de matemàtiques i ciències, sobretot, més que les de llengua, gimnàstica o religió (els papàs no comprenien pas l’abast de la invasió: es quedaven a baix, tan amples, fumant i bevent cervesa, i s’avorrien parlant de l’escola o del treball).

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