En lo que se refiere a las tendencias sobre la realidad política entre España y Cataluña, hace algún tiempo que algunos opinadores mediáticos usan una manida alegoría de género; una imagen móvil, bastante recurrente, de la relación de pareja. En este país —y en otros, tal vez— existe un idiosincrático placer en representar el conflicto de estructuras nacionales (problema, además, bastante complejo que engloba varios millones de opiniones y voluntades diferentes) con una escena doméstica de resonancias microhistóricas —o de telenovela—: un estereotipo demodé que pervive gracias a una cultura sedimentaria, lenta, y poco predispuesta a la modernidad; hablamos de la “escena” de la discusión matrimonial entre varón y hembra mal llevados. Cada vez que aumenta la tensión regional, dicha imagen es invocada a modo de parábola para instrucción de lectores de periódicos, familiares poco críticos y cuñados en general. Pero se detecta que ciertos periodistas maduros y algunos más verdes la reutilizan en sus artículos con cierto regodeo e ingenio opinatorio, rayano al “cuñadismo periodístico”. En líneas generales, por un lado, España es representada por al marido dominante, y al otro lado, Cataluña es la mujer díscola: una fierecilla caprichosa que está por domar. El movimiento de dicha imagen lleva el dilema a dos posibles desenlaces: o la esposa rebelde se somete a la autoridad del marido, o hace las maletas y se va de casa; y en este último caso, el desenlace da lugar a una serie de capítulos que incluyen el reparto de bienes, la expulsión del hogar, la amenaza con no poder regresar, la caída en el arrollo, y aun —y sobretodo entre los más destacables—, ese “par de hostias” que hay que darle a una mujer “mal follada” (sic). Cabría añadir que las nuevas generaciones añaden posibilidades acordes con la realidad social de la pareja en el siglo actual: el eterno retorno, por ejemplo, representado por la idea de la “novia” que no puede olvidarse y por la cual se acepta su rebeldía en forma de discusión interminable e inútil; o los más “calzonazos” que proponen la que hay que aguantar a la mujer que discute “por discutir” hasta que después de agotarse en su esfuerzo y rebeldía, con el pelo suelto y la frente perlada de sudor, se calma y regresa junto al abrazo protector de su esposo quien la sigue deseando algo más en secreto. Además, la alegoría tiene dos variaciones importantes: la alegoría del compañero de piso, y la alegoría de la comunidad de vecinos. Las posibilidades de la “alegoría del divorcio” dejan entrever la actitud del opinador frente a las mujeres, y la forma de resolver la parabola, su afinidad ideológica. Por ello, no resulta extraño que aún no se use la alegoría de la “mujer independiente” que se emancipa y decide tener hijos sola; o, por imaginar, incluso, la alegoria de “la boda homosexual”, y aun un cambio de roles de géneros, o hasta una familia tribal. Podríamos estar hablando del un cambio de actitudes a nivel dialéctico respecto a la relación entre Cataluña y España, pero lo cierto es que la vieja alegoría del divorcio sigue usándose a la defensiva, con los roles de género representados por relaciones de dominancia patriarcal. Dicho esto, no es creíble que la idiosincrasia de estos opinadores no esté relacionada, en última instancia, con las experiencias domésticas que compartan los editores del periódico junto con una parte de sus lectores; ésta, en definitiva, lo que transmite es la atávica actitud franquista frente la mujer, diluida y fijada por la democracia mediante la ley del divorcio de la Transición.

España-Catalunya

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