DELILLO, Don. Cosmópolis. Seix Barral (239 pp). Barcelona, 2003.

Eric Packer no es el yuppie de la era Regan, sino una suerte de místico de las divisas, aficionado a la ciencia, la poesía y la mística; un producto de la economía globalizada de finales del siglo XX, justo cuando se acusa la primera crisis económica con Oriente.

Durante la jornada en que transcurre la novela, DeLillo convierte la Gran Manzana en un escaparate de los conflictos de la globalización económica. El capitalismo asentado sobre la tecnología punta y la acumulación de capital, sostiene el orden del sistema global, que es el orden de lo previsible —la tendencia—, frente a lo imprevisible —la oposición—. Eric Packer descubrirá que la identidad en el sistema global sólo es posible mediante la oposición a la tendencia, lo que conduce a la autodestrucción.

Estos contrarios se estructuran en dos voces: por un lado narrador apoyado en Eric Packer que recrea el microcosmos del sistema desde su reflexión. Por otro, el reverso de la misma moneda: un narrador identificado, un desechado del sistema que quiso llegar a ser como él, cuyo obsesión es la oposición y destrucción del origen del propio sistema.

En la ciudad global la ruptura de la tendencia surge de lo ocasional. Lo contingente sucede pero su sentido es a posteriori porque todo ocurre demasiado deprisa. Lo que cambiará todo para Eric Packer será una línea como: “No sabía lo que quería. De pronto lo supo. Quería ir a cortarse el pelo.” La frase “corte de pelo” en terminología financiera significa quiebra; y la depreciación del yen como consecuencia de la subida del dólar en la última década, en un hombre que busca el sentido en los patrones luminiscentes de los quasar, como en los microsegundos que tarda la información financiera en aparecer en pantalla, significará al final la escapatoria de la tendencia; el sentido se recupera al salir del orden.

La muerte como afirmación del individuo cierra la primera parte y abre la segunda no-odisea en limusina. Bajo ese auspicio Eric descubrirá que el sentido no se encuentra en la asunción de normas sino en la voluntad de ser. Pero no cabe esperarse un romanticismo desgarrador: Eric asume el riesgo personal del enfrentamiento contra el hombre al renunciar al su mundo pero la oposición al sistema conlleva la autodestrucción y la ruina. La muerte prevalece como única forma de escape que permite el sistema.

Por otro lado, el hombre actual busca un sistema de ideas que le dé una cosmovisión que dote de sentido los anhelos y los sin sentidos: la asimetría puede tener tanta relevancia que la concavidad de una pastilla de jabón, la carta astral forrada en el techo de la limusina, o las cábalas de los mercados bursátiles. El hombre se encuentra en el mundo; lo global se haya en lo local; lo particular en lo general; el sentido de la deflación nipona es el mismo que la próstata asimétrica, la marca del héroe: su predestinación.

Pero el destino está previsto por el propio sistema que representa; la oposición forma parte de la tendencia. No hay escapatoria: los inefables mecanismos del propio sistema prevén la oposición al sistema: así, por ejemplo, los movimientos antiglobalización son el resultado esperado, previsto y superado por el propio sistema que a su vez lo legitima; el asesinato es una contingencia creada y asumida por el propio sistema que lo crea.

Empirismo posmoderno

Cosmópolis no es una crítica social, aunque puede entenderse como una visión pesimista del nuevo siglo que ha empezado: lo que conlleva el nuevo futurismo de la tecnología informática, la fenomenología cuántica, la microtecnología, la velocidad de la información, el relativismo, la virtualización de la realidad, el ruido excesivo, las drogas, la adolescencia prolongada, individualismo, consumismo, desvalorización de la cultura, o el vacío que la falta de “creencias” ha dejado y que empuja al hombre a buscar sacerdotes de la nueva era de masas: los músicos urbanos, los cantautores sufíes.

Una cosmovisión en que la lucha de clases no tiene sentido, donde Marx se ironiza y se invierte: “un espectro recorre el mundo, el espectro del capitalismo”; una actualidad que ha desplazado la guerra de clases entre el primer y el tercer mundo; un activismo asumido por el sistema, virtual, de cámara y foco (como el pastel que recubrió la cara de Gates, Soros, o por ejemplo, Eric Packer).

La economía global ha llevado la especulación y la guerra por los activos a todo el globo, pero el sistema ha creado su propia antitesis: el terrorismo global. Éste ya era un augurio temible en el año 2000, año en que se publicó, pero DeLillo no lo advierte en su “cosmovisión”. Precisamente en el mismo año salía otra “cosmovisión” pesimista, la del periodista Robert D. Kaplan La Anarquía que viene, retrato global de la política exterior norteamericana en la cual, el caos generado le exige un nuevo realismo neoliberal.

¿Puede reprochársele esa ceguera a DeLillo? ya hemos dicho que Cosmópolis no es una crítica social, ni política, sólo pretende exponer los síntomas de un joven financiero un día en la Gran Manzana globalizada (claro que, antes del 11 de septiembre de 2001).

El comportamiento muestra los síntomas del malestar. En Cosmópolis encontramos tanto de violencia —muerte— que de sexo desordenado (destaca la relación orgásmica durante una exploración de próstata y una subalterna). A pesar de su reciente boda con una poeta Eric es adúltero, pero en la segunda parte adquiere recuperará a su esposa en la desnudez del descubrimiento de su identidad y la existencia de ella (en algo parecido a los happenings de Spencer Tunick).

La búsqueda de Eric terminará en su propia biografía tras la cual hay que tomar la decisión final: abrir una puerta. El miedo al riesgo transporta a Eric a esa infancia no superada y al recuerdo de la madre: el miedo a abrir una puerta equivale a asumir una decisión que implica el riesgo a la muerte.

La rata deviene moneda de curso legal

El verso del polaco Zbigniew Herbert cobra una relevancia paulatina en la novela; la rata reaparece como pulsación de la ciudad-global. La rata, ya de por sí un animal con una rápida adaptabilidad al medio, se asume como el dinero: se encuentra en la poesía, colgando de los dedos de un activista, en una pancarta, en la forma del pelo de Eric cuando va al barbero, o como testigo del desenlace de la novela.

Pero no pretende ser una revelación, como tampoco los demás símbolos posibles; estos son figuras sin otro significado que el que se extrae de la correlación y oposición con otras figuras dentro del sistema, como puede ser la asimetría de la próstata, la concavidad de una pastilla de jabón, un hongo de un pie, o las omnipresentes limusinas blancas que utilizan tanto el presidente de los EE.UU. como Packer (símbolo de poder y aislamiento). Las figuraciones son múltiples en un sistema supersticioso con una cultura fetichista.

El estilo de DeLillo ofrece un lectura asequible y nos lleva a terrenos más metafóricos donde cabe el lirismo en el ambiente urbano y globalizado; el uso de neologismos o la voz delilliana nos sitúan en ese registro semántico que caracteriza su eclecticismo técnico y metafísico. A pesar de que la voz del narrador suele provocarnos irrealidad, o sus descripciones lenticulares, nos descubre la extrañeza en un mundo que vamos desconociendo a medida que avanzamos la lectura. El tono reflexivo contiene algunos aforismos memorables.

La trama nos previene el desenlace pero es donde DeLillo arriesga estructurando así la novela: no le apetece tanto entretener al lector como sumergirlo en su ficción, sin preocuparse por el realismos si consigue implicarnos en la idea y en la exposición, en el concepto: nos acerca a lo fabuloso que posee lo contingente. Cosmópolis se focaliza en la fenomenología de lo observado apartándose del naturalismo.

Según palabras de Martin Amis, DeLillo sería un escritor tipo B, aquél que se centra más en la idea de la época que vive, que un tipo A, aquél que se centra en el desarrollo de los personajes y la trama; por eso DeLillo puede resultar al lector tradicional o un acercamiento a la lectura de una posmodernidad lírica y descarnada, o una decepción, pero en cualquier caso no deja indiferente. Comparado con Palahniuk, DeLillo prescinde del laconismo telegráfico y el humor. Pero mientras que el primero hace novela con la posmodernidad, el segundo hace novela de la posmodernidad, y en tanto que su obra va en otra dirección resulta menos entretenida pero de mayor calado.

Cosmópolis podrá parecer una ficción sobre Manhattan y sus vínculos con el mercado asiático, pero nos ofrece una peripecia del pensamiento moderno, desde el tono del narrador apoyado en una conciencia, una deconstrucción de quienes vivimos éste, nuestro Mundo Feliz, nuestro mundo-ciudad, o nuestra ciudad-mundo. Su estilo refleja las contradicciones de su tiempo: la actualidad. ¿Qué pasaría si nos hablara la conciencia de nuestra economía? Actualmente, una opción verosímil.

Share This: