EL ECO SIN PASOS

Blog de trinchera.

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Llum sobre les lectures del consum durant l’últim any 2016.

Resum de la facutra

Llum: Les illuminations/Une saison en enfer. (1886) Arthur Rimbaud.

Puis je m’expliquai mes sophismes magiques avec l’hallucination des mots !

Altres conceptes i serveis: Les mouches. Huis clos. Jean Paul Sartre (1944):

“On est ce qu’on veut”. “Quand une fois la liberté a explosé dans une âme d’homme, les Dieux ne peuvent plus rien contre cet homme-là.”

Impost : Dubliners. James Joyce. (1907).

IVA: %Exiliados. James Joyce. (1918)

Total import: La línea de sombra, 1915 (El agente secreto, 1907). Joseph Conrad

Informació del consum literari

Lectura  anterior (real): Vol de nuit. (1930) Saint-Exupéry

Lectura estimada (irreal): Diari 1918. (1972). J.V.Foix

Lectura actual (real): Sonetos del portugués (1850). Elizabeth Barret Browning

Consum en el període: La mort i la paraula. Carles Camp Mundó (2009):

“aquests tumors que creixen tan plens de vida.”.

Consum mitjà en el periode: Obra escogida. (1935). Konstantinos Kavafis

Informacions del seu producte

Elizabeth toma una taza de té. Browning, a su lado, le hace un masaje en los pies. El día es caluroso y la luz que llega al cenador se filtra por una enrramada que se enrosca furiosamente sobre la pérgola. Al fondo, el mar con sus secretos murmura lamiendo los arrecifes emblanquecidos del Adriático. ¿Quieres un poco más? Sírveme, querido.

Detall de l’import de la factura

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Con la técnica de Monsieur Dupin

Campo de retamas (2015)

Campo de retamas es la antología definitiva de lo que podríamos llamar el “pensamiento disperso” de Rafael Sánchez Ferlosio. Un espíritu crítico, de libertad envidiable (en palabras de Luís Mateo Díez), nada fácil para los no iniciados pero una caja de sorpresas para quienes no conozcan su faceta de filósofo.

La obra recopila los pensamientos del autor publicados anteriormente (La hija de la guerra y la madre de la patria, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos), corregidos, expurgados, variados y ampliados en los llamados “pecios unidos”. El resultado es un compendio del “pensamiento ferlosiano” compactado y disponible a mano en “comprimidos” (en palabras de Fernando Savater, aunque tal vez habría que llamarlos anfetaminas) en la línea de autores de máximas y reflexiones como Gracián, La Rochefoucauld, Nietzsche, o Machado.

Dada la gran variedad de “retamas” que pueblan este “campo” estructurado en cuatro partes, no hay otro orden con el que guiar la lectura que un inicio, un final, y tres transiciones. Los pecios, a pesar de estar unidos, no están reconstruidos; no se desprende una estructura o forma general, sino que el contenido se diluye en la variedad, los niveles de profundidad/superficie, y los recuerdos. Lo único que nos advierte del sentido del pecio es una palabra o lema entre paréntesis que lo acompaña, y sin el cuál nos encontraríamos perdidos entre las retamas.

Con esto, los sistematizadores se decepcionarán al no poder abarcar razones directoras ni disponer de un índice temático con el que agrupar los pensamientos por tema. Pues hay que advertir que la obra de Ferlosio, como su propio estilo o su biografía (ver más abajo), no se deja atrapar. Su antiencasillamiento, a veces denominado extravagancia, es su propia fuerza, aunque su pereza reconocida sea la justificación de una obra escurridiza con la que pretende disculparse un autor sutilmente irónico.

Y es que tanto la escritura de máximas, así como los pensamientos dispersos, son ideas estancas no sujetas a sistematización. Dichas figuras de pensamiento responden, en unos casos, a cuestiones de estilo, y en otros, a cuestiones más prácticas. Recordemos que los pensamientos de Nietzsche resultaron en parte por la incapacidad visual de fijar demasiado la vista sobre el papel. Ferlosio ha llenado miles de hojas con sus pensamientos que ahora empezaría a recopilar (ya que según sus propias palabras, tan sólo ha publicado una pequeña parte de sus textos); añadir que, probablemente, se deba a la incapacidad de poder estructurar el todo errático en uno sistemático; o tal vez, sólo se trate, nuevamente, de sana pereza.

Puede que, en este sentido, Carlos Prieto (El cultural), aporte alguna pista biográfica sobre la irregularidad de la obra ensayística de Ferlosio. En el siguiente enlace se puede leer una cómica biografía de su mano en el blog Animales de compañía.

Con aliento largo, un trabajo de orfebrería sintáctica a diversos niveles de subordinación (las llamadas hipoxtasis) entre lo espontáneo y lo corriente se combina con versos cortos, ideas sencillas y textos largos. Los pecios están grabados con punzón y siguen la forma del arabesco hasta llegar a la frase o pensamiento “clave” que permite ver su forma completa; pero como los arabescos, intentar atrapar el conjunto de formas marea y confunde. A veces se encadenan siguiendo un tema o forma que no suele alargarse más allá del tercer pecio.

Lo que se entiende como profundidad se ataca como fraude, fetiche y servidumbre. La razón es no dar juego ni al hermetismo ni a la sacralización del lenguaje, origen de la necedad y la obediencia. Por ello, con leve ironía Ferlosio nos advierte de si mismo, de tomarlo en serio, de sacralizarlo, y al final de la obra defiende el uso de una crítica exenta de profundidad de la mano de Edgar Allan Poe; usando el método de Monsieur Dupin (El Auguste Dupin del misterio e Marie Rogêt) defiende la comparación de declaraciones de distintas fuentes y periódicos para hallar en el contraste de dichas superficialidades la “ideología represora” que las promueve. Usando este método “analógico-superficial”, aunque nunca nos libremos de la sensación de que juegue con el lector, Ferlosio indica que la verdad no se oculta, sino que está frente a nuestras narices, en las contradicciones de los discursos en los que vivimos inmersos.

Ilustración del Misterio de Marie Rogêt, E.A.Poe, 1852

El valor del pecio está en el tratamiento de su contenido: es decir, la sospecha, el revelado del truco, el descubrimiento de la ilusión. Porque si algo se puede aprender de esta antología, más que algunas máximas ingeniosas, reversos inopinados, o chascarrillos, es la actitud crítica de la sospecha, de huida del discurso oficialista, de la declaración política y de la actitud autocomplaciente; pues no sólo no hay nada nuevo bajo el sol, sino que seguimos siendo igual de humanos, aunque algo más ciegos e idiotas.

Quienes hayan leído Mientras no cambien los dioses nada ha cambiado, encontrarán la recurrencia de algunos de sus principales desarrollos. Comparando ambas obras, con unos treinta años de diferencia, pueden indicarse algunos temas preferidos del autor: el papel del estado “deportivo”, la crueldad el “dios” de la Historia y del progreso, la justicia como estructura de control social, la ideología represora, el fariseísmo como moral perversa, entre otros. Además, Campo de retamas incluye una sutil crónica política y sentimental de la España de esa democracia que aún no se libera de su pasado, y que contiene algunas “perlas” dedicadas a unos pocos de sus protagonistas, o a los estereotipos “patrios”.

RSF (EFE).

RSF (EFE).

Y a propósito de lo patrio, les invito a leer algunos de rabiosa actualidad:

La nación débil esgrime argumentos pragmáticos para acogerse a la sombra de la nación fuerte, pero ésta, por su parte, apela a argumentos morales para imponer su hegemonía sobre aquélla.

(Palabras-fuerza) No hay razón sin palabras, pero tampoco puede haber sin ellas fanatismo. En la palabra se manifiesta la salud de la razón, pero, a su vez, el fanatismo siempre aparece como una enfermedad de la palabra, una especie de inflamación absolutista de los significados. Toda predilección por una palabra en sí, al margen de un contexto, es un temible síntoma de predisposición al fanatismo.

… la expresión del poder excede siempre la realidad del poder mismo.

 (Agradecimientos a Animales de compañía, de El Cultural)

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El hombre que juega (II)

Johan Huizinga (tomtenney.com)

Homo Ludens deja la puerta abierta a explorar la estructura del juego en toda manifestación cultural. A pesar de que el marco de actuación de la obra está limitado a la cultura, la filosofía, el derecho, la poesía, el conocimiento o el arte (aun la pugna entre científicos, los premios, los juicios, la danza, etc., no menos importantes y extensos), su perspectiva puede alcanzar todos los ámbitos que terminan en la frontera del “no juego” y que no es siempre “lo serio.”

Para E. Gombrich, el elemento más importante que engloba la propia actitud frente al juego como representación es el “pretending” o el actuar “como si.” Este fingimiento de hacer como si la ejecución fuera “real”, que se ve tanto en los juegos infantiles como en la pintura o la escultura, es una actitud común a todas las esferas humanas. Se trata de actuar sin un convencimiento absoluto en el acto, de interpretar el acto “como si” lo representado fuera cierto.

Éste es, en efecto, un concepto clave con el que se podría fundar toda una filosofía. Queda perfectamente reflejado en Miguel de Unamuno y su San Andrés Bueno, Mártir; acaso sea un homo ludens autoconsciente aquel cura que ha descubierto el vacío y sabe que la salvación es actuar sin creer, ejecutar la ilusión como si ésta fuese cierta. No es de balde que los existencialistas consideraran lo único real, lo existente, como lo aparente, aquello que se muestra.

La política

La política da para mucho juego, mucho pretending, pero ésta a penas está analizada en Huizinga. Me pregunto si cuando un candidato persuade al auditorio con sus ideales pretende representar esos ideales —crear una ilusio—. El político ejerce la retórica, marca los tiempos, sabe que juega a persuadir y que el auditorio está dispuesto a creerle si se ejecuta bien (menos cuando se trata de un baño de masas, donde no hay necesidad de ejecutarse como si se identificara con sus ideas), “como si” lo que representa fuera cierto.

Me pregunto si, al igual que el sacerdote al oficiar misa, el político ejecuta un sacramento; cuando al terminar y mirar a su auditorio descubre si se ha mantenido la ilusio con los aplausos de los que goza. Es más, el auditorio, o parte de él, a su vez, juega y “como si” creyera lo que representa y lo manifiesta con sus aplausos e himnos (o rituales). Podría decirse, incluso, que el hecho religioso de “creer”, hoy en día desligado de lo sagrado, es el mismo juego tanto en política como en religión.

La parte lúdica del sistema de partidos, o de una asamblea, es la misma que la de un juego de mesa: establecer y seguir una serie de reglas y estatus para el grupo. En algunos procesos políticos, tras toda la reglamentación, turnos, propuestas, declaraciones, mociones y votaciones, se palpa una tendencia competitiva, agonal, frente al adversario por un lado. Ahora bien. Si la política es esencialmente pacto ésta es esencialmente juego. ¿Pero qué tipo de juego? Un juego serio, sin duda, el juego por el poder (desde Maquiavelo) entre otros, con el que regula la socioeconomía de un grupo. Es de suponer que como en todos los juegos, se puede tomar partido, hacer trampas, e incluso romper la ilusio del juego.

¿Joc sèrio?

Artur Mas i Mariano Rajoy a la Moncloa. Diari ARA. 2014

El hombre que juega

Retomando el aspecto filosófico, a Schopenhauer le faltaba una tercera vía para anular “el ego”. Así, cuando habla del ascetismo y de la música para olvidarse de la razón suficiente, habría que añadir el juego como una actividad que permite la evasión. En este sentido, creo que son los irracionalistas como Nietzsche quienes más se han acercado a una universalización de la tesis de Huizinga: “El hombre quiere peligro y juego”, o cuando dice que “el niño juega y crea sus propias normas” como modelo del superhombre.

Pero no todos juegan. Otros se abstienen, y algunos, muy pocos, se esfuerzan por romper la ilusio. Este es el caso del aguafiestas, figura central para E. Gombrich, porque evidencia la necesidad del juego amenazando su existencia. La actuación del aguafiestas suspende el juego y devuelve a todos los participantes a la realidad, no por hacer trampas, puesto que el tramposo es el que toma ventaja incumpliendo las reglas pero sin romper el juego, sino por acabar con el pacto. “Los tramposos, salen mejor parados que los aguafiestas.” dice Huizinga. El aguafiestas es quien rasga el velo, el que explica el truco; puede ser, por qué no, un arquetipo de revolucionario, de hereje, de profanador o saboteador. Su papel es demasiado profundo y su alcance demasiado vasto, pero su existencia es universal.

Usando la terminología de los juegos de rol, el aguafiestas es el que metajuega, es decir, que juega desde fuera de la ilusión del juego, del pacto. El metajuego, es una aportación de los juegos de rol donde el azar se mezcla con las reglas y la aceptación de ciertas convenciones para mantener una ilusión narrativa. Por definición, el juego de rol es “representativo”, si bien puede ser también agonal, competitivo. En el jdr, el metajuego se define como la actuación de un jugador fuera de su personaje, es decir, jugar dentro del juego con información externa a la representación, la convención pactada.

Lo sagrado

Uno de los límites del juego es lo sagrado. Huizinga indica una serie de pueblos antiguos donde los juegos forman parte de las prácticas religiosas y defiende que “el acto sagrado es juego”, pues tanto el azar como la representación son elementos que conforman el culto mágico y religioso —adivinación, hechicería, consulta divina, providencia, destino, etc.—. Huizinga defiende que el acto sagrado en la antigüedad se realizaba identificando la ejecución con la representación durante un tiempo y un lugar excepcionales, consagrados (tiempo de recreeo en los niños), tras lo cual todo regresaba a la normalidad.

Hoy en día, lo sagrado es representación, no identificación; de hecho, la tesis de Huizinga (1938) defiende que cualquier actividad mágica, religiosa, o científica, puede convertirse en acto sagrado siempre que se ejecute “como si” fuera representación, sin necesidad de fe. Me pregunto si acaso no será el mismo juego hacer como si se cree en los átomos y hacer como si se cree en la existencia de formas sobrenaturales.

El interprete de lo sagrado, el vate, el místico, el hechicero, el “hombre de poder”, el científico hoy, domina el lenguaje, pues sabe que éste es un código mágico de control. El hombre primitivo jugaba representando un papel con unas víctimas que temían más su papel que el hecho sobrenatural. Es decir, vivían con la magia como una convención que cumple una función social. Como en la “omnipresencia de las ideas” del Freud de Totem y tabú¸ Huizinga observa respecto del juego arcaico que tanto “el niño, el poeta y el salvaje se sienten a sus anchas”, y “la sensibilidad estética moderna del hombre se le acercan”.

Si la naturaleza no es juego de azar como dejo dicho Albert Einstein con su Dios no juega a los dados”, en la mitología los dioses juegan, pierden, hacen trampas, o boicotean las leyes naturales, representando una naturaleza caprichosa, en constante cambio; homérica y heraclitiana. La metáfora de Einstein, que podría contraponerse el verso del poeta Stéphane Mallarmé (“una tirada de dados jamás abolirá el azar.”) representa la regla inmutable. Pero frente a esta se alza la representación del azar, elemento básico del juego, que se encuentra en la mitología y la poesía, frente al lógos o razón primera; como el animismo y el del monoteísmo, el epicureísmo y el estoicismo; la mecánica cuántica y la relatividad. La naturaleza representada como juego o no juego, como la realidad que se escapa o que contenemos.

Aquiles y Áyax jugando a los dados

Quizá a nuestros científicos modernos les falte algo de la actitud lúdica de los viejos dioses.

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El papel de un escritor, 1783

El papel de un escritor es un papel bastante vano; es el de un hombre que se cree en grado de dar lecciones al público. ¿Y el papel del crítico? Es más vano aún; es el de un hombre que s cree en grado de dar lecciones a quien se cree en grado de darlas al público.

El escritor dice: “señores, escuchadme, puesto que soy vuestro maestro.” ¡Y el crítico! “Es a mí, señores, a quien hay que escuchar puesto que soy el maestro de vuestros maestros.”

Por su parte, el público toma partido. Si la obra del escritor es mala, se burla de ella; igual que de las observaciones del crítico si son falsas.

Tras lo cual, el crítico exclama: “!Oh tiempos!, ¡oh costumbres! ¡Se ha perdido el buen gusto!” Y ya se ha consolado.

Por su cuenta, el escritor acusa a los espectadores, a los actores y a la camarilla. Llama a sus amigos; les lee su obra antes de representarla: está destinada al triunfo. Pero vuestros amigos, ciegos o pusilánimes, no se atreven a deciros que es una pieza sin carácter, sin personajes y sin estilo; y creedme, el público casi nunca se equivoca. Vuestra obra fracasa porque es mala.

La crítica se comporta de modo diverso con los vivos y con los muertos. ¿Ha muerto un escritor? Se encarga de destacar sus cualidades y de paliar sus defectos. ¿Vive? Lo contrario: destaca sus defectos y olvida sus cualidades. Y esto tiene una explicación: se puede corregir a los vivos; con los muertos no hay nada que hacer.

Sin embargo, el censor más severo de una obra es el propio escritor. ¡Cuánto se mortifica a sí mismo! Sólo él conoce el defecto secreto; casi nunca es el que señala la crítica. Esto me ha recordado a menudo lo que decía un filósofo: “¿Hablan mal de mi? Ah si me conocieran como yo me conozco…

Los escritores y los críticos de la antigüedad empezaban por instruirse; no entraban en las carreras de letras hasta no haber salido de las escuelas de filosofía. ¡Cuánto tiempo guardaba el escritor su obra antes de darla a conocer al público! De ahí esa corrección que no se debe más que a los consejos, la lima y al tiempo.

Nosotros nos preocupamos demasiado por publicar: pero quizá nos falta inspiración y honestidad cuando cogemos la pluma.

Denis Diderot

L’Encyclopédie

(De “Autores y críticos”, dentro de “Esto no es un cuento”, Ed. Alianza. Trad. Luís Pancorbo.)

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La belleza del miedo

Eugenio Trías

 

Eugenio Trías, recientemente fallecido, ha sido el único ensayista español laureado con el fugaz Premio Internationalle Federico Nietzsche al conjunto de su trayectoria, aunque no por ello se le tiene por irracionalista. Su pensamiento se entronca al límite del proyecto ilustrado, con una filosofía del límite -o análisis de los límites del sujeto-, donde el gusto por la analogía y el sentimiento tienen cabida; la constante búsqueda de las sombras -reversos- del ser y sus pensamientos ubica su trabajo al borde del psicoanálisis y del estructuralismo; además, por su estilo progresivo y metafórico, posee un valor literario -acaso metaestético- que mimetiza el contenido. A esto hay que añadir que su obra -homenajeada y reconocida internacionalmente- conforma una síntesis enciclopédica, un corpus integrado que ilumina la sombra de la razón pero desde ésta misma.

El ensayo clásico del barcelonés, Lo bello y lo siniestro, nos presenta cinco movimientos -ensayos- que nos introducen en las categorías de lo bello, lo sublime y lo siniestro. Esta pieza sinfónica, premiada con el Premio Nacional de Ensayo de 1983, sigue estando vigente, y prueba de ello son las numerosas ediciones hasta la actualidad.

Si bien la obra es una síntesis detallada y bien ensamblada, ésta defiende una hipótesis aparentemente contradictoria pero relevante y válida: lo siniestro constituye condición y límite de lo bello[1].

Lo bello y lo siniestro. Eugenio Trías. Ariel.

A lo largo de la pieza, el contenido se despliega sobre dos ejes: el histórico -genealogía de los conceptos- y el formal -el estudio de su significaciones-.

El esteta introduce el asco kantiano como una especie del género siniestro (indica la distancia entre la víctima y el sujeto del asco como condición necesaria para su sublimación); en la primera parte, Lo bello y lo siniestro, plantea su tesis partiendo de Rilke[2], Schelling[3], y recurriendo a Kant[4], Freud[5] y su análisis del arenero de E.T.A. Hoffmann, para plantear y disponer la relación entre belleza y sublimidad, así como su transción romántica hacia lo siniestro[6];

de todo ello, Trías extrae que la obra artística funciona como velo entre lo oculto -lo siniestro- y la representación -lo bello-, sugiriendo sin mostrar, como una presencia, o ausencia patente.

En el cuadro que nunca fue pintado, se viaja al humanismo neoplatónico de la escuela florentina[7] como síntesis metafísica de lo bello que heredará la tradición kantiana. Para mostrar la relación entre lo sublime y lo bello se traza un análisis de dos obras de Boticceli, La alegoría de la primavera y El nacimiento de Venus, respondiendo al imperativo kantiano de que “la mejor interpretación de una obra de arte, es siempre otra obra de arte”.

La alegoría de la primavera

Trías aplica su exposición para demostrar que lo siniestro, pese a no ser una categoría definida en el Renacimiento, se halla en los cuadros en forma de ausencia; lo bello ideal -comprensible- vela lo sublime absoluto -inefable-, lo inconsciente o simbólico. Concluye afirmando que una de las condiciones de que una obra de arte sea bella es que oculte y sugiera algo siniestro, y por ello situa el arte como un sustituto de la religión; confronta la realidad con la verdad -el misterio-.

El nacimiento de Venus

En El abismo que sube y se desborda, se regresa a la actualidad del cine y se replica el análisis anterior con la película Vertigo -una variación claramente siniestra-.

El arte de Hitchcock es prólijo en ocultaciones -como el Mac Guffin- y podría definirse como un saber mantener siempre un plano superficial aparente, en que se da la intriga, integrado por constantes referencias simbólicas; el film acierta trasladando lo real o lo simbólico sin perder la realidad de referencia, y contiene todas las categorías descritas por Freud en su análisis de El arenero. Finalmente, la obra plantea el hombre en su constitución y condición como sujeto, como tema principal, dejando un final abierto hacia varias interpretaciones, de entre las cuales Trías defiende la que trata de un sueño de belleza asomado al abismo, y cuyo rastro es un vacío -la nada- en el sujeto.

En los capitulos cuarto y quinto, Trías rodea los límites del arte trágico griego y del infinito en el barroco -contrapunto al humanismo neoplatónico y coda de la obra-.

En el primero, analiza los conceptos de la poética aristotélica y la estética kantiana, vinculando la distancia y el desinterés como condiciones necesarias para la catharsis; ésta para Freud, sería la toma de conciencia del deseo inconsciente y la constitución de la tragedia como versión de los mitos primordiales y tabúes ancestrales, cuyo ejemplo más palmario es Edipo Rey; luego, considerando a Nietzsche, en la tragedia griega se correspondería lo bello con lo apolíneo, y lo dionisíaco -velado- con lo siniestro, es decir, sus sombra.

En el segundo, Trías resume la trayectoria estética de todos los conceptos, y añade una pieza que falta a la transición entre Renacimiento y el Romanticismo: el Barroco y su “escenificación teatral del infinito“, buscado y defendido por los racionalistas, y cuyas fugas y arte ilusionista se plasman en sus urbes, edificaciones y en todas las formas artísticas.

www.eugeniotrias.com

 


[1] Su límite es su revelación, que destruye su efecto estético, y su condición es su presencia velada en la obra.

[2] “Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”

[3] “Lo siniestro es aquello que debiendo permanecer oculto, se ha revelado”

[4] Trías describe el sentimiento de lo sublime kantiano como un proceso mental en el que se dan varias etapas: aprehensión de lo indefinido, sentimiento de angustia, conciencia de nuestra insignificancia, reacción contra el dolor mediante la aprehensión de la experiencia por una idea de infinito, y placer obtenido de la “elevación” -o dignidad moral- producida por la racionalización de lo inconmensurable. La condición para gozar de dicho sentimiento es que el objeto debe ser contemplado a distancia, desinteresadamente.

[5] “sería aquella suerte de sensación de espanto que se adhiere a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás.”

[6] Freud categoriza los motivos literarios siniestros de la literatura romántica: el individuo maldito, el doble, la animación de lo inerte, la repetición fatal, las amputaciones y la producción de lo fantástico deseado encarnado en lo real.

[7] el arte neoplatónico se concibe como una dominación de la materia para elevarla a la idea, su principio espiritual que nace de lo absoluto, el Uno, mediante el impulso amoroso -Eros-Afrodita- o de unión con él, entendido como amor místico o trascendente, no material.

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