EL ECO SIN PASOS

Blog de trinchera.

Etiqueta: historia

Con la técnica de Monsieur Dupin

Campo de retamas (2015)

Campo de retamas es la antología definitiva de lo que podríamos llamar el “pensamiento disperso” de Rafael Sánchez Ferlosio. Un espíritu crítico, de libertad envidiable (en palabras de Luís Mateo Díez), nada fácil para los no iniciados pero una caja de sorpresas para quienes no conozcan su faceta de filósofo.

La obra recopila los pensamientos del autor publicados anteriormente (La hija de la guerra y la madre de la patria, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos), corregidos, expurgados, variados y ampliados en los llamados “pecios unidos”. El resultado es un compendio del “pensamiento ferlosiano” compactado y disponible a mano en “comprimidos” (en palabras de Fernando Savater, aunque tal vez habría que llamarlos anfetaminas) en la línea de autores de máximas y reflexiones como Gracián, La Rochefoucauld, Nietzsche, o Machado.

Dada la gran variedad de “retamas” que pueblan este “campo” estructurado en cuatro partes, no hay otro orden con el que guiar la lectura que un inicio, un final, y tres transiciones. Los pecios, a pesar de estar unidos, no están reconstruidos; no se desprende una estructura o forma general, sino que el contenido se diluye en la variedad, los niveles de profundidad/superficie, y los recuerdos. Lo único que nos advierte del sentido del pecio es una palabra o lema entre paréntesis que lo acompaña, y sin el cuál nos encontraríamos perdidos entre las retamas.

Con esto, los sistematizadores se decepcionarán al no poder abarcar razones directoras ni disponer de un índice temático con el que agrupar los pensamientos por tema. Pues hay que advertir que la obra de Ferlosio, como su propio estilo o su biografía (ver más abajo), no se deja atrapar. Su antiencasillamiento, a veces denominado extravagancia, es su propia fuerza, aunque su pereza reconocida sea la justificación de una obra escurridiza con la que pretende disculparse un autor sutilmente irónico.

Y es que tanto la escritura de máximas, así como los pensamientos dispersos, son ideas estancas no sujetas a sistematización. Dichas figuras de pensamiento responden, en unos casos, a cuestiones de estilo, y en otros, a cuestiones más prácticas. Recordemos que los pensamientos de Nietzsche resultaron en parte por la incapacidad visual de fijar demasiado la vista sobre el papel. Ferlosio ha llenado miles de hojas con sus pensamientos que ahora empezaría a recopilar (ya que según sus propias palabras, tan sólo ha publicado una pequeña parte de sus textos); añadir que, probablemente, se deba a la incapacidad de poder estructurar el todo errático en uno sistemático; o tal vez, sólo se trate, nuevamente, de sana pereza.

Puede que, en este sentido, Carlos Prieto (El cultural), aporte alguna pista biográfica sobre la irregularidad de la obra ensayística de Ferlosio. En el siguiente enlace se puede leer una cómica biografía de su mano en el blog Animales de compañía.

Con aliento largo, un trabajo de orfebrería sintáctica a diversos niveles de subordinación (las llamadas hipoxtasis) entre lo espontáneo y lo corriente se combina con versos cortos, ideas sencillas y textos largos. Los pecios están grabados con punzón y siguen la forma del arabesco hasta llegar a la frase o pensamiento “clave” que permite ver su forma completa; pero como los arabescos, intentar atrapar el conjunto de formas marea y confunde. A veces se encadenan siguiendo un tema o forma que no suele alargarse más allá del tercer pecio.

Lo que se entiende como profundidad se ataca como fraude, fetiche y servidumbre. La razón es no dar juego ni al hermetismo ni a la sacralización del lenguaje, origen de la necedad y la obediencia. Por ello, con leve ironía Ferlosio nos advierte de si mismo, de tomarlo en serio, de sacralizarlo, y al final de la obra defiende el uso de una crítica exenta de profundidad de la mano de Edgar Allan Poe; usando el método de Monsieur Dupin (El Auguste Dupin del misterio e Marie Rogêt) defiende la comparación de declaraciones de distintas fuentes y periódicos para hallar en el contraste de dichas superficialidades la “ideología represora” que las promueve. Usando este método “analógico-superficial”, aunque nunca nos libremos de la sensación de que juegue con el lector, Ferlosio indica que la verdad no se oculta, sino que está frente a nuestras narices, en las contradicciones de los discursos en los que vivimos inmersos.

Ilustración del Misterio de Marie Rogêt, E.A.Poe, 1852

El valor del pecio está en el tratamiento de su contenido: es decir, la sospecha, el revelado del truco, el descubrimiento de la ilusión. Porque si algo se puede aprender de esta antología, más que algunas máximas ingeniosas, reversos inopinados, o chascarrillos, es la actitud crítica de la sospecha, de huida del discurso oficialista, de la declaración política y de la actitud autocomplaciente; pues no sólo no hay nada nuevo bajo el sol, sino que seguimos siendo igual de humanos, aunque algo más ciegos e idiotas.

Quienes hayan leído Mientras no cambien los dioses nada ha cambiado, encontrarán la recurrencia de algunos de sus principales desarrollos. Comparando ambas obras, con unos treinta años de diferencia, pueden indicarse algunos temas preferidos del autor: el papel del estado “deportivo”, la crueldad el “dios” de la Historia y del progreso, la justicia como estructura de control social, la ideología represora, el fariseísmo como moral perversa, entre otros. Además, Campo de retamas incluye una sutil crónica política y sentimental de la España de esa democracia que aún no se libera de su pasado, y que contiene algunas “perlas” dedicadas a unos pocos de sus protagonistas, o a los estereotipos “patrios”.

RSF (EFE).

RSF (EFE).

Y a propósito de lo patrio, les invito a leer algunos de rabiosa actualidad:

La nación débil esgrime argumentos pragmáticos para acogerse a la sombra de la nación fuerte, pero ésta, por su parte, apela a argumentos morales para imponer su hegemonía sobre aquélla.

(Palabras-fuerza) No hay razón sin palabras, pero tampoco puede haber sin ellas fanatismo. En la palabra se manifiesta la salud de la razón, pero, a su vez, el fanatismo siempre aparece como una enfermedad de la palabra, una especie de inflamación absolutista de los significados. Toda predilección por una palabra en sí, al margen de un contexto, es un temible síntoma de predisposición al fanatismo.

… la expresión del poder excede siempre la realidad del poder mismo.

 (Agradecimientos a Animales de compañía, de El Cultural)

Share This:

Ética de la Historia, o de cómo el poder enciende las aras del sacrificio.

rafael-sanchez-ferlosio

En 1987, Rafael Sánchez Ferlosio se hubiera echado a perder como crítico de la modernidad, quizá, de haberle ganado a Luís Mateo Díez (con su Fuente de la Edad) el Premio Nacional de Narrativa; quizá por ello, pues no le faltaba calidad, su trayectoria se volcó definitivamente sobre el ensayo, y se reconoció con el Premio nacional de Ensayo(1994). Con todo, su narrativa recibiría más tarde el Premio Cervantes (2004) y el Premio Nacional de las Letras (2009) a sus 82 años, convirtiendo al novelista-ensayista en una “obra acabada”; con un pie ya dentro del mausoleo literario español, en el nicho de la generación de los 50, junto a Carmen Martín Gaite.

Autor de “worst-sellers”, escritor para minorías (como el mismo se define), los ensayos de este “romano” destacan por su originalidad y autonomía de pensamiento, como el Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, publicado el año anterior de su derrota frente al del leonés, y también por su estilo, característico de elaborada cohesión entre metáfora, alegoría, filosofía analítica y de la sospecha; Díez, miembro del jurado de marras, reconocería de aquél que “siempre hace lo que le da la gana”, refiriéndose a su autonomía frente al cantonalismo literario tan extendido.

mientras no cambien los dioses

 En la obra citada asistimos al despliegue en 34 puntos  y 4 corolarios sobre cómo el poder juzga y domina lo hechos de la historia a través de un discurso sacerdotal, “expiatorio”; éste facilita la comprensión -inclusión- de una falacia humana, una metáfora estructural que se ha venido implantando desde el advenimiento de la revolución industrial, la cual no es otra que la del Progreso, la marcha de la Humanidad, o lo que viene a llamarse la “historia proyectiva”, es decir, la historia teleológica. Cerrando el ensayo, la edición de Alianza incluye un breve ensayo titulado la mentalidad expiatoria, que sintetiza la cuestión ética.

Aprovechando un accidente internacional, el naufragio del Challenger, Ferlosio analiza el discurso ideológico “del sacrificio en aras del progreso”. El contexto de la guerra fría no distrae la atención sobre el análisis de los medios y el discurso del poder, válido en la actualidad. Éste promueve una deportivización de las motivaciones, donde la hazaña, pese a ser estéril, es un fin por si misma y a su vez sacraliza la muerte como el precio que el Progreso exige por la carrera humana.

La Historia, El Progreso y el Futuro son dioses industriales, nada distintos a los antiguos, benéficos y protectores cuando han recibido su sacrificio en sangre; los mismos dioses solo han cambiado de nombre. La racionalización del prix de sang responde a la llamada antigua de los dioses sobre la humanidad, y el sacerdocio laico, los políticos de hoy, relatan con alegorías y ficción para santificar los muertos –relato que viene a substituir aquél del martirio y salvación cristianos, o el de la utopía materialista revolucionaria-; el héroe del relato es el estereotipo occidental, un héroe europeo burgués, industrioso y liberal, el espíritu de Robinson Crusoe -una estampa de von Humboldt-, que se proyecta al pasado y al futuro desde la edad de piedra, siempre progresando, tropezando y avanzando hasta la carrera tecnológica y espacial.

El relato expiatorio indica la Causa –los dioses- como demandante del sacrificio, lo que nos exime de responsabilidad y nos libera mediante una falacia pragmática que da sentido y condiciona nuestra actitud hacia los narradores; pero en realidad sucede al revés, y esta inversión de causa-efecto esconde un hecho universal del poder: usar el sacrificio para legitimar la Causa.

El poder, sabedor de que es su relato el que domina los juicios y actitudes de sus súbditos, afianza la historia de su pueblo bajo el sacrificio de la lucha y la sangre, estableciendo un intercambio sacrifical; pagando un precio en sangre -al estilo pagano- al dios de la guerra -o del progreso- se asegura el bienestar de las generaciones venideras, deudores de amor y respeto por los sacrificados a su divinidad protectora -la madre patria-; la sangre derramada –no la inferida al otro- deviene la única legitimadora del poder y del derecho, el único medio de la Historia de las naciones; fecunda, ésta ha fertilizado hasta cumplir su destino -redención- colectivo o individual.

El sacerdocio dogmático de esta vieja alianza no tolera crítica alguna: “el sacrificio es bueno porque complace a los dioses”. Por otro lado, el patriota se reconoce deudor de su pasado y acreedor del futuro, se adormece -se aleja de la realidad- como bajo los efectos de una religión: “nunca ha sido el Futuro tan causa del presente como ha llegado a serlo hoy”. Causas o designios ideales e inalcanzables justifican nuestro presente y las actitudes del poder: “la Marcha de la Humanidad hacia el Futuro”

El Progreso transvalora la vida sencilla a un estado de degradación, anómalo, contrario a la vida burguesa, productiva y acumuladora de riqueza; ha justificado en parte el desarraigo, la destrucción demográfica y el éxodo de las poblaciones como mano de obra para ingenios y minas en el imperio español, y más tarde para la fábrica; el fruto del progreso ha sido pagado de antemano con el precio del “presente”, un presente siervo del mañana, intercambiando el tiempo distenso -consuntivo- de quien vive en el “ahora” por el tiempo proyectivo -o adquisitivo- de quien trabaja para el mañana; fenómeno cuyo precedente ejemplar se haya en la Edad Moderna y queda anticipado en los documentos de la conquista de las indias.

La Historia proyectiva fundamenta la apología de la dominación colonial, cuyo apologeta español fue Menéndez Pidal; los beneficios históricos que aporta la dominación de una civilización más industriosa se ven como justificación del dominador y sus excesos; el dolor y la muerte son sacrificios –intercambios- para mejor posteridad. Ésta Historia considera el sufrimiento y la sangre como elementos esenciales de su desarrollo –la Hispanidad-; hunde sus raíces en el cristianismo y se consolida con Hegel, tomando como precedente al imperio romano; el cual, por otro lado, nunca tuvo necesidad de justificar porvenir alguno, acaso una alusión de Polibio, al “plan” de la Fortuna.

Con todo, se extraen dos tesis claras: la primera es que la esencia de la Historia es la dominación; y la segunda, que la felicidad nunca ha sido criterio histórico y haría falta reescribir una historia de la felicidad.

Como corolarios, la relación del estado con la historia proyectiva es obvio: el estado subordina los intereses particulares y gestiona el interés universal y el derecho de los administrados -tal es el caso del Challenger, una ficción pía-. La tecnología y el progreso impuestos con acatamiento son la nueva fe en la Causa, que promete milagros venideros, como la erradicación de la pobreza y el hambre; el riesgo de la empresa embellece la tragedia, que es puramente tecnológica y antiestética, y éste se concibe como una generosidad, un altruismo que lo ennoblece, como la aventura al caballero. Finalmente, dando voz al cronista Menchaca, Ferlosio responde a Menéndez Pidal sobre el juicio de la Historia.

En el anexo, la mentalidad expiatoria, se sintetiza el juicio ético de la historia. Añade al ensayo dos actitudes éticas: la primera, el rechazo del farisaísmo como actitud negativa: construir la bondad sobre la maldad ajena; o utilización de la moral como instrumento para tener razón (según Weber), actitud usada por los estados para justificarse. Por otro lado, la segunda, el imperativo de desmontar dicha mentalidad expiatoria, ese intercambio entre dolor y felicidad futura; escuchar la protesta de la felicidad contra el saldo deudor de la historia, y el lamento del dolor contra la idea de aceptarse saldo acreedor en cualquiera de sus formas.

Share This:

Creado con WordPress & Tema de Anders Norén