EL ECO SIN PASOS

Blog de trinchera.

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Cómo se hace una novela. Citas de Miguel de Unamuno.

Miguel de Unamuno

Escribir y crear

“Eso que se llama en literatura producción es un consumo, o más preciso: una consunción. El que pone por escrito sus pensamientos, sus ensueños, sus sentimientos, los va consumiendo, los va matando. En cuanto un pensamiento nuestro queda fijado por la escritura, expresado, cristalizado, queda ya muerto, y no es más nuestro que será un día bajo tierra nuestro esqueleto. La historia, lo único vivo, es el presente eterno, el momento huidero que se queda pasando, que pasa quedándose, y la literatura no es más que muerte. Muerte de que otros pueden tomar vida. Por que el que lee una novela puede vivirla, revivirla -y quien dice una novela dice una historia-, y el que lee un poema, una criatura -poema es criatura y poesía creación- puede recrearlo. Entre ellos el autor mismo.”

Cómo leer

“Cuando un libro es cosa viva hay que comérselo y el que se lo come, si a su vez es viviente, si está de veras vivo, revive con esa comida. Pero para los escritores —y lo triste es que ya apenas leen sino los mismos que escriben—, para los escritores un libro no es más que un escrito, no es una cosa sagrada, viviente, revividora, eternizadora, como lo son la Biblia, el Corán, los discursos de Buda, y nuestro Libro, el de España, el Quijote. Y sólo pueden sentir lo apocalíptico, lo revelador de comerse un libro los que sienten cómo el Verbo se hizo carne a la vez que se hizo letra y comemos, en pan de vida eterna, eucarísticamente, esa carne y esa letra. Y la letra que comemos, que es carne, es también palabra, sin que ello quiera decir que es idea, esto es: esqueleto. De esqueletos no se vive; nadie se alimenta con esqueletos. Y he aquí porque suelo detenerme al azar de mis lecturas de toda clase de libros, y entre ellos del libro de la vida, de la historia que vivo, y del libro de la naturaleza, en todos los puntos vitales.”

Ser individuo

“¡La soledad! La soledad es el meollo de nuestra esencia y con eso de congregarnos, de arrebañarnos, no hacemos sino ahondarla. Y ¿de dónde sino de la soledad, de nuestra soledad radical, ha nacido esa envidia, la de Caín, cuya sombra se extiende —bien lo decía mi Antonio Machado— sobre la solitaria desolación del alto páramo castellano? Esa envidia, cuyo poso ha reemergido la actual Tiranía española, que no es sino el fruto de la envidia cainita, principalmente de la conventual y de la cuartelera, de la frailuna y de la castrense, esa envidia que nace de los rebaños sometidos a ordenanza, esa envidia inquisitorial ha hecho la tragedia de la historia de nuestra España. El español se odia a sí mismo.”

Ser fuera de si

“Pero ¿y para qué tiene el lector que ponerse de acuerdo con lo que el escritor le dice? Por mi parte cuando me pongo a leer a otro no es para ponerme de acuerdo con él. Ni le pido semejante cosa. Cuando alguno de esos lectores impenetrables, de esos que no saben comerse libros ni salirse de sí mismos, me dicen después de haber leído algo mío: «¡No estoy conforme! ¡No estoy conforme!», le replico, celando cuanto puedo mi compasión: «Y qué nos importa, señor mío, ni a usted ni a mí el que no estemos conforme». Es decir, por lo que a mí hace ni estoy siempre conforme conmigo mismo y suelo estarlo con los que no se conforman conmigo. Lo propio de una individualidad viva, siempre presente, siempre cambiante y siempre la misma, que aspira a vivir siempre —y esa aspiración es su esencia—, lo propio de una individualidad que lo es, que es y existe, consiste en alimentarse de las demás individualidades y darse a ellas en alimento. En esa consistencia se sostiene su existencia y resistir a ello es desistir de la vida eterna.”

Filosofía del ser

“La vida, que es todo, y que por serlo todo se reduce a nada, es sueño, o acaso sombra de un sueño, y tal vez tiene razón Cassou cuando dice que no merece ser soñada bajo una forma sistemática. ¡Sin duda! El sistema —que es la consistencia— destruye la esencia del sueño y con ello la esencia de la vida. Y, en efecto, los filósofos no han visto la parte que de sí mismos, del ensueño que ellos son, han puesto en su esfuerzo por sistematizar la vida y el mundo y la existencia. No hay más profunda filosofía que la contemplación de como se filosofa. La historia de la filosofía es la filosofía perenne.”

El ser creador

“Sí, toda novela, toda obra de ficción, todo poema, cuando es vivo es autobiográfico. Todo ser de ficción, todo personaje poético que crea un autor hace parte del autor mismo. Y si éste pone en su poema un hombre de carne y hueso a quien ha conocido, es después de haberlo hecho suyo, parte de sí mismo. Los grandes historiadores son también autobiógrafos. Los tiranos que ha descrito Tácito son él mismo. Por el amor y la admiración que les ha consagrado -se admira y hasta se quiere aquello a que se execra y que se combate… ¡Ah, cómo quiso Sarmiento al tirano Rosas!- se los ha apropiado, se los ha hecho él mismo. Mentira la supuesta impersonalidad u objetividad de Flaubert. Todos los personajes poéticos de Flaubert son Flaubert y más que ningún otro Emma Bovary. Hasta Mr. Homais, que es Flaubert, y si Flaubert se burla de Mr. Homais es para burlarse de sí mismo, por compasión, es decir, por amor de sí mismo. ¡Pobre Bouvard! ¡Pobre Pécuchet!”

“Todas las criaturas son su creador. Y jamás se ha sentido Dios más creador, más padre, que cuando murió en Cristo, cuando en Él, en su Hijo, gustó la muerte.”

Ser autor de lo que se lee, el intra-hombre

“¿Qué voy a hacer de mi Jugo de la Raza? Como esto que escrito, lector, es una novela verdadera, un poema verdadero, una creación, y consiste en decirte cómo se hace y no cómo se cuenta una novela, una vida histórica, no tengo por qué satisfacer tu interés folletinesco y frívolo. Todo lector que leyendo una novela se preocupa de saber cómo acabarán los personajes de ella sin preocuparse de saber cómo acabará él, no merece que satisfaga su curiosidad.”

“El hombre de dentro, el intra-hombre, cuando se hace lector, contemplador, si es viviente, ha de hacerse, lector, contemplador del personaje a quien va, a la vez que leyendo, haciendo, creando, contemplador de su propia obra. El hombre de dentro, el intra-hombre -y éste es más divino que el tras-hombre o sobre-hombre nietzscheano- cuando se hace lector hácese por lo mismo autor, o sea, actor; cuando lee una novela se hace novelista, cuando lee historia, historiador. Y todo lector que sea hombre de dentro, humano, es, lector, autor de lo que lee y está leyendo. Esto que ahora lees aquí, lector, te lo estás diciendo tú a ti mismo y es tan tuyo como mío. Y si no es así es que ni lo lees. Por lo cual te pido perdón, lector mío, por aquella, más que impertinencia, insolencia que te solté de que no quería decirte cómo acababa la novela de mi Jugo, mi novela y tu novela. Y me pido perdón a mí mismo por ello.”

La fortuna

“Y no te sorprenda el que así te meta mis lecturas de azar y te meta en ellas. Gusto de las lecturas de azar, del azar de las lecturas, a las que caen, como gusto de jugar todas las tardes, después de comer, el café aquí, en el Grand Café de Hendaya, con otros tres compañeros, y al tute. ¡Gran maestro de vida de pensamiento el tute! Porque el problema de la vida consiste en saber aprovecharse del azar, en darse maña para que no le canten a uno las cuarenta, si es que no tute de reyes o de caballos, o en cantarlos uno cuando el azar se los trae. ¡Qué bien dice Montesinos en el Quijote: “paciencia y barajar”! ¡Profundísima sentencia de sabiduría quijotesca! ¡Paciencia y barajar! Y mano y vista prontas al azar que pasa. ¡Paciencia y barajar! Que es lo que hago aquí, en Hendaya, en la frontera, yo con la novela política de mi vida -y con la religiosa-: ¡paciencia y barajar! Tal es el problema.”

“Sigo pensando en los solitarios, en la historia. El solitario es el juego del azar. Un buen matemático podría calcular la probabilidad que hay de que salga o no una jugada. Y si se ponen dos sujetos en competencia a resolverlas, lo natural es que en un mismo juego obtengan el mismo tanto por ciento de soluciones. Mas la competencia debe ser a quién resuelve más jugadas en igual tiempo. Y la ventaja del buen jugador de solitarios no que juegue más de prisa sino que abandone más jugadas apenas empezadas y en cuanto prevé que no tiene solución. En el arte supremo de aprovechar el azar, la superioridad del jugador consiste en resolverse a abandonar a tiempo la partida para poder empezar otra. Y lo mismo en política y en la vida.”

Actuar y resolver

“Y el problema, ¿proyecto de qué es? ¡De acción! El proyecto de un edificio es proyecto de construcción. Y un problema presupone no tanto una solución, en el sentido analítico, o disolutivo, cuanto una construcción, una creación. Se resuelve haciendo. O dicho en otros términos, un proyecto se resuelve en un trayecto, un problema en un metablema, en un cambio. Y sólo con la acción se resuelven problemas. Acción que es contemplativa como la contemplación es activa, pues creer que se puede hacer política sin novela o novela sin política es no saber lo que se quiere creer.”

“Leyendo hoy una historia de la mística filosófica de la Edad Media he vuelto a dar con aquella sentencia de San Agustín en sus confesiones donde dice (lib. 10,c.33, n.50) que se ha hecho problema en sí mismo mihi quaestio factus sum -porque creo que es por problema como hay que traducir quaestio-. Y yo me he hecho problema, cuestión, proyecto de mí mismo. ¿Cómo se resuelve esto? Haciendo del proyecto, trayecto del problema, metablema; luchando. Y así, luchando, civilmente, ahondando en mí mismo como problema, cuestión para mí, trascenderé de mí mismo, y hacia dentro, concentrándome para irradiarme, y llegaré al Dios actual, el de la historia.”

La autocontemplación

“Y ¡ojo con caer en el diario! El hombre que da en llevar un diario -como Amiel- se hace el hombre del diario, vive para él. Ya no apunta en su diario lo que a diario piensa, sino que lo piensa para apuntarlo. Y en el fondo, ¿no es lo mismo? Juega uno con eso del libro del hombre y el hombre del libro, pero ¿hay hombres que no sean de libro? Hasta los hay que no saben ni leer ni escribir. Todo hombre, verdaderamente hombre, es hijo de una leyenda, escrita u oral. Y no hay más que leyenda, o sea novela.”

Trascender

“El camino, sí, la vía, que es la vida y pasársela haciendo solitarios -tal la novela- Pero los solitarios son solitarios, para uno mismo solo; no participan de ellos los demás. Y la patria que hay tras de ese camino de solitarios, una patria de soledad -de soledad y vacío-. Cómo se hace una novela, ¡bien!, pero ¿para qué se hace? Y el para qué es el porqué. ¿Por qué, o sea, para qué se hace una novela? Para hacerse el novelista. ¿Y para qué se hace el novelista? Para hacer al lector, para hacerse uno con el lector. Y sólo haciéndose uno el novelador y el lector de la novela se salvan ambos de su soledad radical. En cuanto se hacen uno se actualizan y actualizándose se eternizan.”

(Esta entrada fue publicada en marzo de 2014 por F.Frost)

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Ontología del capitalismo decadente

DELILLO, Don. Cosmópolis. Seix Barral (239 pp). Barcelona, 2003.

Eric Packer no es el yuppie de la era Regan, sino una suerte de místico de las divisas, aficionado a la ciencia, la poesía y la mística; un producto de la economía globalizada de finales del siglo XX, justo cuando se acusa la primera crisis económica con Oriente.

Durante la jornada en que transcurre la novela, DeLillo convierte la Gran Manzana en un escaparate de los conflictos de la globalización económica. El capitalismo asentado sobre la tecnología punta y la acumulación de capital, sostiene el orden del sistema global, que es el orden de lo previsible —la tendencia—, frente a lo imprevisible —la oposición—. Eric Packer descubrirá que la identidad en el sistema global sólo es posible mediante la oposición a la tendencia, lo que conduce a la autodestrucción.

Estos contrarios se estructuran en dos voces: por un lado narrador apoyado en Eric Packer que recrea el microcosmos del sistema desde su reflexión. Por otro, el reverso de la misma moneda: un narrador identificado, un desechado del sistema que quiso llegar a ser como él, cuyo obsesión es la oposición y destrucción del origen del propio sistema.

En la ciudad global la ruptura de la tendencia surge de lo ocasional. Lo contingente sucede pero su sentido es a posteriori porque todo ocurre demasiado deprisa. Lo que cambiará todo para Eric Packer será una línea como: “No sabía lo que quería. De pronto lo supo. Quería ir a cortarse el pelo.” La frase “corte de pelo” en terminología financiera significa quiebra; y la depreciación del yen como consecuencia de la subida del dólar en la última década, en un hombre que busca el sentido en los patrones luminiscentes de los quasar, como en los microsegundos que tarda la información financiera en aparecer en pantalla, significará al final la escapatoria de la tendencia; el sentido se recupera al salir del orden.

La muerte como afirmación del individuo cierra la primera parte y abre la segunda no-odisea en limusina. Bajo ese auspicio Eric descubrirá que el sentido no se encuentra en la asunción de normas sino en la voluntad de ser. Pero no cabe esperarse un romanticismo desgarrador: Eric asume el riesgo personal del enfrentamiento contra el hombre al renunciar al su mundo pero la oposición al sistema conlleva la autodestrucción y la ruina. La muerte prevalece como única forma de escape que permite el sistema.

Por otro lado, el hombre actual busca un sistema de ideas que le dé una cosmovisión que dote de sentido los anhelos y los sin sentidos: la asimetría puede tener tanta relevancia que la concavidad de una pastilla de jabón, la carta astral forrada en el techo de la limusina, o las cábalas de los mercados bursátiles. El hombre se encuentra en el mundo; lo global se haya en lo local; lo particular en lo general; el sentido de la deflación nipona es el mismo que la próstata asimétrica, la marca del héroe: su predestinación.

Pero el destino está previsto por el propio sistema que representa; la oposición forma parte de la tendencia. No hay escapatoria: los inefables mecanismos del propio sistema prevén la oposición al sistema: así, por ejemplo, los movimientos antiglobalización son el resultado esperado, previsto y superado por el propio sistema que a su vez lo legitima; el asesinato es una contingencia creada y asumida por el propio sistema que lo crea.

Empirismo posmoderno

Cosmópolis no es una crítica social, aunque puede entenderse como una visión pesimista del nuevo siglo que ha empezado: lo que conlleva el nuevo futurismo de la tecnología informática, la fenomenología cuántica, la microtecnología, la velocidad de la información, el relativismo, la virtualización de la realidad, el ruido excesivo, las drogas, la adolescencia prolongada, individualismo, consumismo, desvalorización de la cultura, o el vacío que la falta de “creencias” ha dejado y que empuja al hombre a buscar sacerdotes de la nueva era de masas: los músicos urbanos, los cantautores sufíes.

Una cosmovisión en que la lucha de clases no tiene sentido, donde Marx se ironiza y se invierte: “un espectro recorre el mundo, el espectro del capitalismo”; una actualidad que ha desplazado la guerra de clases entre el primer y el tercer mundo; un activismo asumido por el sistema, virtual, de cámara y foco (como el pastel que recubrió la cara de Gates, Soros, o por ejemplo, Eric Packer).

La economía global ha llevado la especulación y la guerra por los activos a todo el globo, pero el sistema ha creado su propia antitesis: el terrorismo global. Éste ya era un augurio temible en el año 2000, año en que se publicó, pero DeLillo no lo advierte en su “cosmovisión”. Precisamente en el mismo año salía otra “cosmovisión” pesimista, la del periodista Robert D. Kaplan La Anarquía que viene, retrato global de la política exterior norteamericana en la cual, el caos generado le exige un nuevo realismo neoliberal.

¿Puede reprochársele esa ceguera a DeLillo? ya hemos dicho que Cosmópolis no es una crítica social, ni política, sólo pretende exponer los síntomas de un joven financiero un día en la Gran Manzana globalizada (claro que, antes del 11 de septiembre de 2001).

El comportamiento muestra los síntomas del malestar. En Cosmópolis encontramos tanto de violencia —muerte— que de sexo desordenado (destaca la relación orgásmica durante una exploración de próstata y una subalterna). A pesar de su reciente boda con una poeta Eric es adúltero, pero en la segunda parte adquiere recuperará a su esposa en la desnudez del descubrimiento de su identidad y la existencia de ella (en algo parecido a los happenings de Spencer Tunick).

La búsqueda de Eric terminará en su propia biografía tras la cual hay que tomar la decisión final: abrir una puerta. El miedo al riesgo transporta a Eric a esa infancia no superada y al recuerdo de la madre: el miedo a abrir una puerta equivale a asumir una decisión que implica el riesgo a la muerte.

La rata deviene moneda de curso legal

El verso del polaco Zbigniew Herbert cobra una relevancia paulatina en la novela; la rata reaparece como pulsación de la ciudad-global. La rata, ya de por sí un animal con una rápida adaptabilidad al medio, se asume como el dinero: se encuentra en la poesía, colgando de los dedos de un activista, en una pancarta, en la forma del pelo de Eric cuando va al barbero, o como testigo del desenlace de la novela.

Pero no pretende ser una revelación, como tampoco los demás símbolos posibles; estos son figuras sin otro significado que el que se extrae de la correlación y oposición con otras figuras dentro del sistema, como puede ser la asimetría de la próstata, la concavidad de una pastilla de jabón, un hongo de un pie, o las omnipresentes limusinas blancas que utilizan tanto el presidente de los EE.UU. como Packer (símbolo de poder y aislamiento). Las figuraciones son múltiples en un sistema supersticioso con una cultura fetichista.

El estilo de DeLillo ofrece un lectura asequible y nos lleva a terrenos más metafóricos donde cabe el lirismo en el ambiente urbano y globalizado; el uso de neologismos o la voz delilliana nos sitúan en ese registro semántico que caracteriza su eclecticismo técnico y metafísico. A pesar de que la voz del narrador suele provocarnos irrealidad, o sus descripciones lenticulares, nos descubre la extrañeza en un mundo que vamos desconociendo a medida que avanzamos la lectura. El tono reflexivo contiene algunos aforismos memorables.

La trama nos previene el desenlace pero es donde DeLillo arriesga estructurando así la novela: no le apetece tanto entretener al lector como sumergirlo en su ficción, sin preocuparse por el realismos si consigue implicarnos en la idea y en la exposición, en el concepto: nos acerca a lo fabuloso que posee lo contingente. Cosmópolis se focaliza en la fenomenología de lo observado apartándose del naturalismo.

Según palabras de Martin Amis, DeLillo sería un escritor tipo B, aquél que se centra más en la idea de la época que vive, que un tipo A, aquél que se centra en el desarrollo de los personajes y la trama; por eso DeLillo puede resultar al lector tradicional o un acercamiento a la lectura de una posmodernidad lírica y descarnada, o una decepción, pero en cualquier caso no deja indiferente. Comparado con Palahniuk, DeLillo prescinde del laconismo telegráfico y el humor. Pero mientras que el primero hace novela con la posmodernidad, el segundo hace novela de la posmodernidad, y en tanto que su obra va en otra dirección resulta menos entretenida pero de mayor calado.

Cosmópolis podrá parecer una ficción sobre Manhattan y sus vínculos con el mercado asiático, pero nos ofrece una peripecia del pensamiento moderno, desde el tono del narrador apoyado en una conciencia, una deconstrucción de quienes vivimos éste, nuestro Mundo Feliz, nuestro mundo-ciudad, o nuestra ciudad-mundo. Su estilo refleja las contradicciones de su tiempo: la actualidad. ¿Qué pasaría si nos hablara la conciencia de nuestra economía? Actualmente, una opción verosímil.

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