Lo que sucedió a un rey con un elefante

Font: eldiario.es. El rey posa con un elefante tiroteado en una cacería en Botsuana. RANN SAFARIS.

Acaeció una vez que el conde Lucanor estaba hablando en secreto con Patronio, su consejero, y le dijo:

–Patronio, a mí me acaeció que un amigo mío me ha propuesto un negocio del que puedo salir muy beneficiado a expensas de mis súbditos. Este amigo, un noble señor, me propone que él corra con parte del riesgo y los beneficios, mientras contento a mis súbditos, y así, él llevar a cabo su parte sin esperar acechanzas. Como la naturaleza del negocio es tal que puede desatar la ira de mis súbditos, te pido, mi leal Patronio, que me aconsejes.

–Señor conde Lucanor –dijo Patronio–, bien entiendo vuestra duda y confusión por tener que poner en entredicho el buen gobierno y felicidad de sus súbditos a cambio de riquezas. Y parece que os aconteció con él, como aconteció a un rey con un elefante.

El conde Lucanor le rogó que le dijese cómo había sido aquello.

–Señor –dijo Patronio–, un rey hubo en un reyno muy próximo que gustaba de la navegación y la cacería. El rey era hombre notable y amado por sus súbditos, pero dejaba todos sus asuntos de palacio a cargo de sus ministros, convencido de que tenía el mejor gobierno de todos los reynos. Los ministros, a su vez, contentos con la munificencia del rey, gobernaban creyendo que tenían el mejor reynado del mundo, y así, el rey, contento con las dádivas de sus ministros y el estipendio con que estos le regalaban, llegó al punto de que reinaba sin gobernar.

Este rey era muy dado a la liberalidad en sus relaciones con gente de su condición, de forma que era muy correspondido. Accedía y concedía, y hacía negocios despreocupadamente. Y cómo todo el mundo le consideraba muy afortunado, él se acabó considerando muy afortunado de tal guisa que, en tanto no gobernaba, se olvidó de las preocupaciones de sus súbditos.

Sin embargo, llegaron años de carestía y una peste muy molesta que afectaba a las casas y al comercio se extendió por ciudades y pueblos. Los súbditos reclamaron menos impuestos y una mayor implicación de los gobernantes, así como una mayor participación de los asuntos del reyno, pero el rey, aconsejado por sus pareceres y la discreción de sus cortesanos, siguió confiando en sus gobernantes, quienes le querían de la misma manera que le temían, puesto que si fallaba el rey mejor del mundo Dios les castigaría. Por esta misma razón, los ministros convencieron al rey de que todo iba bien y le aseguraron que las dádivas no dejarían de llegar, aunque con un ligero recorte.

Un día, el rey aceptó una invitación de sus iguales para ir de cacería a África. Allí, agasajado por sus cortesanos y cortesanas, cazó el mayor elefante que un rey hubiera podido cazar. La criatura era muy bella y grande, tanta como su misma grandeza.

Sin embargo, quiso Dios nuestro Señor castigar al rey fracturándole la cadera y mandándole a un hospital muy conocido de su propio reyno.

Durante su sanación, los súbditos supieron de sus andanzas mientras ellos pasaban sufrimientos. Aunque puso toda su grandeza en parecer contrito, ya que le aconsejaran mantener la imagen bonancible y así ocultar el mal gobierno de sus ministros y de sus tratos con ellos, sus súbditos se enfadaron aún más.

Cuando el rey quiso darse cuenta, tal era la furia de la peste, que el reyno ya estaba completamente dilapidado. Al haber desatendido a sus súbditos perdió su favor, que es la obediencia, y estos, molestos con la corte y sus negocios gravosos para el reyno, empezaron a hablar mal de él y de su familia.

Cuanta más hambre pasaban, mayores eran las críticas, y la popularidad de la Corona caía en picado. Dado que el rey no gobernaba y los ministros gobernaban mal, los jueces empezaron a investigar a los negocios de la familia real. El perfil de los miembros más ociosos de su Corona desapareció y citaron a su hija como imputada en un negocio de uno de sus yernos, mientras, causándole un gran mal, los chascarrillos se pregonaban de pueblo en pueblo para escarnecer al rey que había matado al gran elefante y que Dios le había partido la cadera.

Al poco empezaron a conocerse los negocios gravosos para los súbditos, como los de sus ministros, y estos, aunque mantenían las apariencias, no pudieron evitar caer en la vergüenza cada vez que protegían al rey y ocultaban la cantidad de patrimonio privado, o de la herencia de su padre que no tributaba en el reyno. Finalmente, el rey no tuvo más remedio que abdicar si quería contentar a sus ministros, y estos a sus súbditos.

-Patronio, es muy triste esto que me has contado, puesto que no comprendo como un rey se puede desentender de sus súbditos a costa de ellos. Si el rey no hubiera ido a matar el elefante, Dios no hubiera querido enmendarle de esta forma, mas parece que lo que quiso es castigarle.

-Y vos, señor conde Lucanor, es menester que no hagáis como el rey que mató al elefante, y que no os desentendáis de vuestros súbditos, como tampoco os confiéis demasiado de vuestros gobernantes, quienes son muy proclives a los vicios y la mala virtud. Y si queréis pervivir y ser querido por ellos, debéis daros a ellos con la misma fe que ellos se dan a vosotros, porque el amigo que quiere hacer ese negocio a costa de vuestros vasallos, no será tan amigo cuando lleguen los malos tiempos.

El conde se tuvo por bien aconsejado con el consejo de Patronio, su consejero, e hízolo como él le había aconsejado, y se halló en ello bien.

Y entendiendo don Juan que estos ejemplos eran muy buenos, los hizo escribir en este libro, e hizo estos versos en que se pone la sentencia de los ejemplos.

Y los versos dicen así:

 Quien por vivir bien olvida pronto a los suyos

Cuando llega el mal tiempo sin apoyos se tuvo

Este nuevo cuento de don Juan Manuel apareció este año fruto de un feliz encuentro entre la hemeroteca de EL PAÍS y el Conde Lucanor de editorial Castalia, sobre una mesa de disección.

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TROIKA!

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тройка

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TETROMINOS

TROIKA

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TETRIS TROIKA

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La belleza del miedo

Font: El Cultural. Archivo del CEFET (Centro de Estudios Filosóficos Eugenio Trías)

Eugenio Trías, recientemente fallecido, ha sido el único ensayista español laureado con el fugaz Premio Internationalle Federico Nietzsche al conjunto de su trayectoria, aunque no por ello se le tiene por irracionalista.

Su pensamiento se entronca al límite del proyecto ilustrado, con una filosofía del límite –o análisis de los límites del sujeto–, donde el gusto por la analogía y el sentimiento tienen cabida; la constante búsqueda de las sombras –reversos– del ser y sus pensamientos ubica su trabajo al borde del psicoanálisis y del estructuralismo. Además, por su estilo progresivo y metafórico posee un valor literario –acaso metaestético– que mimetiza el contenido. A esto hay que añadir que su obra conforma una síntesis enciclopédica, un corpus integrado que ilumina la sombra de la razón desde esta misma.

El ensayo clásico del barcelonés Lo bello y lo siniestro (1983) nos presenta cinco movimientos que nos introducen en las categorías de lo bello, lo sublime y lo siniestro. Esta pieza sinfónica, premiada con el Premio Nacional de Ensayo de 1983, sigue estando vigente y prueba de ello son las numerosas ediciones hasta la actualidad.

Si bien la obra es una síntesis detallada y bien ensamblada, esta defiende una hipótesis aparentemente contradictoria, pero relevante y válida: lo siniestro constituye condición y límite de lo bello. El límite es su revelación, que destruye su efecto estético, y la condición es su presencia, velada en la obra.

A lo largo de la pieza el contenido se despliega sobre dos ejes: el histórico -genealogía de los conceptos- y el formal -el estudio de su significaciones-.

El autor presenta el ensayo introduciendo el concepto de asco kantiano como una especie del género siniestro. La distancia entre el observador y la visión asquerosa junto a que la víctima del hecho asqueroso sea otra persona distinta al observador, son condiciones necesarias para su sublimación.

Lo bello y lo siniestro. Eugenio Trías. Ariel.

Lo bello y lo siniestro

En la primera parte, Lo bello y lo siniestro, parte de Rilke, «Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar» y Schelling, «Lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado«.

A continuación, recurre a Kant, y describe el sentimiento de lo sublime kantiano como un proceso mental en el que se dan varias etapas: aprehensión de lo indefinido, sentimiento de angustia, conciencia de nuestra insignificancia, reacción contra el dolor mediante la aprehensión de la experiencia por una idea de infinito y el placer obtenido de la «elevación» –o dignidad moral– producida por la racionalización de lo inconmensurable. La condición para gozar de dicho sentimiento es que el objeto debe ser contemplado a distancia, desinteresadamente.

También recurre a la definición de unheimlich de Freud: «sería aquella suerte de sensación de espanto que se adhiere a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás«. Freud categoriza los motivos literarios siniestros de la literatura romántica: el individuo maldito, el doble, la animación de lo inerte, la repetición fatal, las amputaciones y la producción de lo fantástico deseado encarnado en lo real. De su análisis elige el Arenero de E.T.A. Hoffmann, que relaciona belleza y sublimidad, así como su transición romántica hacia lo siniestro. De todo ello, Trías deduce que la obra artística funciona como velo entre lo oculto –lo siniestro– y la representación –lo bello–, sugiriendo, sin mostrar, como una presencia o ausencia patente.

El cuadro que nunca fue pintado

En El cuadro que nunca fue pintado, se viaja al humanismo neoplatónico de la escuela florentina como síntesis metafísica de lo bello que heredará la tradición kantiana. Este concibe el arte como una dominación de la materia para elevarla a la idea, su principio espiritual que nace de lo absoluto, el Uno, mediante el impulso amoroso –Eros-Afrodita– o de unión con él, entendido como amor místico o trascendente, no material.

Para trazar la relación entre lo sublime y lo bello se analizan dos obras de Sandro Botticcelli, La alegoría de la primavera y El nacimiento de Venus, respondiendo al imperativo kantiano de que «la mejor interpretación de una obra de arte, es siempre otra obra de arte«.

La alegoría de la primavera. Botticelli

Trías aplica su exposición para demostrar que lo siniestro, pese a no ser una categoría definida en el Renacimiento, se halla en los cuadros en forma de ausencia; lo bello ideal –comprensible– vela lo sublime absoluto –inefable–, lo inconsciente o simbólico. Concluye afirmando que una de las condiciones de que una obra de arte sea bella es que oculte y sugiera algo siniestro, y por ello sitúa el arte como un sustituto de la religión; confronta la realidad con la verdad –el misterio–.

El nacimiento de Venus. Botticelli.

El abismo que sube y se desborda

En El abismo que sube y se desborda, regresa a la actualidad del cine y se replica el análisis anterior con la película Vertigo –una variación estética claramente siniestra–.

El arte de Hitchcock es prolijo en ocultaciones –como el Mac Guffin– y podría definirse como un saber mantener siempre un plano superficial, aparente, en que se da la intriga, integrado por constantes referencias simbólicas; el film acierta trasladando lo real a lo simbólico sin perder la realidad de referencia, y contiene todas las categorías descritas por Freud en su análisis de El arenero.

Finalmente, la obra plantea el hombre en su constitución y condición como sujeto como tema principal, dejando un final abierto hacia varias interpretaciones, de entre las cuales Trías defiende la que se trata de un sueño de belleza asomado al abismo y cuyo rastro es un vacío –la nada– en el sujeto.

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La coda final

En los capítulos cuarto y quinto, Trías rodea los límites del arte trágico griego y del infinito en el barroco –contrapunto al humanismo neoplatónico y coda de la obra–. En el primero, analiza los conceptos de la poética aristotélica y la estética kantiana, vinculando la distancia y el desinterés como condiciones necesarias para la catharsis; ésta para Freud, sería la toma de conciencia del deseo inconsciente y la constitución de la tragedia como versión de los mitos primordiales y tabúes ancestrales, cuyo ejemplo más palmario es Edipo Rey; luego, considerando a Nietzsche, en la tragedia griega se correspondería lo bello con lo apolíneo, y lo dionisíaco -velado- con lo siniestro, es decir, su sombra.

En el segundo, Trías resume la trayectoria estética de todos los conceptos, y añade una pieza que falta a la transición entre Renacimiento y el Romanticismo: el Barroco y su «escenificación teatral del infinito«, buscado y defendido por los racionalistas y cuyas fugas y arte ilusionista se plasman en sus urbes, edificaciones y en todas las formas artísticas.

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La nécessité n’est aveugle que dans la mesure où elle n’est pas comprise… La liberté est l’intellection de la nécessité.

F. Engels (1878)

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Publicada el por Ferran Escrig | Deja un comentario

La República, avui.

Clases de la República

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De cómo el poder enciende las aras del sacrificio.

Rafael Sánchez Ferlosio, archivo de la APE (1983)

En 1987, Rafael Sánchez Ferlosio se hubiera echado a perder como crítico de haberle ganado a Luís Mateo Díez el Premio Nacional de Narrativa con El testimonio de Yarfoz; quizá por ello su trayectoria se volcó definitivamente en el ensayo, con el cual obtuvo el Premio nacional de Ensayo de 1994 con Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. Con todo, su obra recibiría más tarde el Premio Cervantes de 2004 y el Premio Nacional de las Letras de 2009, a sus 82 años, convirtiendo al novelista-ensayista en una “obra acabada”; con un pie ya dentro del mausoleo literario español, en el nicho de la generación de los 50, junto a Carmen Martín Gaite.

Autor de “worst-sellers”, escritor para minorías como se autodefine, los ensayos de este “romano” destacan por su original autonomía de pensamiento. Luís Mateo Díez reconocería de aquel que “siempre hace lo que le da la gana”, refiriéndose a su autonomía frente al cantonalismo literario tan extendido. Sirva de muestra Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, publicado el año anterior de su derrota frente al leonés, por su estilo característico de elaborada cohesión entre metáfora, alegoría, filosofía analítica y de la sospecha. 

mientras no cambien los dioses

Cubierta de la edició de Alianza Editorial.

La historia proyectiva

En la obra citada asistimos al despliegue en 34 puntos  y 4 corolarios sobre cómo el poder juzga y domina los hechos de la historia a través de un discurso sacerdotal, “expiatorio”; este facilita la comprensión –inclusión– de una falacia humana, una metáfora estructural que se ha venido implantando desde el advenimiento de la revolución industrial, la cual no es otra que la del Progreso, la marcha de la Humanidad, o lo que viene a llamarse la “historia proyectiva”, es decir, la historia teleológica. Cerrando el ensayo, la edición de Alianza incluye un breve ensayo titulado la mentalidad expiatoria, que sintetiza la cuestión ética.

Aprovechando un accidente internacional, el naufragio del Challenger, Ferlosio analiza el discurso ideológico “del sacrificio en aras del progreso”. El contexto de la guerra fría no distrae la atención del análisis de los medios y el discurso del poder, válido en la actualidad, el cual promueve una deportivización de las motivaciones, donde la hazaña, pese a ser estéril, es un fin en sí misma y a su vez sacraliza la muerte, como el precio que el Progreso exige por la carrera humana.

La Historia, El Progreso y el Futuro son dioses industriales, nada distintos a los antiguos, benéficos y protectores cuando han recibido su sacrificio en sangre; los mismos dioses solo han cambiado de nombre. La racionalización del prix de sang responde a la llamada antigua de los dioses sobre la humanidad y el sacerdocio laico, los políticos de hoy, santifican los muertos con alegorías y ficción –relatos que substituyen aquel del martirio y salvación cristianos, o el de la utopía materialista revolucionaria–; el héroe del relato es el estereotipo occidental, un héroe europeo burgués, industrioso y liberal, el espíritu de Robinson Crusoe –una estampa de von Humboldt–, que se proyecta al pasado y al futuro desde la edad de piedra, siempre progresando, tropezando y avanzando hasta la carrera tecnológica y espacial.

El relato expiatorio indica la «Causa» –los dioses– como demandante del sacrificio, lo que nos exime de responsabilidades y nos libera mediante una falacia pragmática que da sentido y condiciona nuestra actitud frente a los narradores; pero en realidad sucede al revés, y esta inversión de causa-efecto esconde un hecho universal del poder: usar el sacrificio para legitimar la «Causa».

El poder, sabedor de que su relato domina los juicios y actitudes de sus súbditos, afianza la historia de su pueblo bajo el sacrificio de la lucha y la sangre, estableciendo un intercambio sacrifical; pagando un precio en sangre –al estilo pagano– al dios de la guerra –o del progreso– se asegura el bienestar de las generaciones venideras, deudores de amor y respeto por los sacrificados a su divinidad protectora –la madre patria–; la sangre derramada –no la inferida al otro– deviene la única legitimadora del poder y del derecho, el único medio de la Historia de las naciones; fecunda, esta ha fertilizado hasta cumplir su destino –redención– colectivo o individual.

El sacerdocio dogmático de esta vieja alianza no tolera crítica alguna: “el sacrificio es bueno porque complace a los dioses”. Por otro lado, el patriota se reconoce deudor de su pasado y acreedor del futuro, se adormece –se aleja de la realidad– como bajo los efectos de una religión: “nunca ha sido el Futuro tan causa del presente como ha llegado a serlo hoy”. Causas o designios ideales e inalcanzables justifican nuestro presente y las actitudes del poder: “la Marcha de la Humanidad hacia el Futuro

El progreso transvalora la vida sencilla a un estado de degradación, anómalo, contrario a la vida burguesa, productiva y acumuladora de riqueza; ha justificado en parte el desarraigo, la destrucción demográfica y el éxodo de las poblaciones como mano de obra para ingenios y minas en el imperio español, y más tarde para la fábrica; el fruto del progreso ha sido pagado de antemano con el precio del “presente”, un presente siervo del mañana, intercambiando el tiempo distenso –consuntivo– de quien vive en el “ahora” por el tiempo proyectivo –adquisitivo– de quien trabaja para el mañana; fenómeno cuyo precedente ejemplar se halla en la Edad Moderna y queda anticipado en los documentos de la conquista de las indias.

La hispanidad

La Historia proyectiva fundamenta la dominación colonial, cuyo apologeta español fue Menéndez Pidal; los beneficios históricos que aporta la dominación de una civilización más industriosa se ven como justificación del dominador y sus excesos; el dolor y la muerte son sacrificios –intercambios– para una mejor posteridad. Esta historia considera el sufrimiento y la sangre como elementos esenciales de su desarrollo –la Hispanidad–; hunde sus raíces en el cristianismo y se consolida con Hegel, tomando como precedente al imperio romano; el cual, por otro lado, nunca tuvo necesidad de justificar porvenir alguno, acaso una alusión de Polibio al “plan” de la Fortuna.

Con todo, se extraen dos tesis claras: la primera es que la esencia de la Historia es la dominación; y la segunda, que la felicidad nunca ha sido criterio histórico y haría falta reescribir una historia de la felicidad.

Como corolarios, la relación del estado con la historia proyectiva es obvio: el estado subordina los intereses particulares y gestiona el interés universal y el derecho de los administrados –tal es el caso del Challenger, una ficción pía–. La tecnología y el progreso impuestos con acatamiento son la nueva fe en la «Causa», que promete milagros venideros, como la erradicación de la pobreza y el hambre; el riesgo de la empresa embellece la tragedia, que es puramente tecnológica y antiestética y este se concibe como generosidad, un altruismo que lo ennoblece como la aventura al caballero. Finalmente, dando voz al cronista Menchaca, Ferlosio responde a Menéndez Pidal sobre el juicio de la Historia.

La mentalidad expiatoria

En el anexo, la mentalidad expiatoria, se sintetiza el juicio ético de la historia. Añade al ensayo dos actitudes éticas: la primera, el rechazo del farisaísmo como actitud negativa: construir la bondad sobre la maldad ajena; o utilización de la moral como instrumento para tener razón (según Weber), actitud usada por los estados para justificarse. Por otro lado, la segunda, el imperativo de desmontar dicha mentalidad expiatoria, ese intercambio entre dolor y felicidad futura; escuchar la protesta de la felicidad contra el saldo deudor de la historia y el lamento del dolor contra la idea de aceptarse saldo acreedor en cualquiera de sus formas.

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Informe lecturoclimático cosecha 2012

La cosecha 2012 tuvo una fuerte disminución respecto de la anterior en el orden del 26% de promedio, pero con cifras mayores donde se concentraron los mayores daños por accidentes culturales.

Las intensas reposiciones de invierno provocaron senescencia de lectores y escritores, especialmente en las mentes que quedaron muy secas en el invierno. Esto se sumó a las publicaciones tardías, lo que generó una brotación y floración muy despareja.

En primavera los vientos cálidos generaron problemas de cuaje y corrimiento de los racimos en floración. Por otra parte, las zonas que sufrieron fuertes ataques del hongo de la Editorial Planeta, con gran caída de hojas en el ciclo anterior, tuvieron una brotación deficiente y con muy poca carga de ideas, con daños que en algunos casos fueron del 80 %.

El hecho se agravó con los daños por best seller que ocurrieron a fines de diciembre sobre los escritores incipientes, provocando pérdidas de 40 millones de kilos de estilos, entre diferentes variedades.

Ya entrado el verano, las ínfulas de notoriedad con temperaturas por encima de 35 grados centígrados incidieron en la producción de temas, pérdida de peso y calibre de las obras, y calidad de polifenoles y aromas primarios de la lectura. Todo esto fue un mix que llevó a tener pérdidas muy dispares en cuanto a las variedades.

Por estas razones, el mercado minoritario ha seguido apostando por obras de reserva. De éstas, se ha podido extraer la recomendación siguiente:

De Francia Un roi sans divertissement (Jean Gionó gran reserva), seguido por La perfection du tir, (Mathias Énard), tempranillo.

En zonas menos templadas y de aires siberianos, destacaron la fabricación de efervescentes del tipo Stanislaw Lem, como por ejemplo, un Ciberíada viejo, o la presencia perdurable y dura del Soljenitsin, Archipiélago Gulag.

En lo que se refiere a la producción nacional se recomienda dos obras de los años ochenta: el ensayo filosófico de un Rafael Sánchez Ferlosio, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, y un clásico estético Eugenio Trías, Lo bello y lo siniestro.

Fuera del mercado habitual, sigue destacando el espirituoso con sabor a bourbon norteamericano: Charles Bukowski y su inveterado La senda del perdedor.

cosecha2012

Agradecimientos a Ricard Ripoll (UAB) y a Hugo Carmona Torres (Ingeniero agrónomo).

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El fantasma de Díaz Ferrán recorre Europa

Gerardo Díaz-Ferrán, expresidente de Viajes Marsans. EFE

El expresidente de la CEOE y copropietario del Grupo Marsans, ha sido detenido por supuesto blanqueo de capitales. De camino a la cárcel, Karl Marx tuvo acceso a su WhatsApp, provocando una breve conversación:

[D.F.] -Los trabajadores tienen que saber que para mantener su puesto de trabajo, el producto o el servicio que salga de su empresa tiene que ser competitivo. 😆

[K.M.] -La historia de la moderna industria demuestra que el capital, si no se le pone un freno, labrará siempre, implacablemente y sin miramientos, por reducir a toda la clase obrera a este nivel de más baja degradación.

[D.F.] -Solamente se puede salir de la crisis de una manera, que es trabajando más y, desgraciadamente, ganando menos.

[K.M.] -El capitalista pugna constantemente por reducir los salarios a su mínimo físico y prolongar la jornada de trabajo hasta su máximo físico, mientras que el obrero presiona constantemente en el sentido contrario.

[D.F.] -Si no se aumenta la productividad y si no se tienen los costes salariales adecuados, la empresa acaba cerrando y ese trabajador que quiere cobrar más al final no acaba cobrando más que el paro.

[K.M.] -Mientras el obrero asalariado es obrero asalariado, su suerte depende del capital. He ahí la tan cacareada comunidad de intereses entre el obrero y el capitalista. Los obreros no solo compiten entre si vendiéndose unos más baratos que otros, sino que compiten también cuando uno solo realiza el trabajo de cinco, diez, o veinte; y la división del trabajo, implantada y constantemente reforzada por el capital, obliga a los obreros a hacerse esta clase de competencia.

[D.F.] -Los empresarios ya están ganando menos, e incluso hay muchos que ya están perdiendo

[K.M.] -Tenemos, pues, una competencia entre vendedores que abarata el precio de las mercancías puestas a la venta. Pero hay una competencia entre compradores, que, a su vez, hace subir el precio de las mercancías puestas a la venta. Y finalmente, hay una competencia entre compradores y vendedores; unos quieren comprar lo más barato posible, otros vender lo más caro que puedan. Sólo vendiendo más barato pueden unos capitalistas desalojar a otros y conquistar sus capitales.

[D.F.] -Los empresarios no somos culpables de la crisis, hemos creado riqueza. 👿

[K.M.] -A medida que los capitalistas se ven forzados, por el proceso que exponíamos más arriba, a explotar en una escala cada vez mayor los gigantescos medios de producción ya existentes, viéndose obligados para ello a poner en juego todos los resortes del crédito, aumenta la frecuencia de los terremotos industriales, en los que el mundo comercial no solo logra mantenerse a flote sacrificando a los dioses del Averno una parte de la riqueza, de los productos y hasta de las fuerzas productivas; aumentan, en una palabra, las crisis.

Esta dialéctica tuvo lugar entre las declaraciones de Díaz Ferran registradas en elpais.com, eitb.com, y las conferencias de Karl Marx de Trabajo asalariado y capital, y Salario, precio y ganancia.

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Manifest del vot inútil

Arriben les eleccions, ciutadà, i encara no saps qui votar.
Saps que és el teu dret i, a més, que així és com s’exerceix la democràcia; branca sagrada del mateix tronc que el parlamentarisme o la llibertat, i…
que omple la gola dels qui en aquests dies et demanen votar, prosèlits.
Ciutadà. Oblidat d’aquest nom. Apel·la a la màscara social.
Individu. No actuïs lliurement per negació, sinó per afirmació de l’acció.
Home. Cada acció té el valor que li donis, ni més ni menys, per sobre de les ideologies dels ciutadans o les seves reaccions.
Així doncs, abstenir-se té el mateix valor que votar.
El valor del teu vot –del teu acte–, home lliure, només te’l dones tu mateix.
I aquest valor sempre és completament inútil per als altres.
El vot del ciutadà és el d’aquell que creu ingènuament que el seu vot ha de ser útil:
qui vota com Kant, i creu que si hom fes el mateix un altre gall cantaria…
Qui vota pensant que no vota ell, sinó una classe o estructura, que es creu ser el motor d’una història, o
qui digui que un vot val tants escons
o que si no fas el que diuen uns afavoreixes no sé a qui, ni quelcom.
Donar raons per a un vot sempre el fa ser un acte útil.
Per això, un vot útil no és un vot lliure.
Per això, un vot lliure és un vot inútil.
Vota inútil. La llibertat és inútil. En això rau la seva superioritat.
I encara que sentis aquelles veus que et diuen que si no vas a votar quelcom sinistre estarà a punt de passar…
vota inútil. Ja estàs condemnat a prendre’n part, encara que sigui com a convidat de pedra.
Vota… inútil.
I encara que et diguin que el poble parla a les urnes, que és savi, que té seny i, fins i tot, que té domicili propi, votar només té el valor que li vulguis donar.

 

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Ontología del capitalismo decadente

DELILLO, Don. Cosmópolis. Seix Barral (239 pp). Barcelona, 2003.

Eric Packer es el protagonista de Cosmópolis, una suerte de místico de las divisas aficionado a la ciencia, la poesía y la mística; un producto de la economía globalizada de finales del siglo XX, justo cuando estalla la primera crisis económica con Oriente.

Durante la jornada en que transcurre la novela, DeLillo convierte la Gran Manzana en un escaparate de los conflictos de la globalización: un capitalismo asentado sobre la tecnología punta y la acumulación de capital que sostiene el orden del sistema global, que es el orden de lo previsible —la tendencia—, frente a lo imprevisible —la oposición—. Su protagonista asistirá desde su limusina a la afirmación de la identidad en el sistema global, solamente posible mediante la oposición a la tendencia.

Estos contrarios se estructuran con dos voces: por un lado, un narrador apoyado en Eric que recrea el microcosmos del sistema desde su reflexión. Por otro, el reverso de la misma moneda: un narrador identificado, un desechado del sistema que quiso llegar a ser como él, cuya obsesión es la oposición a la tendencia y la destrucción del propio sistema.

En la ciudad global la ruptura de la tendencia surge de lo ocasional. Lo contingente sucede, cuando todo ocurre demasiado deprisa. Incluso la no-odisea en limusina de Eric Packer empieza con un hecho inofensivo y ocasional: «No sabía lo que quería. De pronto lo supo. Quería ir a cortarse el pelo»; expresión, “corte de pelo”, que en terminología financiera significa quiebra.

Eric Packer va a cortarse el pelo cuando la depreciación del yen como consecuencia de la subida del dólar en la última década hunde la economía norteamericana. De repente, Packer asiste a los cambios que se van sucediendo como un espectador que busca el sentido a cualquier señal, sea en los patrones luminiscentes de los quasars, las asimetrías y concavidades, las cábalas bursátiles, o en los microsegundos que tarda la información financiera en aparecer en pantalla.

Packer, como el hombre global, desea recuperar el sentido ante el desorden, por ello busca señales que den una cosmovisión a sus anhelos, como en la carta astral forrada en el techo de la limusina. Lo global, en lo local; lo general, en lo particular; el sentido de la deflación nipona anunciado en su próstata asimétrica.

La muerte como afirmación cierra la primera parte. A partir de aquí, bajo la protección de su vehículo, Eric descubrirá que el sentido no se encuentra en la asunción de normas, sino en la voluntad de ser. Pero no cabe esperar un romanticismo desgarrador: Eric asume la oposición a la tendencia como una renuncia a su mundo que conllevará su ruina, o la muerte.

Pero la oposición forma parte de la tendencia. No hay escapatoria: los inefables mecanismos del propio sistema prevén la oposición al sistema: así, por ejemplo, los movimientos antiglobalización son una reacción prevista y superada por el propio sistema, que a su vez lo legitima; así mismo, el asesinato es una contingencia creada y asumida por el propio sistema que lo crea.

Pesimismo posmoderno

Cosmópolis no es una crítica social, aunque puede entenderse como una visión pesimista del nuevo siglo que ha empezado.

Los cambios auspiciados por la fenomenología cuántica, la microtecnología, la velocidad, el relativismo, la virtualización, el ruido excesivo o las drogas, han creado un mundo de adolescencia prolongada, rampante individualismo y un perpetuo consumismo, donde el hombre busca el sentido en los sacerdotes de la nueva era.

Una cosmovisión en que la lucha de clases no tiene sentido, donde Marx se ironiza y se invierte: “un espectro recorre el mundo, el espectro del capitalismo”; una actualidad que ha desplazado la guerra de clases entre el primer y el tercer mundo; un activismo asumido por el sistema, virtual, de cámara y foco (como el pastel que recubrió la cara de Bill Gates, George Soros, o por ejemplo, Eric Packer).

La economía global ha llevado la especulación y la guerra por los activos a todo el globo, pero el sistema ha creado su propia antítesis: el terrorismo global. Este ya era un mal augurio en el año 2000, cuando se publicó la obra. Precisamente, en el mismo año salía otra “cosmovisión” pesimista, la del periodista Robert D. Kaplan, La Anarquía que viene, donde se retrataba la política exterior norteamericana como una respuesta neoliberal ante el inminente caos global.

En Cosmópolis encontramos tanto violencia como sexo (como la relación orgásmica durante una exploración de próstata y una subalterna). El comportamiento adúltero y desordenado de Eric emerge entre los síntomas de un malestar global, síntomas que remiten en la segunda parte, cuando Eric recupere a su esposa poetisa, durante la desnudez del descubrimiento de su identidad en algo parecido a los happenings de Spencer Tunick.

La no-odisea terminará en su propia biografía, en la cual hay que tomar la decisión final: abrir una puerta. El miedo al riesgo transporta a Eric a esa infancia no superada y al recuerdo de la madre: el miedo a abrir una puerta que equivale al riesgo de la libertad.

La rata deviene moneda de curso legal

El verso del polaco Zbigniew Herbert cobra relevancia en la novela; la rata reaparece como pulsación de la ciudad-global. La rata, un animal con una rápida adaptabilidad al medio, se asume como el dinero: se encuentra en la poesía, colgando de los dedos de un activista, en una pancarta, en la forma del pelo de Eric cuando va al barbero, o como testigo del desenlace de la novela.

La rata reaparece como un símbolo; una alegoría del sistema que destaca sobre otros símbolos posibles: figuras cuyo significado emerge de la correlación con otras figuras dentro del sistema, como la asimetría de la próstata, la concavidad de una pastilla de jabón, un hongo de un pie, o las omnipresentes limusinas blancas que utilizan tanto el presidente de los EE. UU. como Eric, y que expresan tanto el poder como el aislamiento. 

El estilo de DeLillo ofrece una lectura asequible que nos lleva a terrenos metafóricos donde cabe cierto lirismo de ambiente urbano y globalizado; el uso de neologismos de la voz delilliana nos sitúan en ese registro semántico que caracteriza su eclecticismo técnico y metafísico. A pesar de que el narrador suele provocar irrealidad, así como sus descripciones lenticulares, su voz nos descubre la extrañeza en un mundo que vamos desconociendo a medida que avanzamos. Su tono reflexivo contiene algunos aforismos memorables.

A DeLillo no le apetece tanto entretener al lector como sumergirlo en su ficción sin preocuparse por el realismo: lo implica desde la narración en la idea. DeLillo prescinde de la intriga para acercarnos a lo fabuloso que posee lo contingente del capitalismo global. Cosmópolis se focaliza en la fenomenología de una conciencia de la economía global, más que en el naturalismo de una realidad objetiva.

Según palabras de Martin Amis, DeLillo sería más un escritor tipo B, aquel que se centra en la idea de la época que vive, que un tipo A, aquel que se centra en el desarrollo de los personajes y la trama; por eso, DeLillo puede resultar al lector tradicional un acercamiento a la lectura posmoderna, un tanto lírica y descarnada, pero nunca indiferente. Comparado con Palahniuk, DeLillo prescinde del laconismo telegráfico y el humor. Pero mientras que el primero hace novela con la posmodernidad, el segundo hace novela de la posmodernidad.

Cosmópolis podrá parecer una ficción sobre Manhattan y sus vínculos con el mercado asiático, pero nos ofrece una peripecia del pensamiento moderno, desde el tono del narrador apoyado en una conciencia; así como una deconstrucción de quienes vivimos este, nuestro Mundo Feliz, nuestro mundo-ciudad, o nuestra ciudad-mundo. Su estilo refleja las contradicciones de su tiempo.

¿Y si la voz del narrador que nos habla fuera la conciencia de nuestra economía?

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