La novela más conocida del cubano Guillermo Cabrera Infante, Tres Tristes Tigres, reeditada recientemente en su edición completa, viene a ser, mal que sea odiosa la comparación, un Ulysses de la lengua española, o una Educación Sentimental habanera (algunos también la comparan con Rayuela); claro que no se trata de una innovación de la literatura universal, sino más bien de una respuesta —la cubana— al boom latinoamericano de entonces, ensayo universalizante sobre la vida nocturna en La Habana.

La historia de la publicación de este libro es una peripecia frente los avatares históricos de la guerra fría: por un lado, perdida la gracia de la revolución cubana, la novela fue prohibida –y olvidada— en el “campo socialista” por contrarrevolucionaria; por el otro, el franquismo, aliado del “bloque capitalista”, la censuró dos veces por considerarla un producto marxista de contenido pornográfico.

Infante y su primera esposa, Marta, el año de la revolución, 1959.

Lo cierto es que el resultado final no muestra ni uno ni lo otro; la primera versión, en palabras del propio Infante, se leía como una crítica contra Batista, pero tras los cambios que introdujo el autor tras la primera censura y la reescritura casi completa de la novela, la pieza actual, “un experimento”, ya no se lee como una crítica a Batista ni como una defensa del marxismo (y aun, el episodio de “la muerte de Trotsky”, como afirmaron los censores, está escrito con una cierta ironía que difumina los trazos de un retrato o de una caricatura).

La acción gira alrededor de cuatro personajes principales y un desfile de secundarios que traman complicidades y anhelos en el campo de la música, la literatura, el cine, la fotografía, o el éxito social, y que se desarrollan con subtramas; Una noche en la Habana de 195.., podría ser el subtítulo de esta novela donde unas vidas paralelas se entrecruzan, sin orden, anacrónicos o sincrónicos, pero deestructuradamente, y en cuyos toques se expresa el amor que sentía el autor por la cultura universal, el cine y la música (sobretodo el cine americano, la música clásica y el jazz). Los personajes se dedican a ir de copas, cenar, hacerse confidencias, ligar, asistir a guateques nocturnos o a conciertos, o a correr a alta velocidad por el Malecón. Dichos personajes, sin embargo, no son demasiado profundos: sus problemas parecen sólo suyos, y no se los cargan ni al lector ni a ninguna causa. Sin embargo, hay cierta altura en los múltiples grandes temas que tratan; de hecho, el libro tiene varias lecturas entre las cuales está la de ser un catálogo de temas universales. A menos que queramos leer un elogio de la vitalidad o de la fiesta, la trama no es más que un andamio para todo lo demás: juego. Lo que sí hay es juego, juego e intertextualidad: humor rabelesiano y orgía de disparates, y eso sin contar la combinación de géneros y el uso oral y vivo del lenguaje.

Dicho esto, el lector habitual encontrará el libro difícil –o poco aprovechable—, en la medida en que desconozca “parte” —no todo— del cánon literario y musical, y en lo cómodo que pueda sentirse cogiendo otra novela experimental del boom hispanoamericano; o de aquellos Joyce o Faulkner, pero antillanos, o mejor dicho, mediterráneamente antillanos, en las que se concede al lector el derecho a olvidarse de la trama y de los personajes en su laberinto, pero se le exige que esté atento a las referencias, registros, niveles de lectura, juegos e ironías, sin que esto termine de menguar la capacidad persuasiva de un estilo “oral” fácil de leer, ni de los infinitos juegos con el lenguaje. Si el lector habitual supera esa distancia, puede disfrutar de esa “gran novela” no tanto de Cuba, sino de la lengua cubana.

 

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