EL ECO SIN PASOS

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ZYGMUNT BAUMAN: Cómo decirlo mejor

Vida líquida. Paidós. Estado y Sociedad. Barcelona, 2006.

 

Mientras el 15-M estallaba de indignación en la postespaña de la crisis, el polaco octogenario, príncipe de Asturias el 2011, encendía su pipa e indicaba la necesidad del pensamiento en la acción social; la expresión social, emocional, resulta fugaz e inútil en una sociedad incierta y cambiante sujeta a las modas, como el río de Heráclito. A Wall Street le da igual que los indignados ocupen plazas, aclaraba en 2012, respecto a los movimientos globales antisistema.

ZB habla de lo que ya sabemos, o al menos intuimos que sabemos; también tiene la particularidad de estructurarlo mediante opuestos, hegelianamente, entre claroscuros que destacan el volumen de los temas globales; tampoco puede despreciarse el gusto por la metáfora de la conciencia global, individual o colectiva: la liquidez.

El individuo del siglo XXI, el que vive en la sociedad de consumo global donde la frecuencia y rapidez de “todo”, vive “asediado” por unas relaciones cambiantes e imprevisibles: líquidas; hasta el punto se ha cambiado la idea de individuo: antes, el individuo, circunscrito a un estado-nación, a un entorno sólido, elegía y asumía las consecuencias de sus actos en su marco; pero hoy, el individuo híbrido, orienta la acción fuera del territorio nacional.

El individuo híbrido, Citoyen Depardieu: aquél que no desea identificarse con ningún grupo o valor nacional, sólido, para adaptarse y aprovechar la incertidumbre: el hombre global, visto por el resto como un miembro de la aristocracia global, una élite que no se ubica fijamente en un estado ni una economía, sino que se hibrida con el entorno internacional.

Gerard Depardieu with his Russian passport. Telegraph.co.uk

Las interacciones que han acelerado el advenimiento de este superhombre líquido se hayan en la globalización económica y cultural. Por un lado, el consumismo ha dado lugar a la carrera por la exclusividad, es decir, por la individualidad; de forma que el consumidor global, aquél que dispone de medios para poder elegir, se identifica con el hombre libre, legitimado por una publicidad que refuerza la idea de que libertad y consumo son lo que definen al individuo libre. La libertad de facto, ejercida por el individuo, es la libertad de compra.

Por otro lado, la multiculturalidad, o pérdida de jerarquía sobre los valores culturales tradicionales del estado-nación, es lo que caracteriza la identidad social del hombre híbrido, aquél que puede elegir la idea, el valor o la actitud, pudiendo siempre cambiar de opinión, en lo que podría llamarse un estado de perpetuo cambio y movimiento.

¿Dónde queda el resto? la reciente proletarización de la clase media junto con el aburguesamiento del proletariado de las décadas anteriores, polarizan la estructura global, y refuerzan la identificación entre el confort y la capacidad de compra con el privilegio de la libertad y la individualidad de facto; quienes no disponen de medios, aquellos individuos que son libres de iure, pero no lo son de facto, son los impedidos en la sociedad líquida: la infraclase global, lumpenproletariat global: libres pero sin medios para ejercer la libertad de consumo global.

Establecida la tendencia a la polarización de clases, ZB entrevé que ambas giran alrededor de dos conductas principales:

  1. la búsqueda de libertad
  2. la búsqueda de seguridad

La conducta se concreta por el grado de la confianza con el entorno, resultado de una relación de grado entre la sensación de seguridad y la capacidad de elegir. Por su lado, el hombre híbrido “puro” confiaría en la máxima libertad: el constante movimiento, la compraventa continua, el cambio de residencia, etc. (lo que le hace sentir seguro es la libertad de usar sus recursos para poder adecuarse al entorno cambiante e imprevisible). Por otro, la infraclase, —el hombre sólido, más bien fijado, digo—, el recién llegado al sistema, el desposeído, desea antes la seguridad que un estado pueda proporcionarle frente a los desafíos globales, que una libertad sin medios. Dos actitudes opuestas que reflejan las diferencias de relación con el entorno global económico y cultural.

CONSUMISMO

El consumismo necesita como condición la producción creciente de oferta, que estimula a la demanda mediante el marketing. Evolutivamente, el consumismo de hoy es lo contrario a la sociedad de producción industrial de ayer. Para asegurar más oferta los productos deben consumirse rápidamente y deben tener fecha de caducidad —obsolescencia—, y devaluarse con nuevos sucedáneos: mejorándolos —o prometiendo una mayor mejora—; o generando nuevas adicciones y necesidades ficticias. El mundo del marketing hoy queda legitimado por la propia sociedad que desea consumir, permitiéndole a éste que sea marketing hipócrita, una persuasión falsa pero deseada. En consecuencia, los valores de la sociedad líquida de hoy son los del síndrome consumista: fugacidad, novedad, rapidez de consumo y reposición, exceso y desperdicio, frente a los de la anterior sociedad sólida (durabilidad, permanencia, etc.).

Ante la inseguridad económica y emocional de una sociedad más precaria e imprevisible, el mercado ofrece el consumo como un placebo. El consumismo interpela al individuo sobre su bienestar y sobretodo por su cuerpo físico, ofreciéndole productos y servicios. Lo propio de esta oferta es la contradicción en la que incurren: por un lado, se defiende la libertad de consumo mientras que por el otro, se incita a autorreprimirse para alcanzar una mayor seguridad. Esta contradicción se ve claramente en varios fenómenos como en el fenómeno grasa —coma lo que quiera y haga dieta—, o el rechazo de la infancia —tenga hijos y asuma los costes de su consumo—, que inundan las ofertas, opiniones, y medios de comunicación, respaldadas por las industrias del fitness o al marketing infantil.

El consumismo y los medios han cambiado los estereotipos, dando lugar a la aparición de la celebridad de la sociedad de consumo. Este rol viene a substituir al del patriota —digamos, al prohombre meritocrático— de la sociedad liberal; y que a su vez había substituído al mártir de la sociedad teológica. Cada substitución responde a las relaciones sociopolíticcas de su era: el mártir se sacrificaba sin proporcionar un beneficio al estado —lo hacía por fe, digamos, ad maiorem gloriam—; el patriota glorificado del estado-nación pagaba con su sacrificio el beneficio de la sociedad nacional. Hoy, la celebridad, el individuo famoso de la sociedad líquida, a diferencia de los anteriores es fugaz, pasajero e imaginado, sin compromisos vinculantes y sin exigencia de sacrificio; el culto a la celebridad es sin compromiso y de decisión individual.

Martir, Héroe, Celebridad

Mártir, Héroe, Celebridad

Las relaciones interpersonales cada vez más tienen lugar en las ciudades, convirtiéndose esta en los marcos con mayor relevancia para la sociedad líquida. Por un lado, el progreso y la tecnología, los agentes del cambio de la sociedad rural tradicional a la sociedad industrial moderna, han dado lugar a un éxodo rural mundial a las ciudades. Sin embargo, el Progreso —uno de los dioses de la modernidad, como diría S.Ferlosio— también es la razón última de que este crecimiento de las ciudades conlleve un aumento del miedo y de la búsqueda de seguridad. La urbanización tensa el uso del espacio en las ciudades; los agentes urbanísticos responden a la tensión con la diversidad, defendida por el suelo público, o la diferencia, el uso del suelo privado. Hoy se observa como aumenta el polo de la seguridad privada en las progresivas privatizaciones de suelo y servicios públicos, lo que da lugar a la arquitectura del miedo, que responde a la búsqueda de la diferencia global —rejas, bloques impersonales, camuflados, cámaras, parques cerrados, etc.—. El reto de la sostenibilidad integral de hoy en día pasa por evitar que el espacio público quede aislado e inútil como catalizador de la interacción social.

También ha cambiado la forma de gestionar el pensamiento y la conducta entendida como cultura. Los dos principales agentes culturales, el creador y el gestor, si bien siguen en tensión de oposición y dependencia, han pasado a un entorno social donde el producto cultural ha adoptado las normas del consumismo; éste refuerza la cultura como mercancía, más bien que como expresión de la belleza (siguiendo a Hanna Ardent) con voluntad de permanencia y trascendencia, lo que ha provocado un cambio en la gestión de la cultura: los gestores, públicos o privados, han incorporado los criterios del mercado ajenos a la gestión tradicional, como por ejemplo, el valor de venta, o la notoriedad de una celebridad, o un galerista. La marca, la fama y las ventas han cambiado la gestión, y en consecuencia, la creación. Ambos, pese a su antagonismo, prevén que la cultura de hoy es efímera, y que debe caducar para dar lugar a nuevas formas culturales y así cubrir más demanda —los best sellers, las modas, etc.—. El síndrome consumista, es lo que definiría la cultura de hoy, una fugacidad líquida enfrentada a la eternidad sólida —los cánonesde la gestión moderna tradicional; en el terreno del arte contemporáneo es donde se ha podido observar con mayor alcance el efecto de dicho síndrome, que ha dado lugar a la descomposición del arte, o la acreación, la consciente búsqueda de la fugacidad, la falta de “aura”, o la vaciedad casi absoluta de contenidos.

Los efectos líquidos del mercado global también han influido en la gestión de la educación. El cambio ha sido bastante visible: se ha pasado de una educación programada durante los años de instrucción, cuyo objetivo era su aplicación a lo largo de toda la vida, a una educación en reprogramación y continuada, en la que los años de instrucción son indefinidos según sean las variaciones de la oferta del mercado. El mercado hoy pide renovación de perfiles y habilidades: exige cambio constante, títulos, nuevas habilidades para nuevos mercados. La respuesta ha sido la diversificación de la educación y una bajada de la calidad educativa, así como la asunción de cursillos complementarios y de formación continuada que intentan cubrir las demandas. Igualmente, el mercado exige más fuerza de trabajo y las ofertas de formación técnica especializada son cada vez más demandadas y caras. El paradigma educativo pasa de una sociedad donde el estado educa a sus ciudadanos, a otra donde el ciudadano debe aprender las habilidades que le pida el mercado. Algunas consecuencias son la subsidiariación de responsabilidades educativas en el empleado y sus medios —es culpa del empleado no estar formado para el mercado—, o la precarización de la clase obrera —forma de dominación— debido a la imprevisibilidad del mercado, dado que al no ser planificable, es más modelable: se domina a la clase obrera a través de la incertidumbre y la conformidad de las bajadas de salarios y reformas laborales; junto a esto, la libertad a la ignorancia, como capital político ha demostrado ser útil y rentable, sobretodo en las democracias populistas o autoritarias. La educación de hoy se enfrenta al reto de ser útil para el empoderamiento de la ciudadanía, y así rescatar el espacio público, o por lo contrario, servir al mercado.

ACTITUDES

Finalmente, la vida líquida comprende que la felicidad en una sociedad imperfecta, precaria, sin asideros y en progreso se adquiere manteniéndose en constante cambio y movimiento. El cambio deviene un fin en si mismo: se cambia para seguir cambiando, para mantenerse a flote; desprenderse de lo adquirido es vital para seguir adquiriendo. ¿Cual es entonces la tarea del crítico ante la sociedad? El intelectual crítico adopta la actitud del mensaje en una botella: escribe su crítica y lanza el mensaje para el que pueda interesarle; este mensaje crítico tiene dos líneas básicas de actuación:

  1. la crítica marxista contra el capitalismo vigente
  2. la perspectiva global: superación en extensión y cultura de la dialéctica Norte-Sur, Este-Oeste

El desarrollo de la sociedad líquida es imprevisible. Hoy se constata la tendencia a criticar a los reguladores que quieren limitar la globalización y defender las relaciones del antiguo régimen de los estado-nación; la pérdida fe en la política tradicional y en el proyecto de la ilustración (progreso=felicidad), así como la perdida de la metaesperanza (la esperanza de poder esperar algo). La respuesta, aunque difícil de concretar, debería implicar una renegociación a nivel global, no parches nacionales, que establezca relaciones interdependientes, que gane un espacio público genuinamente global, una conciencia y responsabilidades globales que incluya la protección de los costes sociales.

Sentimos, suponemos y sospechamos qué es lo qué hay que hacer. Pero no podemos conocer la forma ni la configuración que finalmente adoptará. De lo que sí podemos estar bastante seguros, no obstante, es de que esa forma no nos resultará familiar. Será diferente a lo que nos hemos acostumbrado.

 

Zygmunt Bauman

 (Esta reseña fue publicada originariamente por F.Frost en marzo de 2014.)

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La belleza del miedo

Eugenio Trías

 

Eugenio Trías, recientemente fallecido, ha sido el único ensayista español laureado con el fugaz Premio Internationalle Federico Nietzsche al conjunto de su trayectoria, aunque no por ello se le tiene por irracionalista. Su pensamiento se entronca al límite del proyecto ilustrado, con una filosofía del límite -o análisis de los límites del sujeto-, donde el gusto por la analogía y el sentimiento tienen cabida; la constante búsqueda de las sombras -reversos- del ser y sus pensamientos ubica su trabajo al borde del psicoanálisis y del estructuralismo; además, por su estilo progresivo y metafórico, posee un valor literario -acaso metaestético- que mimetiza el contenido. A esto hay que añadir que su obra -homenajeada y reconocida internacionalmente- conforma una síntesis enciclopédica, un corpus integrado que ilumina la sombra de la razón pero desde ésta misma.

El ensayo clásico del barcelonés, Lo bello y lo siniestro, nos presenta cinco movimientos -ensayos- que nos introducen en las categorías de lo bello, lo sublime y lo siniestro. Esta pieza sinfónica, premiada con el Premio Nacional de Ensayo de 1983, sigue estando vigente, y prueba de ello son las numerosas ediciones hasta la actualidad.

Si bien la obra es una síntesis detallada y bien ensamblada, ésta defiende una hipótesis aparentemente contradictoria pero relevante y válida: lo siniestro constituye condición y límite de lo bello[1].

Lo bello y lo siniestro. Eugenio Trías. Ariel.

A lo largo de la pieza, el contenido se despliega sobre dos ejes: el histórico -genealogía de los conceptos- y el formal -el estudio de su significaciones-.

El esteta introduce el asco kantiano como una especie del género siniestro (indica la distancia entre la víctima y el sujeto del asco como condición necesaria para su sublimación); en la primera parte, Lo bello y lo siniestro, plantea su tesis partiendo de Rilke[2], Schelling[3], y recurriendo a Kant[4], Freud[5] y su análisis del arenero de E.T.A. Hoffmann, para plantear y disponer la relación entre belleza y sublimidad, así como su transción romántica hacia lo siniestro[6];

de todo ello, Trías extrae que la obra artística funciona como velo entre lo oculto -lo siniestro- y la representación -lo bello-, sugiriendo sin mostrar, como una presencia, o ausencia patente.

En el cuadro que nunca fue pintado, se viaja al humanismo neoplatónico de la escuela florentina[7] como síntesis metafísica de lo bello que heredará la tradición kantiana. Para mostrar la relación entre lo sublime y lo bello se traza un análisis de dos obras de Boticceli, La alegoría de la primavera y El nacimiento de Venus, respondiendo al imperativo kantiano de que “la mejor interpretación de una obra de arte, es siempre otra obra de arte”.

La alegoría de la primavera

Trías aplica su exposición para demostrar que lo siniestro, pese a no ser una categoría definida en el Renacimiento, se halla en los cuadros en forma de ausencia; lo bello ideal -comprensible- vela lo sublime absoluto -inefable-, lo inconsciente o simbólico. Concluye afirmando que una de las condiciones de que una obra de arte sea bella es que oculte y sugiera algo siniestro, y por ello situa el arte como un sustituto de la religión; confronta la realidad con la verdad -el misterio-.

El nacimiento de Venus

En El abismo que sube y se desborda, se regresa a la actualidad del cine y se replica el análisis anterior con la película Vertigo -una variación claramente siniestra-.

El arte de Hitchcock es prólijo en ocultaciones -como el Mac Guffin- y podría definirse como un saber mantener siempre un plano superficial aparente, en que se da la intriga, integrado por constantes referencias simbólicas; el film acierta trasladando lo real o lo simbólico sin perder la realidad de referencia, y contiene todas las categorías descritas por Freud en su análisis de El arenero. Finalmente, la obra plantea el hombre en su constitución y condición como sujeto, como tema principal, dejando un final abierto hacia varias interpretaciones, de entre las cuales Trías defiende la que trata de un sueño de belleza asomado al abismo, y cuyo rastro es un vacío -la nada- en el sujeto.

En los capitulos cuarto y quinto, Trías rodea los límites del arte trágico griego y del infinito en el barroco -contrapunto al humanismo neoplatónico y coda de la obra-.

En el primero, analiza los conceptos de la poética aristotélica y la estética kantiana, vinculando la distancia y el desinterés como condiciones necesarias para la catharsis; ésta para Freud, sería la toma de conciencia del deseo inconsciente y la constitución de la tragedia como versión de los mitos primordiales y tabúes ancestrales, cuyo ejemplo más palmario es Edipo Rey; luego, considerando a Nietzsche, en la tragedia griega se correspondería lo bello con lo apolíneo, y lo dionisíaco -velado- con lo siniestro, es decir, sus sombra.

En el segundo, Trías resume la trayectoria estética de todos los conceptos, y añade una pieza que falta a la transición entre Renacimiento y el Romanticismo: el Barroco y su “escenificación teatral del infinito“, buscado y defendido por los racionalistas, y cuyas fugas y arte ilusionista se plasman en sus urbes, edificaciones y en todas las formas artísticas.

www.eugeniotrias.com

 


[1] Su límite es su revelación, que destruye su efecto estético, y su condición es su presencia velada en la obra.

[2] “Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”

[3] “Lo siniestro es aquello que debiendo permanecer oculto, se ha revelado”

[4] Trías describe el sentimiento de lo sublime kantiano como un proceso mental en el que se dan varias etapas: aprehensión de lo indefinido, sentimiento de angustia, conciencia de nuestra insignificancia, reacción contra el dolor mediante la aprehensión de la experiencia por una idea de infinito, y placer obtenido de la “elevación” -o dignidad moral- producida por la racionalización de lo inconmensurable. La condición para gozar de dicho sentimiento es que el objeto debe ser contemplado a distancia, desinteresadamente.

[5] “sería aquella suerte de sensación de espanto que se adhiere a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás.”

[6] Freud categoriza los motivos literarios siniestros de la literatura romántica: el individuo maldito, el doble, la animación de lo inerte, la repetición fatal, las amputaciones y la producción de lo fantástico deseado encarnado en lo real.

[7] el arte neoplatónico se concibe como una dominación de la materia para elevarla a la idea, su principio espiritual que nace de lo absoluto, el Uno, mediante el impulso amoroso -Eros-Afrodita- o de unión con él, entendido como amor místico o trascendente, no material.

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