Tras cruzar una explanada que domina la cruz gigantesca de hormigón sobre el cerro ya no hay marcha atrás; como tampoco hay signos de vida, ni de guardias, ni de turistas entre los parterres, o bajo los arcos de mármol. Al cruzar el portón que da al vientre de la montaña, la goma de tus suelas rechina sobre el mármol. Bajo la bóveda de medio punto, en la penumbra, avanzas sigilosamente flanqueado por unas texturas de pórfido que se repiten hasta el fondo de la nave. El espacio va abriéndose paso ante ti, a medida que avanza tu nerviosismo, como si no fueras tú quien anduviera. No hay ni un alma. Demasiado tranquilo. Tu instinto te indica que el silencio y la soledad de la tumba parecen premeditados. Llegas a la cabecera cubierta por texturas marmóreas y graníticas; allí, bajo la luz eléctrica en forma de antorchas laterales, un altar se eleva ante dos tumbas pesadas, una de ellas abierta. Entonces, de los altavoces que hay colocados en las jambas adosadas redobla un tambor, una marcha, aquella que resonaba junto a las botas que conquistaron Europa. La tumba está vacía; la losa blanca ha sido apartada, y tras Johnny go marchin’ home… el zapador, que cae en la alambrada… SA marschiert, mit ruhig und festem Schritt… Tus ojos se centran en la puerta metálica del final de la nave. Apoyando mejor el fusil ametrallador sobre el antebrazo, das algo más de juego a la correa de munición. Empuñas el asa y corres la puerta hacia la derecha cuando, ya, sobresaltado, un aciago Guten Tag! ¡Arriba España!

Guten Tag! ¡Arriba España!

Guten Tag! ¡Arriba España!

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