Cristóbal Colón en el mapa de Marco Polo

Ed. de 1986 con la reproducción del grabado de Oceanica Classis, de Stephan Plannck (1493).

Colón forma parte de los heterodoxos renacentistas convencidos de la infalibilidad de sus intuiciones; y fue seguramente el carácter porfiado del Almirante el rasgo diferencial que le impulsó a embarcarse a las Indias por Occidente antes que nadie, y regresar tres veces más, relación que conocemos a través de las cartas y la transcripción de su diario del primer viaje, obra extemporánea e inconclusa hecha por Fray Bartolomé de las Casas.

En esta selección, la voz del narrador cambia con cada viaje a medida que surgen las dificultades; esto sin añadir que la transcripción del fraile tiene un narrador testimonio que transcribe el diario perdido de Colón, el cual, en comparación con las cartas, usa una voz relajada y descriptiva, con una clara intención documental a la vez que hagiográfica. Sin embargo, la carta de su segundo viaje, el memorial enviado con Antonio de Torres a los reyes, denota una urgencia extrema ante las dificultades sufridas por las tormentas y falta de recursos, así como la necesidad de pagar los sueldos de aquella numerosa tripulación que zarpó por segunda vez con la misión de establecer un asentamiento cristiano.

El mapa y el territorio

En la carta del tercer viaje, enviada junto con un mapa a los reyes, hallamos una argumentación de autoridad para defender su “mapa” del territorio: y es que parece como si Colón tuviera que justificarse ante los reyes de la importancia de su empresa. Desde el primer viaje el Almirante se orienta mediante el uso de las estrellas, puesto que las brújulas acusan una “desviación magnética” nunca antes observada; según las mediciones astronómicas que realiza durante su derrota por el ecuador deduce, poniendo en duda las autoridades sobre el tema, que la Tierra tiene forma de pera (como una “teta de mujer”); y que, por lo tanto, los mares occidentales deben situarse en la zona del pezón (Asia): la zona más elevada de la tierra.

Paradise Found; William Fairfield Warren, 1885

No es que haya deducido que la Tierra es un geoide. A mi parecer, su mapa requiere el “adornamiento de la Sacra Escritura” para dotarse de una autoridad que le tiene en entredicho (y salvar las apariencias teológicas), y razona así: basándose en la descripción del mundo que dicen algunos escolásticos y por las observaciones del color de piel de los caribes, los cambios de temperatura, las corrientes marinas y el caudal de los ríos, el Paraíso Terrenal debe hallarse dentro de su “territorio”, en la zona más elevada de la Tierra, dado que los ríos nacen en las elevaciones, concretamente en el interior de la desembocadura del Orinoco, y para mayor gloria de los reyes. Qué mayor elogio que un mapa divino para describir la belleza del territorio humano.

Difícilmente se podría imaginar que el regreso a España lo realizaría desnudo y engrilletado en la bodega del barco, junto a sus hermanos. Pero a pesar de su caída en desgracia, Colón recuperaría la confianza de los reyes renunciando a parte de su soberanía, y se embarcaría en un cuarto y último viaje. En la carta mandada desde la isla de Jamaica el 1503, mantiene su reafirmación de autoridad del tercer viaje. En éste explorará la costa del continente, quedándose a unas jornadas de llegar al Pacífico (por Panamá) y no cejará de apoyarse en las autoridades eclesiásticas para defender su “mapa” y reivindicar, con un deje de reproche, un mayor reconocimiento (cuando recuerda las “burlas” que despertaba su proyecto en la corte de Portugal, por ejemplo, cuando ahora “hasta los sastres suplican por descubrir”).

Razones para ser más astuto que sus enemigos no le faltaron a quien, plebeyo ennoblecido, el día antes de morir hizo testamento para asegurar que su relación comercial con la Corona no cayera en saco roto para su familia. Y es que una vida plagada de enemigos en la corte, naufragios, tempestades, intentos de asesinato, prisión, enfermedades, ataques de indios, contenciosos diplomáticos, responsabilidades con la tripulación, etc., da suficiente como para templar a alguien envejecido por la edad y la enfermedad, obligado a suplicar constantemente el favor real y a tener que argumentar como un escolástico y defensor del cristianismo para defender su “mapa” de las Indias frente al territorio que otros ya iban explorando.

Insula hyspana. Stephan Plannck (1493)

Una literatura de viajes

A diferencia de otras literaturas de viajes estas relaciones no tienen valor literario, o al menos, no en el sentido de que sean documentos pensados para publicarse como tales. Otras, como Il Milione, cuidan bastante al lector y saben “entretener” a la vez que informar.  Sin embargo, el diario parece una transcripción del cuaderno de bitácora, aderezado con citas que terminan con la cuña «palabras del Almirante», y resúmenes más o menos hagiográficos, en el que todos los días parecen el mismo día: navegación, avistamiento de costa, busca de fondeadero, avistamiento de indios que salen corriendo, exploración de la costa, entrevista con nativos, intercambios y vuelta a la nave. Salvo algunas excepciones, donde el cacique local les invita (o es invitado), el motín de Pinzón, o alguna situación de conflicto o exploración interior, la narración es documental. Tal vez, la brevedad de las cartas de los restantes viajes le añada a la lectura una especie de epílogo a la narración principal, puesto que el tono y la urgencia describen una evolución y expectativas distintas a las del primer viaje.

Sin embargo, hay un elemento narrativo que comparte con otras literaturas de viajes y con la ciencia ficción espacial, y es la necesidad de describir territorios desconocidos: tanto Marco Polo, como los astronautas de Cita con Rama, también se detienen en las descripciones de objetos, medidas, y distancias, así como el uso lingüístico, añadiendo algunas observaciones y usando ejemplos con modelos conocidos de su cultura para indicar la función que creen tiene atribuida (por ejemplo, cuando indica que un pez se parece a un puerco, un felino a un gato con cara de hombre, o los indios que llevan el bastón a guisa de espada). Junto a estas observaciones etnocéntricas destacan las del oro y las especias, las principales motivaciones económicas para comerciar con las Indias y obsesión permanente en la mente de la tripulación. También, y en el caso de Rama, Colón debe “bautizar” los puntos de referencia que le han de servir para orientarse en el nuevo territorio y que luego formarán parte de su mapa: oro, tortugas, sol, países o santos son palabras nunca antes oídas en el territorio, las cuales confeccionarán el “mapa”: la usurpación del territorio mediante al mapa.

Tampoco faltan peligros, que en el caso de Marco Polo suelen ser en forma de leyendas o hechos lejanos: existen principalmente los propios de la navegación, a los que se añadirán los “caníbales”, enemigos de los pacíficos indios (modelos del estereotipo europeo del «buen salvaje«) que incursionan en sus islas para secuestrarlos y que ejemplificarán un primer choque de culturas; los seres con un solo ojo y cara de “perro”, sedientos de sangre, mito que alude a los terrores que los isleños sentían ante un enemigo invisible y que Colón interpretó como una leyenda para explicar el secuestro de indios bajo las órdenes del Gran Khan; también hay momentos en que el conflicto está a punto de estallar, ya sea con la tripulación (a la cual se le engaña diariamente con las leguas recorridas, no fuera a ser el mundo más grande de lo calculado y esta se le rebele de impaciencia) o con los indígenas, si bien la diplomacia, aunque sea de cañón o ballesta, se impone; o cuando las embarcaciones están a punto de naufragar y tan solo queda sino rezar: como memorable el episodio en el que se juega a “los garbanzos” elegir el romero que deberá ir a las tierras pontificias para agradecerle a la Virgen su supervivencia, pues tan seria como real serían los terrores sufridos en aquellas carabelas deficientes.

Cipango Connection

Tampoco es casual mencionar a Marco Polo, a pesar de ser un viaje completamente distinto, dado que Colón se basó en sus observaciones para corregir su derrota a las Indias, e identificar Cipango o el Gran Khan con Cibao o un cacique local. Si revisamos la descripción de Cipango que hiciera Marco Polo, su mapa, se puede entender la sed por llegar a las Indias donde los palacios están recubiertos con una gruesa capa de oro y existen unos archipiélagos donde se dice que hay oro que los locales no explotan y ningún europeo ha llegado aún para mercadear. Seguramente, la presencia de las Antillas menores y mayores fueron otro indicio de que Colón había llegado a las Indias, puesto que el océano de las Indias debía estar repleto de estas, tal y como se muestran en las cartas de navegación de la época. Porque hay que reconocer que no existía ningún argumento de autoridad a favor de un cuarto continente y el “mapa” era una esfera prácticamente cubierta de mar con islas, supuestamente, ya que nadie había conseguido contrastarlo con el territorio.

Marco Polo visita un territorio desconocido, vive en él y aprende sus costumbres, provincias, leyendas y medidas. Sin embargo, Colón explora un territorio desconocido con un mapa escolástico, motivado por el hecho de que todo territorio descubierto pasa a ser de su soberanía, y con el encargo de regresar, al menos, con un tonel cargado de oro para convencer y complacer a los reyes de Castilla, quienes no confían demasiado en su proyecto, a juzgar por lo poco que invirtieron en él. No es extraño, pues, ver que Colón manda embajadas en busca del Gran Khan, hace amistades con indios para la buena fama de los reyes católicos, o interroga a los nativos para saber dónde se encuentra Cipango, en lo que podríamos decir es el disparate intercultural más genuino del siglo.

Porque la gran gesta de Colón no fue tanto la de seguir un mapa para alcanzar el territorio, sino al revés, la de explorar un territorio para dibujar un mapa con el que se ilustrarían tanto las cartas de navegación como las mentes de sus lectores gracias a la reciente imprenta (la primera carta que dará noticia en Europa se imprimirá el 1493, en Barcelona), y que como todo descubrimiento atraería las fantasías y los terrores del hombre dispuesto a hollar sus sueños y pesadillas.

Ertdapfel, o la «manzana terrestre», según el cartógrafo Martin Behaim, de 1492, Nuremberg. (Wikipedia).

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