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© Ferran Escrig. Aquesta obra està subjecta a una llicència de Reconeixement-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional de Creative Commons
La República, avui.
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Etiquetado bronze, comic, governants, guardians, ironia, or, plata, Plató, productors, República
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De cómo el poder enciende las aras del sacrificio.

Rafael Sánchez Ferlosio, archivo de la APE (1983)
En 1987, Rafael Sánchez Ferlosio se hubiera echado a perder como crítico de haberle ganado a Luís Mateo Díez el Premio Nacional de Narrativa con El testimonio de Yarfoz; quizá por ello su trayectoria se volcó definitivamente en el ensayo, con el cual obtuvo el Premio nacional de Ensayo de 1994 con Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. Con todo, su obra recibiría más tarde el Premio Cervantes de 2004 y el Premio Nacional de las Letras de 2009, a sus 82 años, convirtiendo al novelista-ensayista en una “obra acabada”; con un pie ya dentro del mausoleo literario español, en el nicho de la generación de los 50, junto a Carmen Martín Gaite.
Autor de “worst-sellers”, escritor para minorías como se autodefine, los ensayos de este “romano” destacan por su original autonomía de pensamiento. Luís Mateo Díez reconocería de aquel que “siempre hace lo que le da la gana”, refiriéndose a su autonomía frente al cantonalismo literario tan extendido. Sirva de muestra Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, publicado el año anterior de su derrota frente al leonés, por su estilo característico de elaborada cohesión entre metáfora, alegoría, filosofía analítica y de la sospecha.
La historia proyectiva
En la obra citada asistimos al despliegue en 34 puntos y 4 corolarios sobre cómo el poder juzga y domina los hechos de la historia a través de un discurso sacerdotal, “expiatorio”; este facilita la comprensión –inclusión– de una falacia humana, una metáfora estructural que se ha venido implantando desde el advenimiento de la revolución industrial, la cual no es otra que la del Progreso, la marcha de la Humanidad, o lo que viene a llamarse la “historia proyectiva”, es decir, la historia teleológica. Cerrando el ensayo, la edición de Alianza incluye un breve ensayo titulado la mentalidad expiatoria, que sintetiza la cuestión ética.
Aprovechando un accidente internacional, el naufragio del Challenger, Ferlosio analiza el discurso ideológico “del sacrificio en aras del progreso”. El contexto de la guerra fría no distrae la atención del análisis de los medios y el discurso del poder, válido en la actualidad, el cual promueve una deportivización de las motivaciones, donde la hazaña, pese a ser estéril, es un fin en sí misma y a su vez sacraliza la muerte, como el precio que el Progreso exige por la carrera humana.
La Historia, El Progreso y el Futuro son dioses industriales, nada distintos a los antiguos, benéficos y protectores cuando han recibido su sacrificio en sangre; los mismos dioses solo han cambiado de nombre. La racionalización del prix de sang responde a la llamada antigua de los dioses sobre la humanidad y el sacerdocio laico, los políticos de hoy, santifican los muertos con alegorías y ficción –relatos que substituyen aquel del martirio y salvación cristianos, o el de la utopía materialista revolucionaria–; el héroe del relato es el estereotipo occidental, un héroe europeo burgués, industrioso y liberal, el espíritu de Robinson Crusoe –una estampa de von Humboldt–, que se proyecta al pasado y al futuro desde la edad de piedra, siempre progresando, tropezando y avanzando hasta la carrera tecnológica y espacial.
El relato expiatorio indica la «Causa» –los dioses– como demandante del sacrificio, lo que nos exime de responsabilidades y nos libera mediante una falacia pragmática que da sentido y condiciona nuestra actitud frente a los narradores; pero en realidad sucede al revés, y esta inversión de causa-efecto esconde un hecho universal del poder: usar el sacrificio para legitimar la «Causa».
El poder, sabedor de que su relato domina los juicios y actitudes de sus súbditos, afianza la historia de su pueblo bajo el sacrificio de la lucha y la sangre, estableciendo un intercambio sacrifical; pagando un precio en sangre –al estilo pagano– al dios de la guerra –o del progreso– se asegura el bienestar de las generaciones venideras, deudores de amor y respeto por los sacrificados a su divinidad protectora –la madre patria–; la sangre derramada –no la inferida al otro– deviene la única legitimadora del poder y del derecho, el único medio de la Historia de las naciones; fecunda, esta ha fertilizado hasta cumplir su destino –redención– colectivo o individual.
El sacerdocio dogmático de esta vieja alianza no tolera crítica alguna: “el sacrificio es bueno porque complace a los dioses”. Por otro lado, el patriota se reconoce deudor de su pasado y acreedor del futuro, se adormece –se aleja de la realidad– como bajo los efectos de una religión: “nunca ha sido el Futuro tan causa del presente como ha llegado a serlo hoy”. Causas o designios ideales e inalcanzables justifican nuestro presente y las actitudes del poder: “la Marcha de la Humanidad hacia el Futuro”
El progreso transvalora la vida sencilla a un estado de degradación, anómalo, contrario a la vida burguesa, productiva y acumuladora de riqueza; ha justificado en parte el desarraigo, la destrucción demográfica y el éxodo de las poblaciones como mano de obra para ingenios y minas en el imperio español, y más tarde para la fábrica; el fruto del progreso ha sido pagado de antemano con el precio del “presente”, un presente siervo del mañana, intercambiando el tiempo distenso –consuntivo– de quien vive en el “ahora” por el tiempo proyectivo –adquisitivo– de quien trabaja para el mañana; fenómeno cuyo precedente ejemplar se halla en la Edad Moderna y queda anticipado en los documentos de la conquista de las indias.
La hispanidad
La Historia proyectiva fundamenta la dominación colonial, cuyo apologeta español fue Menéndez Pidal; los beneficios históricos que aporta la dominación de una civilización más industriosa se ven como justificación del dominador y sus excesos; el dolor y la muerte son sacrificios –intercambios– para una mejor posteridad. Esta historia considera el sufrimiento y la sangre como elementos esenciales de su desarrollo –la Hispanidad–; hunde sus raíces en el cristianismo y se consolida con Hegel, tomando como precedente al imperio romano; el cual, por otro lado, nunca tuvo necesidad de justificar porvenir alguno, acaso una alusión de Polibio al “plan” de la Fortuna.
Con todo, se extraen dos tesis claras: la primera es que la esencia de la Historia es la dominación; y la segunda, que la felicidad nunca ha sido criterio histórico y haría falta reescribir una historia de la felicidad.
Como corolarios, la relación del estado con la historia proyectiva es obvio: el estado subordina los intereses particulares y gestiona el interés universal y el derecho de los administrados –tal es el caso del Challenger, una ficción pía–. La tecnología y el progreso impuestos con acatamiento son la nueva fe en la «Causa», que promete milagros venideros, como la erradicación de la pobreza y el hambre; el riesgo de la empresa embellece la tragedia, que es puramente tecnológica y antiestética y este se concibe como generosidad, un altruismo que lo ennoblece como la aventura al caballero. Finalmente, dando voz al cronista Menchaca, Ferlosio responde a Menéndez Pidal sobre el juicio de la Historia.
La mentalidad expiatoria
En el anexo, la mentalidad expiatoria, se sintetiza el juicio ético de la historia. Añade al ensayo dos actitudes éticas: la primera, el rechazo del farisaísmo como actitud negativa: construir la bondad sobre la maldad ajena; o utilización de la moral como instrumento para tener razón (según Weber), actitud usada por los estados para justificarse. Por otro lado, la segunda, el imperativo de desmontar dicha mentalidad expiatoria, ese intercambio entre dolor y felicidad futura; escuchar la protesta de la felicidad contra el saldo deudor de la historia y el lamento del dolor contra la idea de aceptarse saldo acreedor en cualquiera de sus formas.
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Etiquetado deportivización, Díez, farisaísmo, filosofia, futuro, Hegel, historia, Humboldt, marxismo, política, progreso, religión, sacrificio, Sánchez Ferlosio, sangre, tiempo, transvaloración
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Informe lecturoclimático cosecha 2012
La cosecha 2012 tuvo una fuerte disminución respecto de la anterior en el orden del 26% de promedio, pero con cifras mayores donde se concentraron los mayores daños por accidentes culturales.
Las intensas reposiciones de invierno provocaron senescencia de lectores y escritores, especialmente en las mentes que quedaron muy secas en el invierno. Esto se sumó a las publicaciones tardías, lo que generó una brotación y floración muy despareja.
En primavera los vientos cálidos generaron problemas de cuaje y corrimiento de los racimos en floración. Por otra parte, las zonas que sufrieron fuertes ataques del hongo de la Editorial Planeta, con gran caída de hojas en el ciclo anterior, tuvieron una brotación deficiente y con muy poca carga de ideas, con daños que en algunos casos fueron del 80 %.
El hecho se agravó con los daños por best seller que ocurrieron a fines de diciembre sobre los escritores incipientes, provocando pérdidas de 40 millones de kilos de estilos, entre diferentes variedades.
Ya entrado el verano, las ínfulas de notoriedad con temperaturas por encima de 35 grados centígrados incidieron en la producción de temas, pérdida de peso y calibre de las obras, y calidad de polifenoles y aromas primarios de la lectura. Todo esto fue un mix que llevó a tener pérdidas muy dispares en cuanto a las variedades.
Por estas razones, el mercado minoritario ha seguido apostando por obras de reserva. De éstas, se ha podido extraer la recomendación siguiente:
De Francia Un roi sans divertissement (Jean Gionó gran reserva), seguido por La perfection du tir, (Mathias Énard), tempranillo.
En zonas menos templadas y de aires siberianos, destacaron la fabricación de efervescentes del tipo Stanislaw Lem, como por ejemplo, un Ciberíada viejo, o la presencia perdurable y dura del Soljenitsin, Archipiélago Gulag.
En lo que se refiere a la producción nacional se recomienda dos obras de los años ochenta: el ensayo filosófico de un Rafael Sánchez Ferlosio, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, y un clásico estético Eugenio Trías, Lo bello y lo siniestro.
Fuera del mercado habitual, sigue destacando el espirituoso con sabor a bourbon norteamericano: Charles Bukowski y su inveterado La senda del perdedor.
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Etiquetado Charles Bukowski, Eugenio Trías, Hugo Carmona Torres, Jean Gionó, Mathias Énard, Rafael Sánchez Ferlosio, Ricard Ripoll, Soljenitsin, Stanislaw Lem
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El fantasma de Díaz Ferrán recorre Europa

Gerardo Díaz-Ferrán, expresidente de Viajes Marsans. EFE
El expresidente de la CEOE y copropietario del Grupo Marsans, ha sido detenido por supuesto blanqueo de capitales. De camino a la cárcel, Karl Marx tuvo acceso a su WhatsApp, provocando una breve conversación:
[D.F.] -Los trabajadores tienen que saber que para mantener su puesto de trabajo, el producto o el servicio que salga de su empresa tiene que ser competitivo. 😆
[K.M.] -La historia de la moderna industria demuestra que el capital, si no se le pone un freno, labrará siempre, implacablemente y sin miramientos, por reducir a toda la clase obrera a este nivel de más baja degradación.
[D.F.] -Solamente se puede salir de la crisis de una manera, que es trabajando más y, desgraciadamente, ganando menos.
[K.M.] -El capitalista pugna constantemente por reducir los salarios a su mínimo físico y prolongar la jornada de trabajo hasta su máximo físico, mientras que el obrero presiona constantemente en el sentido contrario.
[D.F.] -Si no se aumenta la productividad y si no se tienen los costes salariales adecuados, la empresa acaba cerrando y ese trabajador que quiere cobrar más al final no acaba cobrando más que el paro.
[K.M.] -Mientras el obrero asalariado es obrero asalariado, su suerte depende del capital. He ahí la tan cacareada comunidad de intereses entre el obrero y el capitalista. Los obreros no solo compiten entre si vendiéndose unos más baratos que otros, sino que compiten también cuando uno solo realiza el trabajo de cinco, diez, o veinte; y la división del trabajo, implantada y constantemente reforzada por el capital, obliga a los obreros a hacerse esta clase de competencia.
[D.F.] -Los empresarios ya están ganando menos, e incluso hay muchos que ya están perdiendo
[K.M.] -Tenemos, pues, una competencia entre vendedores que abarata el precio de las mercancías puestas a la venta. Pero hay una competencia entre compradores, que, a su vez, hace subir el precio de las mercancías puestas a la venta. Y finalmente, hay una competencia entre compradores y vendedores; unos quieren comprar lo más barato posible, otros vender lo más caro que puedan. Sólo vendiendo más barato pueden unos capitalistas desalojar a otros y conquistar sus capitales.
[D.F.] -Los empresarios no somos culpables de la crisis, hemos creado riqueza. 👿
[K.M.] -A medida que los capitalistas se ven forzados, por el proceso que exponíamos más arriba, a explotar en una escala cada vez mayor los gigantescos medios de producción ya existentes, viéndose obligados para ello a poner en juego todos los resortes del crédito, aumenta la frecuencia de los terremotos industriales, en los que el mundo comercial no solo logra mantenerse a flote sacrificando a los dioses del Averno una parte de la riqueza, de los productos y hasta de las fuerzas productivas; aumentan, en una palabra, las crisis.

Esta dialéctica tuvo lugar entre las declaraciones de Díaz Ferran registradas en elpais.com, eitb.com, y las conferencias de Karl Marx de Trabajo asalariado y capital, y Salario, precio y ganancia.
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Etiquetado beneficio, capitalismo, competitividad, corrupción, coste, crisis, Díaz Ferrán, Karl Marx, Marsans, patronal, salario, sueldo, trabajo, valor
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Manifest del vot inútil
Arriben les eleccions, ciutadà, i encara no saps qui votar.
Saps que és el teu dret i, a més, que així és com s’exerceix la democràcia; branca sagrada del mateix tronc que el parlamentarisme o la llibertat, i…
que omple la gola dels qui en aquests dies et demanen votar, prosèlits.
Ciutadà. Oblidat d’aquest nom. Apel·la a la màscara social.
Individu. No actuïs lliurement per negació, sinó per afirmació de l’acció.
Home. Cada acció té el valor que li donis, ni més ni menys, per sobre de les ideologies dels ciutadans o les seves reaccions.
Així doncs, abstenir-se té el mateix valor que votar.
El valor del teu vot –del teu acte–, home lliure, només te’l dones tu mateix.
I aquest valor sempre és completament inútil per als altres.
El vot del ciutadà és el d’aquell que creu ingènuament que el seu vot ha de ser útil:
qui vota com Kant, i creu que si hom fes el mateix un altre gall cantaria…
Qui vota pensant que no vota ell, sinó una classe o estructura, que es creu ser el motor d’una història, o
qui digui que un vot val tants escons
o que si no fas el que diuen uns afavoreixes no sé a qui, ni quelcom.
Donar raons per a un vot sempre el fa ser un acte útil.
Per això, un vot útil no és un vot lliure.
Per això, un vot lliure és un vot inútil.
Vota inútil. La llibertat és inútil. En això rau la seva superioritat.
I encara que sentis aquelles veus que et diuen que si no vas a votar quelcom sinistre estarà a punt de passar…
vota inútil. Ja estàs condemnat a prendre’n part, encara que sigui com a convidat de pedra.
Vota… inútil.
I encara que et diguin que el poble parla a les urnes, que és savi, que té seny i, fins i tot, que té domicili propi, votar només té el valor que li vulguis donar.
Ontología del capitalismo decadente

DELILLO, Don. Cosmópolis. Seix Barral (239 pp). Barcelona, 2003.
Durante la jornada en que transcurre la novela, DeLillo convierte la Gran Manzana en un escaparate de los conflictos de la globalización: un capitalismo asentado sobre la tecnología punta y la acumulación de capital que sostiene el orden del sistema global, que es el orden de lo previsible —la tendencia—, frente a lo imprevisible —la oposición—. Su protagonista asistirá desde su limusina a la afirmación de la identidad en el sistema global, solamente posible mediante la oposición a la tendencia.
Estos contrarios se estructuran con dos voces: por un lado, un narrador apoyado en Eric que recrea el microcosmos del sistema desde su reflexión. Por otro, el reverso de la misma moneda: un narrador identificado, un desechado del sistema que quiso llegar a ser como él, cuya obsesión es la oposición a la tendencia y la destrucción del propio sistema.
En la ciudad global la ruptura de la tendencia surge de lo ocasional. Lo contingente sucede, cuando todo ocurre demasiado deprisa. Incluso la no-odisea en limusina de Eric Packer empieza con un hecho inofensivo y ocasional: «No sabía lo que quería. De pronto lo supo. Quería ir a cortarse el pelo»; expresión, “corte de pelo”, que en terminología financiera significa quiebra.
Eric Packer va a cortarse el pelo cuando la depreciación del yen como consecuencia de la subida del dólar en la última década hunde la economía norteamericana. De repente, Packer asiste a los cambios que se van sucediendo como un espectador que busca el sentido a cualquier señal, sea en los patrones luminiscentes de los quasars, las asimetrías y concavidades, las cábalas bursátiles, o en los microsegundos que tarda la información financiera en aparecer en pantalla.
Packer, como el hombre global, desea recuperar el sentido ante el desorden, por ello busca señales que den una cosmovisión a sus anhelos, como en la carta astral forrada en el techo de la limusina. Lo global, en lo local; lo general, en lo particular; el sentido de la deflación nipona anunciado en su próstata asimétrica.
La muerte como afirmación cierra la primera parte. A partir de aquí, bajo la protección de su vehículo, Eric descubrirá que el sentido no se encuentra en la asunción de normas, sino en la voluntad de ser. Pero no cabe esperar un romanticismo desgarrador: Eric asume la oposición a la tendencia como una renuncia a su mundo que conllevará su ruina, o la muerte.
Pero la oposición forma parte de la tendencia. No hay escapatoria: los inefables mecanismos del propio sistema prevén la oposición al sistema: así, por ejemplo, los movimientos antiglobalización son una reacción prevista y superada por el propio sistema, que a su vez lo legitima; así mismo, el asesinato es una contingencia creada y asumida por el propio sistema que lo crea.
Pesimismo posmoderno
Cosmópolis no es una crítica social, aunque puede entenderse como una visión pesimista del nuevo siglo que ha empezado.
Los cambios auspiciados por la fenomenología cuántica, la microtecnología, la velocidad, el relativismo, la virtualización, el ruido excesivo o las drogas, han creado un mundo de adolescencia prolongada, rampante individualismo y un perpetuo consumismo, donde el hombre busca el sentido en los sacerdotes de la nueva era.
Una cosmovisión en que la lucha de clases no tiene sentido, donde Marx se ironiza y se invierte: “un espectro recorre el mundo, el espectro del capitalismo”; una actualidad que ha desplazado la guerra de clases entre el primer y el tercer mundo; un activismo asumido por el sistema, virtual, de cámara y foco (como el pastel que recubrió la cara de Bill Gates, George Soros, o por ejemplo, Eric Packer).
La economía global ha llevado la especulación y la guerra por los activos a todo el globo, pero el sistema ha creado su propia antítesis: el terrorismo global. Este ya era un mal augurio en el año 2000, cuando se publicó la obra. Precisamente, en el mismo año salía otra “cosmovisión” pesimista, la del periodista Robert D. Kaplan, La Anarquía que viene, donde se retrataba la política exterior norteamericana como una respuesta neoliberal ante el inminente caos global.
En Cosmópolis encontramos tanto violencia como sexo (como la relación orgásmica durante una exploración de próstata y una subalterna). El comportamiento adúltero y desordenado de Eric emerge entre los síntomas de un malestar global, síntomas que remiten en la segunda parte, cuando Eric recupere a su esposa poetisa, durante la desnudez del descubrimiento de su identidad en algo parecido a los happenings de Spencer Tunick.
La no-odisea terminará en su propia biografía, en la cual hay que tomar la decisión final: abrir una puerta. El miedo al riesgo transporta a Eric a esa infancia no superada y al recuerdo de la madre: el miedo a abrir una puerta que equivale al riesgo de la libertad.
La rata deviene moneda de curso legal
El verso del polaco Zbigniew Herbert cobra relevancia en la novela; la rata reaparece como pulsación de la ciudad-global. La rata, un animal con una rápida adaptabilidad al medio, se asume como el dinero: se encuentra en la poesía, colgando de los dedos de un activista, en una pancarta, en la forma del pelo de Eric cuando va al barbero, o como testigo del desenlace de la novela.
La rata reaparece como un símbolo; una alegoría del sistema que destaca sobre otros símbolos posibles: figuras cuyo significado emerge de la correlación con otras figuras dentro del sistema, como la asimetría de la próstata, la concavidad de una pastilla de jabón, un hongo de un pie, o las omnipresentes limusinas blancas que utilizan tanto el presidente de los EE. UU. como Eric, y que expresan tanto el poder como el aislamiento.
El estilo de DeLillo ofrece una lectura asequible que nos lleva a terrenos metafóricos donde cabe cierto lirismo de ambiente urbano y globalizado; el uso de neologismos de la voz delilliana nos sitúan en ese registro semántico que caracteriza su eclecticismo técnico y metafísico. A pesar de que el narrador suele provocar irrealidad, así como sus descripciones lenticulares, su voz nos descubre la extrañeza en un mundo que vamos desconociendo a medida que avanzamos. Su tono reflexivo contiene algunos aforismos memorables.
A DeLillo no le apetece tanto entretener al lector como sumergirlo en su ficción sin preocuparse por el realismo: lo implica desde la narración en la idea. DeLillo prescinde de la intriga para acercarnos a lo fabuloso que posee lo contingente del capitalismo global. Cosmópolis se focaliza en la fenomenología de una conciencia de la economía global, más que en el naturalismo de una realidad objetiva.
Según palabras de Martin Amis, DeLillo sería más un escritor tipo B, aquel que se centra en la idea de la época que vive, que un tipo A, aquel que se centra en el desarrollo de los personajes y la trama; por eso, DeLillo puede resultar al lector tradicional un acercamiento a la lectura posmoderna, un tanto lírica y descarnada, pero nunca indiferente. Comparado con Palahniuk, DeLillo prescinde del laconismo telegráfico y el humor. Pero mientras que el primero hace novela con la posmodernidad, el segundo hace novela de la posmodernidad.
Cosmópolis podrá parecer una ficción sobre Manhattan y sus vínculos con el mercado asiático, pero nos ofrece una peripecia del pensamiento moderno, desde el tono del narrador apoyado en una conciencia; así como una deconstrucción de quienes vivimos este, nuestro Mundo Feliz, nuestro mundo-ciudad, o nuestra ciudad-mundo. Su estilo refleja las contradicciones de su tiempo.
¿Y si la voz del narrador que nos habla fuera la conciencia de nuestra economía?
Publicado en Reseñas, Todo
Etiquetado capitalismo, Don Delillo, globalización, Martin Amis, Palahniuk, posmodernidad
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El esclavo obtiene una cantidad constante y fija de medios para sus sustento; el obrero asalariado no. Este debe intentar conseguir en unos casos la subida de los salarios, aunque lo sea para compensar su baja en otros casos. Si se resignase a acatar la voluntad, los dictados del capitalista, como una ley económica permanente, compartiría toda la miseria del esclavo, sin compartir, en cambio, la seguridad de éste.
Karl Marx (1865)
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