El engaño considerado como una de las bellas artes

Las confesiones del estafador Félix Krull es la obra inacabada de Thomas Mann. La acción de sus 450 paginas había de ser una primera parte de una obra más grande; las promesas del narrador de explicarnos como acabó en la cárcel, o qué papel tendría su padrino al final de su carrera, o sencillamente, cuál seria el final de su mixtificación en marqués de Venosta quedarán como un deseo proyectado por la mente del lector.

Había leído un libro de setenta y pocas páginas, del mismo nombre, hace unos años, antes de dar por azar con la edición de Edhasa (1979) que incluye el manuscrito completo. Al parecer, Mann escribió el primer capítulo a modo de parodia de novela de formación y lo publicó en 1936, tras lo cual quedó guardada en un cajón hasta la publicación del primer libro en 1954. La obra recoge lo publicado y continúa las “confesiones” desde la muerte del padre y termina con su primer gran engaño y forma de entender la vida.

La obra es de aquellas que entretienen y se hacen pesadas a ratos. Sin embargo, consiguen mantener el interés por las extravagantes mixtificaciones y trucos con los que el personaje se adapta a una sociedad de clases recargada de fórmulas y convencionalismos, es decir, la sociedad del fin de siècle. Por lo que respecta el estilo, a pesar de que hay quien lo ha justificado como “parodia”, y bien merece ese calificativo, mantener un estilo preciosista y ampuloso durante 450 paginas exige al lector más de lo que pide una lectura entretenida: le obliga a tener que querer a un personaje aburridamente seductor.

Es una contradicción, pero en realidad el título no engaña a nadie, o a todos: son las confesiones de un estafador y como tal los primeros estafados son los lectores; no tanto en el sentido de que sea un mal libro, sino que todo el aliento y la voz en ella es sencillamente «falso»: una obra de retoque y magnificación aplicada a una lucha por la vida, sin cuyo artificio estaríamos delante de un La Busca o Mala Hierba burguesas. Pero esto, más que ser un defecto, habría que verse como un aliciente, sensación ambigua que uno arrastra durante toda la lectura (¿y si Mann está llevando el artificio demasiado lejos? ¿Por qué nos hace sufrir páginas y páginas de detalles y preciosismos aparentemente vacuos? Ah, ya se ve… Más adelante, sin esa voz ni esa mirada no se entiende el magnetismo de sus engaños).

El contenido, pues, no solo son las confesiones sino también lo que de ellas se desprende: una forma de entender la vida como arte, o como engaño y superación de uno mismo (muy nietzscheana), en una sociedad de clases donde los individuos se distinguen principalmente por sus formas (de hablar, de comer, de servir, etc…) o vestimenta, es decir, sus apariencias. Así mismo, el contenido también trata de la moral, o si se puede decir, de la moral del estafador, para quien todo engaño está justificado si con ello uno embellece sus acciones.

El engaño, entendido por Krull, no es una ruptura de normas sino una autoafirmación de la voluntad sobre las normas. La mixtificación, además, el je suis autre rimbaudiano llevado a la práctica real, se convierte en una profesión de fe, en el anhelo insatisfecho que le permite ir mudando de piel. Estos puntos, lejos de parecer fantasiosos y lejanos, en realidad, tras la mascarada del narrador se exponen bastante realistas por el cuidado detalle de las descripciones, sin que por ello se tenga que creer que son verídicas (a veces son tan detallistas que uno duda de si realmente el personaje de Mann no finge sino que miente directamente al lector), y esto creo que sabrán apreciarlo aquellos que por los azares de su vida, han tenido que reinventarse en otra ciudad, o sobretodo para aquellos lectores que hayan trabajado en un hotel de 5 estrellas.

«Todo engaño que no se basa en una verdad más elevada no es más que una simple mentira; siendo torpe e imperfecto, suele ser descubierto por cualquiera fácilmente. Sólo el engaño que no merece en ninguna forma la calificación de mentira, aquel que no es sino una verdad que no ha entrado aún en el terreno de lo real con los signos materiales que la acompañan y que le permiten ser reconocida por todos, tiene la posibilidad de éxito y de acción vivificante entre los hombres»

La voz ampulosa, aunque sea una parodia que apela a la pretensión de veracidad y a la autojustificación estética, también esconde una psicología del personaje. Las automotivaciones de Krull a veces hacen recordar al Diario de un seductor (Kierkegaard), o la voz de Merteuil y Valmont en Las Amistades Peligrosas (Laclos). Y no creo que sea casual, ya que Krull, ante su voluntad y su poder es un seductor, tanto físicamente como mentalmente. Y la única manera de descubrirlo es a través de su lenguaje en relación a los hechos que narra, lo que a veces nos provoca una sonrisa con la que podríamos decir que se salva el capítulo. Por eso, el lector que vaya más allá de la voz puede gozar con el grado de perversidad del narrador: en este sentido, si una factura literaria se mide por lo que se muestra pero no dice, Las confesiones merecen la pena.

«Existe un verdadero abismo entre las palabras –palabras baratas y gastadas que no definen la vida– y la acción viva, eternamente joven por su novedad. Sólo la costumbre y la pereza nos inducen a considerarlas idénticas, en tanto que la palabra, cuando la usamos para calificar la acción, se parece más bien a un matamoscas que nunca acierta el golpe».

Las peripecias de Krull no son tan diferentes de las de Joaquín Sorel, o las del Gran Gatsby; sus descripciones no están muy alejadas de la Conciencia de Zeno, en el sentido de que su voz esconde sus motivaciones; y el trasfondo es el de una «novela de formación»: hijo de una burguesía decadente, tras la ruina del negocio familiar se ve obligado a malvivir en Frankfurt, sin oficio ni beneficio, con la única herramienta de su belleza y su capacidad de fingir, tras lo cual seguirá su formación y madurez en París y Lisboa. Pero a diferencia de las aspiraciones realistas de un novelista apegado a la clase obrera, como  en Pío Baroja, de la cual el Krull siente un ambiguo desprecio clasista, su fantasía de hombre hecho a si mismo le empuja hasta la misma aristocracia mediante un arduo aprendizaje en el que deberá anular su propia identidad para poder vestir otras.

Se trata de una de esas novelas donde la voz y la mirada del narrador lo es todo. El psicólogo y escritor Aureli Gràcia ponía a Félix Krull como un ejemplo de «perversidad», y lo definía lacaninanamente como “los que reconociendo la realidad no aceptan sus límites (normas) y hacen de su deseo la norma”. Es decir, el tipo psicópata. Aquello que dice, piensa, y siente el narrador chirría con algunos detalles de lo que hace y de su entorno. Conoce perfectamente las normas y las usa con los demás, pero no se las aplica a él, y, sobretodo, saben convencer y proyectar en los demás sus propios deseos (esta, creo que es una de las claves del personaje). Sólo así podemos descubrir al verdadero Krull, o a cualquier psicópata, probablemente el tipo de personaje más querido y repetido por los escritores de novela negra. Sin embargo, las fantasías estéticas de Krull lo alejan de la novela negra sin dejar de ser psicológica, y lo acercan más a la picaresca por arte de su pedantería reveladora, su contrapunto paródico.

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